Con ese historial, no es raro que encaje en el molde del profeta solitario: alguien de gran lucidez pero adelantado a su tiempo y, por eso, hasta cierto punto incomprendido. Desde los 23 años, a principios de los setenta, enseña en la Facultad de Derecho de Harvard, donde fue el profesor titular más joven en la historia de esa universidad. Fuera del aula, ha sido durante décadas interlocutor en las capas más altas de la política y la economía, y llegó a ocupar un cargo tan fantasioso como necesario: jefe del Ministerio de Asuntos Estratégicos de Brasil durante las presidencias de Lula da Silva y Dilma Rousseff, lo que le valió el apodo de ministro del futuro. Sus libros son densos y de registro elevado, aunque su filosofía derive en el fondo de un agudo sentido común.
La paradoja es evidente: Mangabeira predica el capitalismo popular y la democracia de alta energía, pero su hábitat natural ha sido las élites. Quiéralo o no, es más fácil identificarlo con un personaje de la torre de marfil que con un pensador de “los de abajo”. Esas contradicciones lo hacen una figura fascinante e inspiradora, pero lo que le da verdadera relevancia es otra cosa: en el fondo es un esperanzado que se niega a aceptar la fatalidad del desorden actual y propone vías concretas para rebelarse contra él.
Respuesta: El problema es que los progresistas contemporáneos no tienen una propuesta positiva de creación, de construcción, de innovación. Son personas que endulzan el orden actual: humanizadores de lo inevitable.
P: ¿Y el populismo de derecha o ultraderecha que vemos surgir en todo el mundo tampoco tiene una propuesta positiva?
R: Claro. El proyecto hegemónico que podemos llamar social-liberalismo, la forma flexibilizada de la socialdemocracia histórica europea, intentó reconciliar la flexibilidad económica americana con la protección social europea. Ese proyecto no consiguió resolver los problemas fundamentales de las sociedades contemporáneas. Yo identificaría tres. El primero es la segmentación jerárquica del sistema de producción: el foso entre las vanguardias productivas y la retaguardia se va profundizando. Antes la vanguardia era la industria convencional; ahora es la economía del conocimiento. La tarea es organizarla para muchos, no para pocos. El segundo problema es el debilitamiento de la cohesión social. La socialdemocracia convencional aseguraba la cohesión mediante transferencias de dinero, sobre el fondo de una homogeneidad cultural. Cuando esa homogeneidad se degrada, por los flujos migratorios por ejemplo, queda en evidencia que el dinero no es un cemento social. El único cimiento verdadero en una sociedad libre es la responsabilidad de las personas para cuidar a otros. El tercer problema es el de la política. Todas las democracias existentes son frágiles y dependen de crisis para propiciar cambios: la ruina económica o la guerra. Necesitamos una democracia de alta energía que no precise de traumas para permitir transformaciones. Las instituciones constitucionales que importamos de Estados Unidos, el presidencialismo y el federalismo, fueron diseñadas para inhibir la transformación de la sociedad. Facilitan el caudillismo más que la transformación.
P: Sobre el segundo punto: si el cemento social es el cuidado del otro, lo que vemos en los discursos dominantes, de derecha sobre todo pero también de izquierda, es que el otro debe ser excluido, deportado, marginado. ¿Qué se puede hacer frente a ese problema?
P: Hace 15 años había una idea de América Latina avanzando de manera autónoma. Hoy veo la región más fragmentada y dividida. Hace unas semanas hubo una cumbre de presidentes latinoamericanos en Panamá que pareció una respuesta a la llegada de Trump. ¿Cómo ve América Latina en este momento?
P. Estados Unidos ha tomado un papel más agresivo en la región del que tuvo en los últimos treinta años. El caso de Venezuela es muy ilustrativo. ¿Cómo lo ve?
R. Lo que está pasando con Venezuela es un retorno a un paradigma del siglo XIX, y está destinado al fracaso. Venezuela jamás aceptará ser un protectorado de Estados Unidos. Cuando se ve cómo se impone esa dominación, apropiándose de los recursos del petróleo venezolano, hay que entender que la mayoría venezolana no va a aceptar eso. Siempre habrá quislings, aliados internos del ocupante. Pero un país con un sentimiento tan fuerte de identidad colectiva, de coraje, de vitalidad, no se somete. El recurso más importante de nuestros países, Brasil y Venezuela, es la vitalidad: una vitalidad asombrosa, anárquica. Organizar espiritual e institucionalmente esa vitalidad es nuestra tarea y nuestra arma.
P: Mucha gente progresista siente que el progresismo material y tecnológico está concentrado en Silicon Valley, en la inteligencia artificial, que amenaza precisamente a los trabajadores. ¿Cómo ve ese desarrollo?
P: Frente al avance de la derecha en América Latina, Chile, Argentina, Ecuador, Centroamérica, señala que esa derecha tampoco tiene proyecto. ¿Es así?
R: El gran misterio de esta derecha es exactamente ese: no tiene proyecto. ¿Cuál es el proyecto de Trump o de Orbán? Fortalecer al poder Ejecutivo y acabar con la migración. Eso no es un proyecto. Es un barco hacia el vacío, y podría ser una gran oportunidad para los progresistas si ellos tuviesen un proyecto. Pero no lo tienen. El gran desvío de la izquierda fue el desembarco en la política identitaria: una enorme distracción de la lucha sobre nuestro futuro colectivo. Entre la política identitaria de las minorías y la política identitaria de la mayoría, que es blanca y evangélica, esta última está predestinada a vencer. No debemos llevar el conflicto al terreno ganado por el adversario. Nuestro terreno es la construcción de otro orden económico y político.
P: Lleva décadas elaborando estas ideas y, sin embargo, no han encontrado la tracción política que uno esperaría. ¿A qué atribuye eso? ¿Es un problema de timing, de comunicación, de las ideas mismas, o hay algo en ti, en tus propias elecciones, que también explica esa distancia?
P: Y sin embargo, vemos una alineación muy clara entre las élites económicas, sobre todo las tecnológicas de Silicon Valley, y este proyecto de derecha. Ellos sí parecen tener un proyecto, aunque solo sea la inclusión de la gente como consumidores. ¿Cómo se puede alterar eso?
R: Mis estudiantes en Harvard no son muy diferentes a la masa brasileña en su frustración. Todos rechazan esta dictadura de la no-alternativa, que es lo que tenemos. El mundo precisa de política y de pensamiento: son las dos grandes fuerzas transformadoras. No hay que subestimar eso. Cuando no hay alternativa visible, la frustración acumula energía. El problema es dar a esa energía una dirección.
P: Hay algo que no hemos desarrollado suficientemente: la idea de la pequeña burguesía subjetiva como mayoría. Me parece central para entender por qué ciertos proyectos progresistas fracasan políticamente.
R: Es central. La gente socialmente más importante en el mundo hoy no es el proletariado industrial de Marx, que es una minoría cada vez más pequeña y relativamente privilegiada. Objetivamente, la mayoría no pertenece tampoco a una clase de pequeños emprendedores, sino que son trabajadores informales, que son mayoría en muchas economías. Sin embargo, subjetivamente, esa mayoría quiere ser esa clase de pequeños emprendedores. Es lo que podría llamarse una pequeña burguesía subjetiva: personas cuyo horizonte de aspiración es tener una pequeña propiedad, una casa en la ciudad, un servicio técnico por el cual puedan cobrar. Entran en ese sueño por default, por falta de otras opciones. Esa pequeña propiedad arcaica y familiar no ofrece productividad ni futuro para nadie. Tenemos que conquistar a esa inmensa masa para un nuevo proyecto de desarrollo. El error histórico de la izquierda europea del siglo XX fue precisamente tratar a esa pequeña burguesía subjetiva como enemiga, y fue ella la que sostuvo los regímenes fascistas. Hoy, esa pequeña burguesía subjetiva es la mayoría de la humanidad. Si no le ofrecemos una alternativa mejor a su sueño arcaico, la perderemos de nuevo. Se irán a la derecha.
P: Teoriza con pasión sobre esa mayoría y sin embargo nunca ha construido un movimiento con ella ni para ella. ¿Cómo explica esa brecha?
R: Sí y no. Viajando por todos los estados brasileños y conociendo gente de todas las clases sociales, siempre encontré acogida hacia mis ideas. Había razones para los prejuicios: hablo con acento, me visto de traje oscuro, en las calles me preguntan si soy pastor evangélico. Pero siempre fui bien recibido, porque Brasil es una sociedad abierta hacia adentro. Pero la provocación que me haces es correcta en cuanto a no haber formado un movimiento. No le dediqué el tiempo suficiente a seducir y convencer. Tampoco tuve el nivel de sacrificio necesario, porque el criterio definitivo en la política es la disposición a sacrificarse: las palabras son baratas y sospechosas si uno no se compromete con el precio de pagarlas en el camino a la cruz. No hice lo suficiente. Ahora, por las generaciones futuras, trataré de compensar mis pecados pasados.
P: Frente a la rivalidad actual entre Estados Unidos y China, ¿puede América Latina articular un proyecto propio?
P: ¿Entonces el camino es confrontar a esos poderes?
R: No la confrontación retórica. No hay que discutir la Doctrina Monroecomo doctrina. La política exterior estadounidense se basa en la hegemonía hemisférica y en impedir hegemonías rivales: un debate intelectual no va a cambiar eso. Lo que hay que hacer es construir una microestructura de producción económica y cultural compartida, de tal manera que eventualmente la Doctrina Monroe se vuelva irrelevante. Si demostramos que el matrimonio de la inteligencia y la naturaleza, del capitalismo popular con la economía del conocimiento incluyente, es viable en América Latina, puede serlo también en Estados Unidos. Así podemos revertir el colonialismo mental.
P: En un mundo marcado por la crisis ecológica, la revolución digital y los autoritarismos electorales, ¿cómo imaginar una política que combine imaginación institucional con una fe renovada en la capacidad humana?
R: No hay una fórmula. El tema tiene que dividirse en partes. Hay una forma política, una forma educacional y una forma económica, todas ligadas al mismo espíritu. Hablemos de educación. Precisamos de una revolución educacional que corresponda a nuestros modelos. En Brasil, nuestra educación parece tener como objetivo transformar a jóvenes brasileños del siglo 21 en escolares franceses del siglo 19. Es un ciclo dogmático basado en la repetición y la memorización. En cambio, necesitamos una educación que privilegie las competencias analíticas y sintéticas; que priorice la transformación como puerta de entendimiento de los fenómenos naturales y sociales; que sea profundamente selectiva en los contenidos, en vez de un enciclopedismo superficial; que tenga la cooperación como base social del aprendizaje; y que conduzca todo el aprendizaje desde las primeras fases de forma dialéctica: nada debe ser enseñado una sola vez, todo debe ser enseñado al menos dos veces, desde dos puntos de vista contrastantes. El proyecto de Domingo Faustino Sarmiento en Argentina en el siglo XIX y José Vasconcelos en México en el XX fue una educación revolucionaria que animaba la genialidad suprimida de nuestros pueblos. Esa debe ser nuestra religión: menos enciclopedia, más vida, más anarquía, más transformación. ¡Vamos al combate!
Boris Muñoz es cronista y editor. Fundó y dirigió la sección de Opinión de The New York Times en Español. Es columnista de EL PAÍS.