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LITERATURA, LA HORA DEL CUENTO: PREFIERO EL OLVIDO

 

Por Rodolfo Oscar Negri  –     

Muchas veces siento que vuelvo, como en un sueño a aquella época.

Así aparecen, en ese espejo despiadado que me trae la memoria, imágenes fugaces de aquel momento que nunca deseo recordar, pero que –sin embargo- de manera recurrente vuelve a atormentarme.

¿Cuánto pasó desde entonces? Fueron tantos años que ni me animo a sacar la cuenta.  Tal vez prefiero no hacerlo.

Pero me veo allí. De pantalones cortos. Vestido con una ropa vieja y gastada que combinaba mugre y sudor. Me veo, con diez años caminando hacia la Plaza Ramírez. Me gustaba vagabundear por allí. Desde que había abandonado la escuela (mis padres todavía no lo sabían) no hacía más que recorrer  el centro, mirar los negocios,  observar lo que pasaba… de lejos… sin que alguno piense que tenía algo que ver… pero me gustaba espiar a la gente, sus actitudes, sus gestos. Aquel señor de traje y de paso apurado, el otro que va leyendo el diario y atropellándose todo, la señora que lleva paseando de la mano a sus hijos, el anciano de cara preocupada, en fin… verlo todo, todo para que no se me escape nada…

Era como ser testigo del mundo.

Pedía una moneda aquí y otra por allá; no porque estuviera pasando grandes necesidades, sino para que parezca que hacía algo. Le daba las monedas a mamá, diciendo que las había encontrado en la calle (jamás me hubiera permitido pedir). Otras  veces las usaba para comprar cigarrillos sueltos en el quiosquito de la vuelta de la Iglesia, para fumar a escondidas. No me gustaba, pero estaba convencido de que así me haría hombre.

Tenía el temor de que en algún momento me pare un policía y me pregunte porque no estaba en la escuela, me lleve a casa y papá me diera la paliza de mi vida, sobre todo si –como era su costumbre- estaba borracho. Aunque no sé si le importaba tanto. No era igual mamá que, además de trabajar de sirvienta mañana y tarde, a gatas podía con nosotros… Siempre me repetía que cuando cumpla los doce  trataría de encontrar alguna changa para ayudarla en serio.

Pero bueno, seguía zafando y  zafé durante mucho tiempo.

Hasta que llegó aquel domingo, cuando abril comenzaba a transformar en ocre el tupido verde de la plaza. Ese día estaba sentado en el banco que da frente a la iglesia, cuando la vi.

Quedé deslumbrado.

Parecía un ángel. Si hasta me pareció que un resplandor salía de su figura. Su carita dibujaba una sonrisa que se me grabó a fuego en la mente y en el corazón. Su pelo rubio, que era casi blanco de tan claro, lo tenía arreglado con dos colas que terminaban adornadas con cintitas rojas. También rojos eran los cuadros de su ropa. Cuello blanco inmaculado, igual que sus medias. Sus ojos celestes, parecían un mar que invitaba a sumergirse  sin medir las consecuencias. Sin pensarlo. Olvidándose de todo. Me pareció una visión fantástica y no le pude quitar los ojos de encima, hasta que subió a un auto. Seguramente de sus padres, que serían las personas mayores que la acompañaban.  Recuerdo como si fuera hoy, que salté como un resorte y comencé a correr detrás del Peugeot 403. Tenía que averiguar donde vivía. No podía perderla. No podría vivir sin volver a verla. Jamás había sentido algo por el estilo y corrí, corrí detrás de aquel auto.

Suerte que, por aquellos años, circulaban despacio y pude ver donde se detuvo. Era en la calle 8 de Junio, justo al lado de la Capilla Stella Maris. Allí vivía. Una casa señorial de dos plantas. 8 de Junio 138. Jamás podré olvidar esa dirección.

Mi vida cambió a partir de aquel momento y mis frecuentes paseos por el centro se transformaron en una vigilancia precisa y esmerada de aquel lugar. Volver a verla, saber adónde iba, conocer sus horarios  para no perder la posibilidad de observarla, de adorarla.

Recuerdo que me comencé a preocupar por mi aspecto. El jabón comenzó a temerme y ante mis ruegos, mi sorprendida madre hizo maravillas con su vieja máquina de coser, para –robándole horas al sueño- arreglarme alguna ropa.

De testigo del mundo y de la vida, empecé a sentirme protagonista. La escuela, clases de inglés, salidas a la casa de sus amigas… en fin todo, todo fui descubriendo. Aquello paso a formar parte de mi vida de una manera obsesiva. ¿Eso sería lo que llaman amor? La seguía de lejos, creo que la distancia más cercana no habrá sido menos de veinte metros. No me atrevía a más.

No sé cuándo ocurrió, pero ella me descubrió. Seguramente vio mi presencia repetida o divisó mis guardias o tal vez percibió a lo lejos mi rostro embobado mirándola.

Lo cierto es que me di cuenta que ella también empezaba a observarme. Cuando caminaba, detrás de una ventana, comencé a sentir que su mirada se posaba en mí. Me día cuenta que llamaba su atención y una sensación de halago se apoderó de mí. Le importaba, me ilusioné. Al menos, como para mirarme.  A veces lo hacía sola, otras con sus amigas. Cuando estaba acompañada, me observaban y comenzaban a hablar y cuchichear, mientras reían y reían.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la mañana de aquel domingo?

No lo sé, porque el tiempo no contaba. Si contaban los avances. Ella ya sabía que yo existía. Tenía que ir por más.

Los veinte metros comenzaron a disminuir y cada vez caminaba más cerca. No demasiado, pero más cerca. Y hasta me animaba a pasearme frente a la casa, sabiendo que ella miraba por la ventana. Pero llegó aquella tarde.

Ella y sus amigas charlaban en el pequeño jardín ubicado en la entrada de la casa que estaba separado de la vereda por una reja. Incluso me pareció que me espiaban. Tal vez me esperaban.

Tomé todo el valor que pude y decidí pasar frente a ellas. Jamás me había animado a tanto. Empecé  a caminar, a paso lento. Las piernas me temblaban.

¿La miraría? ¿Le sonreiría?

¿Me miraría? ¿Me sonreiría?

Justo frente a la puerta y delante de ellas, la vi en la vereda.

Una medallita caída en el suelo. Es la oportunidad de mi vida -me dije-  quedaré como un héroe, y me agache para recogerla. Intenté una y otra vez despegarla del suelo, pero no podía. Cada minuto aumentaba mi impaciencia, por concretar el rescate. Primero intenté con el pie, pero no pude. Parecía atornillada a la baldosa. Entonces me agaché y con la mano comencé a tratar de despegarla, cuando escuché la primera carcajada. Reían y reían. Pero no era una risa alegre y espontánea, sino sarcástica, cruel y humillante.

Entonces me di cuenta.

Las miré y vi en ellas el rostro del desprecio. Mil espinas se clavaron en mi corazón. Agaché la cabeza abrumado por la vergüenza y volví sobre mis pasos.

Desde entonces, jamás volví a pasar por 8 de Junio 138.


Este cuento forma parte del libro “Para muestra basta un Cuentito” de Rodolfo Oscar Negri editado por Editorial Dunken en enero de 2013

Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 17/12/2023

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