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Morir de diez días

por Rafael Bielsa                  –

De paso por Madrid, el Presidente argentino ensayó una pregunta retórica: «¿Vos podés vivir diez días sin comer y sin beber?» (21 de octubre de 2026). Infectado de literalidad, pretendió responder a quienes sostienen que a una parte de sus compatriotas no les alcanzan sus ingresos.

La frase corriente «no llego a fin de mes», no alude a la inanición absoluta, sino a la insuficiencia de los ingresos. Al equiparar esa carencia con la imposibilidad de sobrevivir diez días sin agua y comida, el alarde presidencial convirtió una expresión en una mentira que nadie había pronunciado e ignoró la experiencia cotidiana de quienes administran escasez con mandobles de agua y harina. El instante festivo de la retórica turística se enfrentó así con el tiempo urgente de quienes no pueden postergar el hambre. El mismo presidente que zarandea hogueras, ¿les estaba ofreciendo la muerte como alimento para saciarlo?

La especie humana está compuesta por seres afectivos. Los acontecimientos suscitan en nosotros reacciones inmediatas de simpatía o rechazo, que anteceden a la reflexión consciente acerca de ellos. En sus formas iniciales, nuestras valoraciones expresan los sentimientos que nos inspiran las personas y sus acciones.

Sin embargo, la moral no se reduce a ratificar esas respuestas espontáneas. Su función consiste en someterlas a examen y ampliarlas mediante la consideración de los demás. La posibilidad de distanciarnos de nuestra perspectiva inmediata y contemplar las cosas desde otro punto de vista constituye una de las condiciones esenciales de la vida moral. Sin ese ejercicio de descentramiento, la experiencia moral degeneraría en una forma de narcisismo afectivo, incapaz de reconocer la dignidad de los otros, de ejercer la autocrítica o de imaginar perspectivas distintas de la propia.

Es precisamente en esa mazmorra por donde repta la semántica del Presidente argentino. Las redes sociales contribuyen a profundizarla al devolvernos, mediante mecanismos de selección algorítmica, una representación del mundo que confirma nuestras convicciones previas. ¿Qué les pide a sus compatriotas que hagan ese primer mandatario, qué riesgo, qué pecado, qué falta, qué traición? ¿Qué hay que hacer para no ser humillado por sus palabras?

No hay mejor estimulante para el desenfado que la ignorancia. La desinformación no consiste solamente en desconocer las condiciones de vida ajenas, sino también en confundir la propia situación con una general de la existencia. Las privaciones materiales pueden resultar más tolerables cuando transcurren dentro de un horizonte relativamente estable que cuando se encuentran acompañadas por la incertidumbre. Un campesino pobre del siglo XIX podía vivir sometido a privaciones extremas, pero su existencia transcurría dentro de horizontes sociales, laborales y culturales previsibles. Incluso el capitalismo industrial clásico, pese a las tensiones e inseguridades que generaba, se desenvolvía sobre instituciones relativamente estables: el empleo de largo plazo, la familia, los sindicatos y el Estado nacional.

El capitalismo tecnológico-financiero introdujo una forma narcótica de vértigo social. Cambian los empleos, las competencias requeridas, los modos de comunicación, las fuentes de prestigio e incluso las estructuras familiares. La incertidumbre dejó de ser una circunstancia episódica para convertirse en una condición transversal y estructural. La sensación de contingencia es permanente: fuerzas remotas, económicas, tecnológicas o financieras pueden alterar de un día para otro la vida cotidiana. La escasez ya no se mide solamente por aquello de lo que se carece, sino también por la imposibilidad de anticipar aquello con lo que se podrá contar; canta David Lebón: «no hay más estrellas que las que dejés brillar».

Paradójicamente, el protestantismo contribuyó al nacimiento de un capitalismo que acabaría por emanciparse de su propia moral. Permanecieron la disciplina económica, el cálculo racional y la ética del rendimiento, pero se desvaneció el horizonte moral que les daba sentido. El capitalismo tecnológico reproduce algunos rasgos religiosos: rituales, como los lanzamientos de productos y los grandes eventos corporativos; sacerdotes, representados por tecnólogos y visionarios; promesas de redención, como la prolongación indefinida de la vida o la colonización del espacio; e incluso sus propios herejes de ocasión. La promesa de un futuro ilimitado funciona como compensación simbólica de las inseguridades del presente. «Tendrá el cielo tu color».

Sin embargo, la antigua pregunta «¿es moral?» ha cedido parte de su lugar a otras cuestiones, como «¿es legal?» o «¿es eficiente?». El desplazamiento no supone la desaparición de los juicios morales, sino su subordinación a criterios de rendimiento, aceptación y visibilidad. En una época en la que las plataformas digitales administran reconocimiento, y prestigio, la reputación ya no depende de iglesias o comunidades, sino de sistemas algorítmicos gestionados por grandes empresas tecnológicas.

En el capitalismo financiero-tecnológico, modular la circulación de los discursos puede resultar tan eficaz como prohibirlos. Nos encontramos en el terreno de la disputa por determinar qué circula, quiénes pueden acceder y qué se vuelve abundante o escaso. La facultad del sistema para abrir y cerrar flujos de información, conocimiento y valor es monumental. Ciencia, cultura, algoritmos, información y conocimiento técnico no son productos espontáneos ni meramente individuales; son el resultado acumulado de generaciones enteras. Las empresas, sin embargo, despliegan mecanismos de apropiación que convierten buena parte de esa riqueza del intelecto colectivo en derechos exclusivos de explotación. Se configura así una nueva arquitectura social de propiedad y distribución (Pedro Cazes Camarero, La Tecl@ Eñe). Si las formas de apropiación y distribución dependen de la organización de las fuerzas productivas, el capitalismo cognitivo no se limita a concentrar valor: convierte una riqueza producida colectivamente en un recurso cuyo acceso queda subordinado a la propiedad privada y a la capacidad de pago. Frente a esta lógica de aislamiento y captura, Serú Girán insiste: “No estés solo en esta lluvia”.

La pregunta presidencial sobre los diez días sin comer ni beber no es, entonces, un simple delirio de la literalidad. Participa de una lógica más extensa, en la que el poder pretende administrar no sólo la distribución de los recursos, sino también el significado de su falta. La escasez deja de ser una experiencia material para convertirse en una interpretación opinable; el hambre, en un desacuerdo semántico; la desigualdad, en un defecto de percepción. Pero ninguna operación sobre las palabras modifica lo que las palabras nombran. Mientras el capitalismo contemporáneo multiplica las promesas de abundancia y perfecciona los mecanismos de apropiación de la riqueza colectiva, una parte de la sociedad continúa sometida a la urgencia elemental de llegar al día siguiente. Diez días pueden ser una ocurrencia retórica para quien dispone del tiempo ajeno; para quien no tiene qué comer, son una eternidad a la que la frivolidad ofende.

(fuente: https://www.pagina12.com.ar/)

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