Por Ana Paula Alegre –
Soy mujer. Mamá, hija, hermana, amiga, compañera. Crecí bajo la opresión de un sistema patriarcal que me convirtió en grito puro. Supervivencia. Poderío y ovario. Años levantando la voz para que me escuchen. Demostrando para ser parte. Construyendo un traje valiente y autosuficiente para que se me considere. Tuve que estar lejos de la sensibilidad que me cubre la piel y el amor trasformador que se me brota en cada mirada. Renuncié a ser niña para encajar en la pelea que ignoraban en mi círculo. Abandoné relaciones posesivas, dañinas e insanas y durante mucho tiempo me creí culpable de estar sola. Días enteros sintiendo la violencia machista en todas sus formas; en mi casa, en la escuela, en el club, en una academia de danzas, en un taller de música, en el boliche, en la universidad, en mi trabajo. Es 25 de noviembre del 2018, estoy viva y lo puedo contar.
“Me violaron todos, me violaron todos, me violaron todos” gritó Magalí apenas despertó del coma. Vive en Tandil tiene 13 años. Su vagina está destruida. Hay quemaduras de cigarrillo en todo su cuerpo incluyendo las orejas. Le encontraron arañazos en el pecho y el abdomen de cuando intentó resistirse a ser violada. Fue desfigurada a golpes y quemada. Los pibitos de plata que organizaron la fiesta e intentaron matarla tiraron el cuerpo al medio de la ruta para que alguien la atropellara y así borrar las huellas. Otra vez cae como un rayo la misma pregunta: ¿qué es lo que hace que la especie humana genere sistemas de poder tan inequitativos entre géneros, que conciba a las mujeres como seres suprimibles o carentes de dignidad humana?
Es 25 de noviembre, el Día Internacional de la no violencia contra la mujer y no encuentro motivos para festejar las conquistas, creo que no hay conquistas. En lo que va de este 2018 se produjo un femicidio cada 32 horas, 250 niños y niñas quedaron sin madre y, además se registraron 3.000 femicidios en un año en toda Latinoamérica. Pertenezco al movimiento de mujeres que en Concepción del Uruguay está luchando para conseguir lo imposible: la pelea de toda una comunidad de pie contra la violencia machista. Las pibas queremos memoria, verdad y justicia y vamos a luchar porque se lo debemos a todas las que no volvieron a su casa. La fecha nos obliga a que el mensaje cotidiano suene un poco más fuerte, al menos para la prensa que se encarga de construirnos como las culpables.
Parar la violencia machista significa para nosotras parar el sistema que la produce; la discusión coloca en la agenda la emergencia por los femicidios, la feminización de la pobreza. Marca las diferencias en el mundo laboral, el debate por los derechos, la autonomía y la cosificación de la mujer. Hoy enfrentamos una realidad que nos exige pensar la violencia contra las mujeres más allá de la caracterización que la simplifica a una tragedia biográfica, de vínculo personal y de conducta individual. Que la segrega en el caso por caso. La marea feminista ha dejado en claro que la violencia contra las mujeres supera este encuadre al predominar su carácter sistémico y podemos contemplar un cuadro más amplio, en el cual emergen las responsabilidades del Estado.
La mujer: cosa y propiedad
Tengo 27 años. Estoy atravesada por preguntas. Me deconstruyo, me construyo y vuelvo a nacer. Elijo, me pierdo, pocas veces me encuentro. Siento los golpes. Me tiraron a la basura, me desnudaron, me desgarraron, me usaron. Me tiraron a la basura- dije, como un hecho cotidiano que ya no nos sorprende a nadie. La naturalizaron del horror, de ver mujeres asesinadas, quemadas vivas, bajo la cobertura periodística de que estábamos, seguramente, buscando la muerte. Soy Magalí también.
Los prejuicios en el rol esperado de las mujeres perpetran la violencia. La lucha de las mujeres no es simbólica, es política. La política indispensable dado el carácter social de esta violencia. Sabemos que cada femicidio es evitable y su brutal irrupción representa la deuda de un Estado. Las mujeres sufren una discriminación múltiple: estereotipos de género, la pobreza, ser indígenas, “estar enfermas”. La discriminación es estructural. La epidemia de violencia contra las mujeres es creciente. Es el Estado un aparato reproductor de violencia contra las mujeres, porque no solo la mantiene, sino que la promueve. Responsabilidad, etimológicamente, es poder dar respuesta y parece a que nadie le quepa el poncho esta vez. Soy Ana y soy Magalí también. Todavía me freno a contestar, a veces me toca explicar esto que se ignora; que la lucha feminista no es una cuestión de mujeres contra hombres, sino que se trata de una lucha contra una cultura de poder que también la puede ejercer una mujer que ocupe esos espacios, así como también puede haber hombres que han comprendido lo que significa la cultura patriarcal y se nieguen a asumirla y vivirla.
Pobres cosas nosotras, poca cosa. Algo, alguito, cosita que se usa y se tira, juguetes descartables dormidas para siempre en bolsas de residuos. Es 25 de noviembre y nuestro movimiento irrumpe en las calles de Concepción del Uruguay otra vez para dejar de omitir una historia de la violencia machista no dicha. Entrelazamos el poder la palabra y los cuerpos en las calles. Nos hacemos responsables, le damos respuesta a las que nos antecedieron, a las que no pueden estar presente porque fueron asesinadas o porque el cuerpo no les da para estar acá, como a Magalí. Salimos para dar respuesta a las generaciones que vienen. No nos callamos más. El paisaje son las rondas y los abrazos. Esta memoria es también celebrativa: las que marchan están vivas. Son las sobrevivientes.
(fuente: http://mirada360.com.ar)