Por la Esp. Prof. Marina Isabel Pagani Dupont –
“Siempre me ha encantado aprender. Lo que no me gusta es que me enseñen.
Winston Churchill (1874- 1965)
En décadas pasadas los docentes “se preparaban estudiando las clases” para enseñar en las aulas. Esto significaba que estudiaban en el día a día porque así era el mandato educativo de la época. Con el paso de los años, los avances tecnológicos, las nuevas estrategias de enseñanza, aprendizaje y evaluación y los nuevos niños y jóvenes que recibimos en las escuelas en un cambio de época, transformaron rápidamente estas acciones individuales en procesos que se fueron naturalizando entre el colectivo docente y estudiantil.
La cultura del pensamiento desafió nuestras capacidades cognitivas potenciando nuestras conexiones neuronales con el propósito de enfrentar situaciones complejas y difíciles de resolver.
El aprendizaje se tornó más ágil y desestructurado a tal punto que hoy a partir de algunos conocimientos les enseñamos a construir saberes significativos a partir de nuevos conocimientos.
¿Qué sucede en algunas aulas nuestras ?
En las aulas deberíamos lograr que los estudiantes desplieguen pensamientos profundos, que puedan trabajar en grupos y en equipos en forma pacífica, que aprendan a preguntar y a responder, a contestar sobre la realidad que los interpela a veces en forma muy cruel, pero deberíamos escucharlos más y entrenar la comprensión para llegar a ellos.
En síntesis, enseñarles a desarrollar habilidades de comunicación que les permita interactuar con el otro y con los otros Quizás debamos intentar enseñarles a pensar, no qué pensar, o tal vez brindarles herramientas que los aliente a pensar en un proyecto de vida a corto plazo.
El soñar que quiero ser, qué decisiones quiero tomar en un futuro cercano.
Porque enseñarles a pensar a un grupo de nuestros estudiantes supone entusiasmarlos y dales la oportunidad de valorar el esfuerzo y la perseverancia.
Pensar no es fácil, enseñar a pensar menos fácil aún. El estado anímico de los estudiantes no siempre es el óptimo. Esforzarnos por brindarles una seguridad emocional sería lo lógico. Sucede que a veces el propio docente no está equilibrado y así todo cuesta más.
Debemos generar un espacio o un entorno emocional y afectivo saludable sin miedos ni prejuicios. Diferentes creencias, diferentes grupos familiares, diferentes situaciones sociales nos hacen pensar en un aprendizaje diferente que no sólo está en los diseños curriculares sino que a veces se encuentra en el cerebro y en el corazón.
En un entorno saludable se pueden enseñar responsabilidades, obligaciones, derechos y respeto tanto de docentes como de alumnos. Podemos pensar en cuidarlos ya que son niños o jóvenes vulnerables y a veces vulnerados por la vida.
El reconocer sus pequeños logros, tratando de ser justos en el grupo, confiar en ellos y permitirles equivocarse en un marco de respeto y dignidad.
La dignidad es pensarlos como personas con derechos y con la posibilidad siempre de ser mejores a partir de los errores pero con la mirada puesta en un futuro enmarcado en un proyecto de vida saludable donde puedan ejercer el pensamiento crítico. Por esto y por mucho más es que elegimos ser docentes.