CienciaCulturaCuriosidadesInterés GeneralSaludTecnología

Magnifica Humanitas: una brújula para los tiempos del algoritmo

Screenshot

Por Fernando Ordóñez                            –

Hay encíclicas que llegan como respuesta y otras que llegan como pregunta. Magnifica Humanitas, el primer gran documento social del Papa León XIV, pertenece al segundo grupo, y por eso —confieso— la he leído con una alegría que hacía tiempo no experimentaba como católico. No porque traiga consuelos fáciles ni recetas de salvación inmediata, sino precisamente por lo contrario: porque se niega a ser fácil, porque rehúye tanto la condena apocalíptica como el aplauso ingenuo a la modernidad, y porque nos devuelve, en pleno vértigo digital, la dignidad de tener que pensar.

Publicada el 15 de mayo, en el 135° aniversario de la Rerum Novarum, la encíclica articula su reflexión sobre la inteligencia artificial alrededor de dos imágenes bíblicas que funcionan como un eje secreto: la torre de Babel y la reconstrucción de los muros de Jerusalén por Nehemías. La primera, una construcción soberbia que se eleva sin Dios y termina en confusión; la segunda, un trabajo paciente, compartido, donde cada familia recibe un tramo de muralla y donde se reconstruyen los vínculos antes que las piedras. La pregunta que León XIV plantea a esta generación es de una sencillez desarmante: ¿qué estamos construyendo?

Más allá del miedo y del entusiasmo

Lo primero que sorprende —y que tanto se agradece— es el tono. No hay aquí el lamento previsible sobre el frío mundo de las máquinas, ni tampoco esa beatificación tecnocrática que tantas veces hemos escuchado de quienes confunden el progreso con la simple aceleración. León XIV escribe desde otro lugar. Reconoce que la técnica está “arraigada en nuestra historia desde el principio” como expresión legítima de la libertad humana, pero advierte con lucidez que las tecnologías emergentes ya no son simples herramientas: moldean los procesos de decisión, configuran el imaginario colectivo, redefinen quién detenta el poder. Y aquí, en este punto, la encíclica afila su mirada de un modo casi inquietante.

Porque la trampa contemporánea —nos dice el Papa— ya no consiste en que los Estados acumulen poder sobre los individuos. Consiste en algo más sutil y más difícil de combatir: el poder se ha vuelto privado, transnacional, opaco, y se sostiene sobre infraestructuras, datos y algoritmos que muy pocos comprenden y aún menos controlan. Quien posee los datos sanitarios de una población posee, en realidad, su futuro. Quien programa los algoritmos que deciden a quién se le concede un crédito, un trabajo, una visibilidad, está redefiniendo silenciosamente los límites de las posibilidades humanas.

Todo esto ocurre, advierte León XIV con una expresión memorable, revestido de una neutralidad y una objetividad ante las cuales es imposible protestar.

El verbo que lo cambia todo: desarmar

En medio de esta arquitectura de análisis, el Papa introduce una palabra que merece detenerse en ella: desarmar. Desarmar la inteligencia artificial, escribe, no significa renunciar a ella, sino “sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva”. Es uno de esos giros que de pronto iluminan páginas enteras. Porque lo que está en juego no es la tecnología en sí, sino la cultura del dominio que la habita: la carrera por el algoritmo más eficaz, el banco de datos más amplio, la ventaja geopolítica decisiva.

Desarmar las máquinas, desarmar las palabras, desarmar los corazones. La encíclica reconoce que vivimos rodeados por una “cultura del poder” que normaliza la guerra, erosiona el multilateralismo y se justifica con un “falso realismo” que presenta la violencia como inevitable.

Frente a eso, León XIV no propone consignas: propone una conversión.

La voz incómoda y necesaria

Quienes esperaban una encíclica decorativa pueden quedar perturbados por algunos pasajes. El Papa denuncia con una claridad poco habitual las “nuevas esclavitudes” sobre las que se sostiene buena parte de la economía digital: los millones de personas, en su mayoría jóvenes y mujeres, empleadas en el trabajo silencioso de etiquetar datos y moderar contenidos por salarios mínimos; los adolescentes y niños que en algunas regiones del mundo trabajan en condiciones brutales en la extracción de tierras raras; las redes criminales que utilizan plataformas digitales para reclutar y trasladar víctimas de trata convertidas, escribe, “en datos que rastrear y paquetes para transferir”.

Y entonces ocurre algo extraordinario: León XIV pide perdón. Pide perdón, en nombre de la Iglesia, por la tardanza histórica con que se condenó la esclavitud, reconociendo que durante siglos la institución eclesial toleró —y en algunos casos legitimó— prácticas incompatibles con la dignidad humana que ella misma proclamaba. No es una concesión retórica. Es la confesión de una Iglesia que comprende que la fidelidad a la verdad exige también la fidelidad a la memoria, y que aprender del pasado significa no repetir hoy las complicidades de ayer ante las nuevas formas de explotación que se ocultan bajo la promesa del progreso.

Dónde debe estar la Iglesia

Aquí, creo, está una de las contribuciones más importantes del documento. Porque León XIV no escribe como quien observa el mundo desde una torre, sino como quien sabe que la Iglesia tiene que estar adentro de las grandes preguntas de la época. No para imponer respuestas, no para administrar verdades como un patrimonio, sino para servir. “La verdad no es un territorio que hay que defender —escribe—, sino un bien que hay que compartir”. Hay una humildad activa en estas páginas, una conciencia de que la presencia eclesial en el mundo digital no puede ser solamente vigilante o defensiva, sino propositiva: en las escuelas, en las universidades, en los laboratorios, en los medios, en la política, en las familias.

Y, sobre todo, en la educación. Hay un párrafo que merecería leerse en voz alta en cada hogar y cada escuela: el que advierte que “toda tecnología educa a quien la utiliza” y que “educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla”. En una época en que la facilidad inmediata amenaza con apagar el deseo mismo de plantear preguntas, el Papa reivindica el valor del tiempo lento, del silencio, de la fatiga necesaria para que la chispa de la comprensión —como decía Platón— salte por fin entre dos mentes que se rozan.

El camino contemplativo

Pero quizás lo que más conmueve de Magnifica Humanitas es su conclusión. Después de páginas densas de análisis técnico, económico, político, geopolítico, después de denuncias firmes y exigencias concretas, León XIV no nos deja con un programa sino con una espiritualidad. Una espiritualidad que arranca de la contemplación de la Encarnación —ese Dios que no huye del límite humano sino que lo asume y lo transfigura—, que se nutre de la Eucaristía como signo de la unidad eclesial frente a la fragmentación digital, y que culmina en el Magníficat de María: ese canto de una joven pobre y pequeña que aprende a ver la historia con los ojos de los humildes, desde abajo, desde la fractura, desde donde el mundo se rompe.

Es ahí, sugiere el Papa, donde se decide todo. No en los grandes congresos de regulación tecnológica, no en las cumbres geopolíticas, no en los laboratorios de Silicon Valley, sino en la decisión cotidiana, íntima, casi invisible, de cada hombre y cada mujer que elige ser fiel a la verdad, cuidar las relaciones, educar con paciencia, amar la justicia.

Las grandes mareas del mundo no nos atañe dominarlas, cita León XIV recordando una frase de Tolkien, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir.

Una alegría difícil

Cierro el documento con esa alegría difícil que sólo dan los textos verdaderos, los que no halagan ni amenazan, sino que invitan a tomar en serio el tiempo que nos ha sido dado. Magnifica Humanitas no es un manual ni un manifiesto: es una brújula. Y, como toda buena brújula, no nos dice adónde ir, sino que nos recuerda dónde está el norte.

En tiempos en que tantos algoritmos pretenden decidir por nosotros qué pensar, qué comprar, a quién amar y de quién desconfiar, leer una encíclica que se atreve a recordarnos que somos más que datos, que el corazón humano es un lugar donde Dios desea habitar, y que todavía es posible reconstruir murallas como Nehemías —piedra a piedra, vecino a vecino, oración a oración— es algo más que una lectura piadosa.

Es, sencillamente, una buena noticia.

 

Colaboración de Héctor «Coco» Verón

Related Articles

Interés General

Marclay: “Los discursos de odio bajan de lo más alto de las instituciones y generan daño”

La diputada nacional habló tras el episodio de vandalismo contra el busto...

CulturaInterés General

Convocatoria a resúmenes de PONENCIAS para las Quintas Jornadas de Filosofía del Río Uruguay

Las jornadas serán a mediados de agosto REQUISITOS: · Los resúmenes no...

CulturaCuriosidadesEducaciónInterés General

El Origen de las Frases Ilustres: ¡ANDÁ A QUE TE CURE LOLA!

por Rodolfo Oscar Negri     – En la vieja España, cuando...