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Presentación de «La herida azul» de Victor Hugo Morales en la Feria del Libro.

VICTOR HUGO presentacion libro may 2018 0Por Gabriela Stoppelman    –    

El día viernes 04 de mayo a las 21 hs en la sala Victoria Ocampo se llevó a cabo la presentación de «La herida azul», poemario del periodista Victor Hugo Morales, en la Feria del Libro.

La coordinación estuvo a cargo de Gabriela Stoppelman. Hicieron lectura del poemario, Lourdes Landeira, Isabel D’amico, y Viviana García. Federico Cáceres y Fabio Perez, del grupo «Mano a Mano» le pusieron música y voz a los poemas. 

Así, en la noche lluviosa del cansado viernes, un día aplastante de noticias de bajones que nos arrinconaban, se acercaron cientos de personas que sonrieron y le pusieron entusiasmo a una sala llena.

Una presencia especialísima de ese ícono de los DDHH y de la dignidad, que es Taty Almeida, acompañó la velada.

Compartimos con nuestros lectores un fragmento de la presentación de Gabriela del poemario de Victor Hugo Morales, porque no tiene desperdicio. Esperemos que la disfruten, como –seguramente- disfrutarán del libro. RON.

“ Construyo un puente con la espuma, menos cuando me abandonás. Siempre vuelvo a vos por una cornisa”
“¿Hasta dónde?
“Hasta el real donde no estás”

Hasta el real donde no estamos, ese real donde nos gustaría estar. Buenas noches a todos y todas.   Gracias por acompañarnos  a celebrar la palabra poética, la resistencia en la palaba,  el  derecho, el coraje y el deber de empuñar la tinta e infligir heridas-
Heridas, a todas las simulaciones de salud,
Heridas, a todas las pulcritudes engañosas del lenguaje.  

Heridas que tienen el objetivo de desocultar lo que supura, de  hacer ver, no de lastimar
Porque para lastimar están los bajadores de cuadros. Estos, que bajan objetos cuyo valor se les escapa y lo deprecian en pocos ceros. 
Estos, que apelan a una estrategia de simbologías obscenas y parecen decir. ¿Vieron’, cuando queremos nosotros también bajamos cuadros? 
Estos, que en nada se parecen a aquel que bajó los retratos de los genocidas, ese que no sabía y a quien no le importaba el valor del marco ni de la tela. Uno que -con un coraje que muchos jamás le perdonaron – limpió las alturas de lo siniestro,  para que los sobrevivientes de aquellos asesinos  caminaran  un poco más aliviados, para que los sobrevivientes pudieran decir al oído de  sus muertitos “miren, esto que parecía  imposible,  se dio”
Estos, no. Estos son simples bajadores, gente que cae bajo y quiere arrastrar a lo más hondo de la tristeza al resto. Hombres que han venido a desmontar las escenografías que nos  eran cotidianas, para hacernos sentir en una ajenidad visual, para que nos perdamos, desacomodados, extranjeros , exiliados en nuestro propio territorio. ¿Hasta dónde aguantaremos, me pregunto?   Y, también, y dado que hoy venimos a presentar un libro de poesía, un género que siempre se ocupó, secreta y discretamente de cuidar muy singularmente  las palabras, me pregunto, ¿ cómo irán a  confiscar la fuerza del poema?, ¿ se llevarán, absurdamente, montones y montones de libros?, ¿ prohibirán los versos?, ¿subastarán rimas?
Hay días muy oscuros, en que hablar de poesía parece una ingenuidad. Sin embargo, si hay algo que ella nunca fue es ingenua…
La poesía ha sido y es siempre una conmoción: ese acorde, esa palabra que se cruza con el caminante,  ese aroma en la sala, ese contorno sobre una pared en la calle que golpea el pecho, una sensación excepcional para el cuerpo, una crisis para todo orden establecido en la gramática.
Una síntesis, una contracción, un subrayable.
Y, sin embargo, la poesía no tiene demasiada buena prensa.  O la tiene como veleidad estética, como rebuscamiento del lenguaje, como complicación de aquello que podría decirse simple pero, por cierta pretensión del escritor, se dice complejo. Mi maestra Lucila Févola solía decir. Todo aquello que puedas decir en prosa, decilo en prosa.  Cuando ya no puedas, probá el poema. Después queda la  música, el grito o dar patadas contra la pared. 
Es decir,  el poema es siempre una situación límite del lenguaje. Algo desborda y a la vez no entra en las formas habituales en que organizamos las palabras, algo frunce la nariz en las habitaciones tan caminadas de la pura causa efecto.
Y entonces llega ella, siempre un paso más delante de nosotros, siempre en punta hacia el real donde no estamos. Y empiezan las incomodidades
Que no se entiende su lógica,  que es imposible organizarla como certeza
Cuánto habrán calado en nosotros ciertos rigores, que tanta gente desenvaina sus defensas ante el juego y el atrevimiento de lo poético y a la vez  es capaz de abrazar, como verdad  y solo porque las cuenta una vulgar prosa, noticias inventadas sin ningún asidero en el real donde estamos.
Cuánto habrán calado en nosotros ciertos rigores que reclamamos claridad cuando un verso señala nuestras oscuridades: “al borde de la razón hamaco un cuerpo que ya no alcanza para amarte”, “el aire es un escándalo que flota en la esquina” y asumimos como claras y evidentes las patrañas más grotescas que nos venden por televisión
¿En qué clase de sujetos nos habremos convertido que debemos salir a reivindicar el valor de lo poético, mientras el hastío, la decadencia y la humillación diarias se reivindican solas, como si fueran parte de una naturaleza obtusa desviada hacia la tristeza el horror y el oprobio?
Somos la única especie en esta tierra que tiene la capacidad de poetizar. Ya que, con la edad vamos cada vez más agachados y que la razón sin sueños no está volviendo al mundo demasiado razonable, en vez de homo erectus, o racionalis, deberíamos reivindicarnos homo poeticus. Y no sería solo cuestión de rebautizarnos, que  no es cosa menor. Si no de poner al alcance de todos y cada una y uno  la potencia que adquieren las palabras cuando se las refresca de sus corsés  de sentido. Es de no creer el espectáculo de liberación. La multiplicación de los horizontes: la descarga, el alivio, la expansión de la voz en una lluvia de matices”

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