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El 10 de Julio de 1821 muere el Supremo Entrerriano Francisco Ramírez

 

Los sucesos de la primera mitad del año XX parecían volver a repetirse. Antes, el enfrentamiento de Ramírez con Artigas; ahora, el de López con Ramírez. Atizadas las propias ambiciones por intereses extraños, los caudillos se fagocitaban entre sí, con grave deterioro para el federalismo del litoral, y óptimas consecuencias para la política porteña, que no tardaría en imponerse nuevamente.

La ruptura con López.

Era anhelo de Ramírez reconstituir el país dentro de los límites del antiguo virreinato, por lo que proyectó la anexión del Paraguay – gobernado entonces por Gaspar Rodríguez de Francia – y la recuperación de la Banda Oriental, todavía en poder de los portugueses.

Pero el surgimiento de diversos inconvenientes, a los que se sumó la actitud de Estanislao López al ligarse con Buenos Aires, frustraron el proyecto y allanaron el camino para la eliminación del Supremo y el derrumbe de la República. El Tratado de Benegas, firmado por Buenos Aires y Santa Fe, el 24 de noviembre de 1820, a la par que sellaba la paz entre ambas provincias, significó que Estanislao López, «la espada hermana de Cepeda», abandonaba la política del Supremo y unía su política y su poder a la política y el poder de Buenos Aires.

Los sucesos de la primera mitad del año XX parecían volver a repetirse. Antes, el enfrentamiento de Ramírez con Artigas; ahora, el de López con Ramírez. Atizadas las propias ambiciones por intereses extraños, los caudillos se fagocitaban entre sí, con grave deterioro para el federalismo del litoral, y óptimas consecuencias para la política porteña, que no tardaría en imponerse nuevamente.

Después de infructuosas gestiones ante el caudillo santafecino y de inútiles llamados a los pueblos de Buenos Aires y Santa Fe, Ramírez decidió iniciar la guerra contra su antiguo aliado. Había logrado reunir alrededor de dos mil hombres, siendo secundado por Gregorio Piriz, uruguayense como él, y el oriental Anacleto Medina. De acuerdo con el plan de operaciones trazado, debían sorprender en dos frentes a Estanislao López. Para ello Ramírez y parte de sus tropas cruzaron el Paraná y se internaron en territorio santafecino. A su turno, Romualdo García y Lucio Mansilla, con el auxilio de la escuadrilla de Manuel Monteverde, debían apoderarse de la ciudad de Santa Fe.

No corresponde aquí seguir paso a paso las alternativas de esta dramática campaña. Baste recordar la aleve actitud de Lucio Mansilla que, luego de atravesar el río y estar a las puertas de Santa Fe, ordenó el reembarco de sus tropas y el regreso a Paraná. Creemos que el reconocimiento de la maniobra efectuada y de los móviles que la determinaron, efectuado por Mansilla a la vuelta de los años, nos exime de todo comentario. El cuñado de Rosas, en sus Memorias, confesó: «Intriga mía contra Ramírez, que no había sabido respetar la resistencia tantas veces manifestada en oposición de invadir mi patria natal (Buenos Aires)».

La defección de Mansilla dejó en crítica situación a Ramírez, quien después de algunos triunfos parciales, sufrió un completo descalabro a manos de López, en las cercanías de Coronda. Tras la derrota, Ramírez procuró unirse con Carrera, para lo cual tomó el camino de Córdoba, encontrando al chileno en el Paso Ferreira, sobre el río Tercero. Sus fuerzas reunidas apenas alcanzaban a unos mil hombres. Y para peor, casi toda la tropa de Carrera la componían indios mal armados y aventureros sedientos de botín.

Juntos, Ramírez y Carrera atacaron al gobernador Bustos en Cruz Alta. Al ser rechazados, se retiraron hasta Fraile Muerto y allí se separaron para siempre. Sin embargo, los dos – aunque por distintos caminos – irán rumbo a la tragedia. «Francisco Ramírez, con sus doscientos entrerrianos hambrientos, heridos – tropa heroica y fantasmal -, procurará internarse en los bosques de Santiago del Estero para regresar, a través del Chaco, al territorio de su República. Pero era su destino no volver a ver sus cuchillas entrerrianas, empenachadas con el verde jugoso de los pastos».

La tragedia de Río Seco. ¿Fue un rescate de amor?

La persecución a cargo de Orrego y Bedoya se hizo continuada e implacable. Leguas y leguas que agotaron los caballos… Finalmente, estuvieron a tiro de pistola… Era el 10 de julio de 1821. El ruido de los disparos rompió la quietud de la tarde cordobesa. Una bala alcanzó a Ramírez, quien cayó en tierra… El brillo de sus ojos se fue apagando lentamente..

Algunas dudas se suscitaron después, sobre el lugar exacto en que se produjo la tragedia. Pero no fue ésta la única discrepancia. Las particulares características de la muerte de Ramírez, aureolaron el hecho con ribetes de leyenda. Así, desde la época de Mitre y López, fue común revestir el episodio con un halo de romanticismo. El Supremo habría muerto al acudir – como un caballero del medioevo – al rescate de Delfina, su compañera, caída en poder de los perseguidores.

Sin embargo, en los apuntes que Anacleto Medina, ya anciano, habría dictado a su secretario Gerónimo Machado, que fueron publicados en 1895, y sobre cuya autenticidad se discute, no se afirma tal cosa. Es por eso que otros autores – desechando las reticencias con que fueron acogidos los apuntes de Medina – hacen fe de su versión. Escuchémosle: «El día que marchamos sobre el Arroyo Seco nos dirigimos a un paraje llamado San Francisco, donde campamos y allí amanecimos. Era éste un valle, entre un palmar y una cañada. Cuando el día, salió de entre el palmar una fuerte guerrilla, con un escuadrón de protección, por el lado donde yo estaba. Inmediatamente pasé el parte al general, que estaba como a veinte cuadras de distancia con la poca gente que tenía; cuando estas guerrillas salieron del palmar, se vinieron sobre la vanguardia a mis órdenes, cuyo número no alcanzaba al completo de un escuadrón; las cargué, derrotando las guerrillas y arrollando la protección. En ese momento salieron entre los palmares dos fuertes divisiones, las cuales se interpusieron y me cortaron de modo que me impidieron la incorporación con el general. Estas fuerzas se fueron sobre él, mientras que tres escuadrones se vinieron sobre mí y empezaron a perseguirme; pero yo siempre logré sostenerme en retirada, sin que consiguiesen deshacerme, cruzando un algarrobal cuando ya no me quedaban sino cincuenta y tantos hombres. Entre tanto, yo no podía saber cual había sido la suerte del general, cuando se me presentó un soldado de su escolta y acercándose a mí me dijo: «Comandante, póngase a la cabeza de la fuerza, que a nuestro general lo han muerto». La persecución sobre mí cesó desde que me interné en el algarrobal. En seguida aparecieron cuatro soldados más de los nuestros, que traían a la mujer que acompañaba al general, a la que habían salvado de entre los enemigos».

Por lo que se puede apreciar a través del relato de Anacleto Medina, Ramírez no le confió la custodia de la Delfina, como reiteradamente se ha afirmado. Es más, continuando su narración de aquellos dramáticos momentos, Medina agregó: «Respecto de lo que se dijo, que la muerte del general Ramírez fue por salvar a la mujer que lo acompañaba, es incierto, porque después de deshecho, cuando se retiraba con seis u ocho hombres buscando su incorporación, lo persiguió una mitad de tiradores al mando del oficial porteño que, siendo su ayudante, le había traicionado pasándose al enemigo».

Al advertir esa circunstancia, Ramírez dijo al puñado de hombres que lo acompañaban: «Volvamos cara y carguemos a ese pícaro traidor que nos viene persiguiendo. Así fue, pero en la carga que les dio, los perseguidores hicieron una descarga, resultando él solo herido, y como a las dos cuadras de distancia cayó del caballo».

Hasta aquí el relato de Medina en la parte que nos interesa. Más allá de su autenticidad y veracidad – que sobre ambas cosas se ha discutida – está claro que él no presenció la muerte de Ramírez ni las circunstancias que la precedieron. Sí pudo saberlo por la narración que le hicieron los pocos hombres que acompañaban a Ramírez y que lograron escapar con la Delfina.

De manera, pues, que resulta muy difícil llegar a reconstituir el cuadro definitivo de aquel suceso acaecido el 10 de julio de 1821. ¿Habrá caído Ramírez por un rescate de amor, digno del mejor historial del romancero? ¿O se enfrentó con el enemigo, en un alarde de coraje criollo, para vengar la traición de que había sido objeto?

Cualquiera sea la respuesta, fue una suerte digna. El bravo caudillo de Entre Ríos cayó peleando frente a un enemigo superior en número, fiel a la bandera y a lo que había sido el objeto de los últimos años de su vida.

Una macabra exposición.

Cortada la cabeza del Supremo, fue enviada al gobernador de Santa Fe, envuelto en un cuero de oveja. El coronel Francisco Bedoya, el mismo día del combate de San Francisco, le escribió al gobernador de Buenos Aires, informándole «que la cabeza del caudillo don Francisco Ramírez ha sido remitida en presente por instancia de los bravos santafecinos al benemérito gobernador de aquella provincia, don Estanislao López».

La bárbara profanación tuvo no menos bárbaro corolario. Estanislao López, apenas recibido el macabro presente, dio la siguiente orden al gobernador delegado de Santa Fe, Ramón Méndez: «la cabeza de Ramírez se servirá pasarla a la Honorable Junta de la Provincia acordando sea colocada en la Iglesia Matriz al frente de la bandera en una jaula de cualquiera metal, costeada con los fondos del Cabildo, embalsamada si se pudiere, o disecada por el cirujano, para perpetua memoria y escarmiento de otros, que en lo sucesivo en los transportes de sus aspiraciones intenten oprimir a los heroicos y libres santafecinos».

La orden fue cumplida de inmediato. El protomédico Manuel Rodríguez se encargó de embalsamar la cabeza de Ramírez, y se conoce el detalle de las operaciones realizadas, así como los honorarios que el cabildo le pagara.

La segunda parte de la disposición de López fue también cumplida, aunque a medias… Colocada la cabeza dentro de una jaula, no pudo ser expuesta en la Iglesia Matriz por la cerrada negativa de su cura párroco, por lo que debió exhibirse bajo las arcadas del cabildo santafecino. Tiempo después, y a instancias del gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez, fue sepultada en el cementerio que existía detrás del convento de los padres mercedarios.

Así se perdía para siempre el rastro físico de quien, en vida, fue vigoroso paladín de la libertad y del derecho de los pueblos a organizar la patria democrática y federativamente.

(fuente: Historia de Concepción del Uruguay de Oscar Urquiza Almandoz – Tomo I)

(Esta nota fue publicada por La Ciudad el 10/7/18)