Por Sara Liponezky –
Hay otra Historia poco contada.
En nuestra realidad los acontecimientos históricos están entendidos y enseñados – desde el relato institucional- como efemérides, fechas que se recuerdan ritualmente y se disfrutan popularmente “si caen lunes o viernes”. Poco importan los procesos que dieron origen a eso hitos, las ideas que los inspiraron, el contexto y la intervención de sus protagonistas. Ni como gravitaron en nuestra identidad nacional.
El 25 de mayo de 1810 no escapa a esa regla. Me atrevo a decir que una enorme mayoría de compatriotas lo recuerda por la imagen del Cabildo, los paraguas en la plaza y – en el mejor de los casos- por el nombre de algunos iconos como Moreno o Belgrano. Se impone la potencia de las imágenes. Muy pocos conocen el texto del Acta que se firmó ese día, ni la diferencia de opiniones y tensiones en el ámbito de la Junta que explican su letra, ni el estado de ánimo de la población. Sin embargo, del Acta se infiere la verdadera sustancia del hecho revolucionario. Allí se plasman valiosísimas normas republicanas como la prohibición a la Junta de ejercer justicia, la publicidad de los actos de gobierno, la ética pública y un incipiente reconocimiento de la soberanía del pueblo como sustento del poder. La institución del cabildo como recinto de esa voluntad y su legitimidad para controlar el buen desempeño de los funcionarios, con facultad de destitución si así no lo hicieran. De enorme importancia, la disposición para incorporar “el interior “(hoy provincias) a la Causa revolucionaria. Pero esa nueva forma de organización y representación política no implicaba desconocer la autoridad del rey Fernando VII ni su dominio sobre los territorios de virreinato. Lo que no desluce ni menoscaba la trascendencia del acto, aunque si pone en evidencia el contexto histórico en que se desarrolló y las pulsiones que operaban al interior de aquella Junta.
Un aspecto que es imprescindible conocer y reivindicar para humanizar la Historia, para traer del bronce y hasta de cierta ingenuidad romántica a nuestros próceres, impregnándolos de la pasión, las convicciones y los conflictos que son propios de la dinámica política y la construcción social en toda época Quizás sea también una buena estrategia para amigar a las generaciones más jóvenes con su propia historia. Un capítulo importante de la verdadera batalla cultural que no se resume en slogans, burda sustitución de imágenes y palabras o grotescas interpretaciones que nada tienen que ver con nuestra fuerte identidad nacional.
Se trata de reencarnar y defender hoy a raja tabla como un acto de fe patriótica aquellos valores enunciados en 1810, tan devaluados en la acción de gobierno.