Corrí. Desesperado corrí.
El pasillo del enorme castillo era largo, muy largo, casi sin fin. Frío, húmedo y hediondo.
El olor a orina era fuerte.
Los murciélagos de tantos que eran, saltaban unos sobre otros. Aterrado continué corriendo,
mi sudor era persistente y de olor agrio, creo que eso los atraía.
El miedo se apoderó de mí, mis piernas pesaban. Me costaba cada vez más avanzar. Mi corazón latía fuerte, cada vez más fuerte, parecía que se me iba a salir del pecho.
Empecé a respirar con dificultad. La vista se me nublaba cada vez más y entre intensos chillidos, gorjeos y silbidos, creí por un momento que iba a enloquecerme.
De pronto me enfrenté con un murciélago gigante, casi de mi tamaño. Tenía los ojos brillosos y despedía mucho olor metálico. Sí, metálico, como de sangre. Por un instante quedé paralizado junto a una de las paredes del largo pasillo.
En un segundo pensé sucedería lo peor.
Comenzó a acercarse hacia mi lentamente, muy lentamente, demasiado lento en su volar, como si en cada aleteo estuviera disfrutando el placer de devorarme.
Lo miré largamente. Luego cerré los ojos con fuerza. Me detuve en mis pensamientos por un instante, lo volví a mirar y volví a cerrar los ojos esta vez, con mucho más fuerza. Sentí dolor y miedo. El miedo del fin.
En este nuevo estado nebulósico de mi mente, de pronto mi emoción de terror cambió hacia un sentimiento de profunda tristeza.
El murciélago gigante estaba siempre en el mismo lugar, como esperándome.
De pronto, una mirada hipnótica comenzó a apoderarse de mi mente.
Lo volví a mirar y me dije mintiéndome: “ya no tengo tanto miedo”. Al fin y al cabo, mi único compañero es él y su gris entorno de olores nauseabundos.
Mil recuerdos de niño se apoderaron de mi alma vieja, arrugada y sin futuro.
De repente en mi entorno todo comenzó a cambiar. Las paredes parecían ayudar al fantasmal paisaje que se dibujaba en mi interior. Estaban húmedas, descascaradas, sin una gota de recuerdo de la última vez que fueron acariciadas por aquella pintura de color durazno.
Ante mi, aparece una lamparita de escasos veinticinco que cuelga desganada en un mísero cable renegrido apenas vestida de luz.
Comienzo a sentir la lluvia que empieza a caer lánguidamente, sin ganas de ser.
Siento un intenso frío que recorre mi cuerpo. Por momentos como contradiciéndome, vuelve a aparecer un sudor agrio de soledad y pequeñas gotas de vida.
Por un momento me resisto a este presente lleno de murciélagos, al murciélago gigante y a mis recuerdos. Pero ellos se resisten a no venir. Llegan con el extraño dolor de haber sido.
Me empujan brutalmente y mi mente busca en un lleno baúl de vida que ya no está.
Todo era normal en mi vida. Hasta la recuerdo con esa cara de soñadora y eterna sonrisa contagiosa de buen humor.
Ya no.
Se fue y me abandonó de golpe dejándome con la que siempre fuera mi compañera incondicional.
Ya no están los murciélagos,ni veo el largo pasillo del viejo castillo.
Sólo queda un etéreo fantasma gris de memoria deshilachada.
Ahora estamos ella y yo. Solos, nuevamente. Como antes. Enfermos de añoranza.
Apenas alcanzo a suspirar un recuerdo de una buena vida que fue. Ya no.
La cama me espera amarillenta de vieja, con su inseparable compañero, el viejo colchón de lana de mi niñez.
He cruzado el portal. Yo estaba seguro de ser. Seguro de mi fortaleza.
Jamás un “porro” podría arrastrarme tan vilmente. Pero lo hizo. Me llevó, me fue
quemando de a poquito. Y yo feliz, sin darme cuenta que moría, que había quedado metido
de cabeza en los treinta de cien de las putas estadísticas.
Probé “la blanca” y nunca más pude alejarme.
Ahora me estoy yendo y veo mi niñez y veo murciélagos y siento fétidos olores y veo largos pasillos de un castillo que no es.
Mi cama herrumbrada y maloliente me llama. Juntos nos despediremos de esta infame vida.
La pared se me acerca y me habla, la despedazada alfombra me pide, la puerta me susurra al oído: una dosis más, sólo una más.
Y lo hice. Y me fui, tan lejos que ya no soy. Ya no estoy más. Mi vida, mi futuro volaron lejos.
Quise gritar y no pude. El sol ya no estaba. La casa estaba fría y vacía. Mi cabeza daba vueltas en el tiovivo de la vida.
Vi que no vi la muerte. Ahí estaba sentada a mi lado. Me abrazó y no quise.
No me avisó y me besó largamente. Conquistó mi corazón y me llevó rapidito.
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