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Escritura artificial

Hay un movimiento ambiguo y como toda ambigüedad, nunca estamos seguros de qué es avance y qué es retroceso. Se puede pensar como un juego: cuando me encuentro me pierdo, cuando me pierdo me encuentro. Entonces, nunca podemos saber dónde estamos. Igual siempre es difícil saber dónde estamos. Todo fluye demasiado rápido, la rutina, el trabajo, los chicos, las actividades, el tiempo de las redes que nos duermen. Entonces, en un momento tenemos que sentarnos a escribir. El editor te recuerda: “Esta semana vas vos”.

Escribir, se sabe, es el acto donde uno no está solo, sin embargo, nadie te acompaña. No lo podés delegar. Hay algo difícil de asir, un temblor, un giro, una mezcla de ideas, un recuerdo, una experiencia que hace que esa escritura sea única. El tipo estaba muy cansado o no había dormido ese día, y le salió eso que escribió; un momento mágico, liminar, entre el sueño y la vigilia; todo tiene otro sentido, nos parece que abrimos una puerta única, es nuestro momento. “Todo ciego tiene derecho a la imaginación”, escribió Saer. Somos ciegos escribiendo, animales con sueño, gente perdida por ahí.

Y tal vez el mayor tesoro que tengamos es, justamente, el vivir siempre un poco entre esa neblina, como los días muy húmedos, se puede ver, pero hasta ahí; el casi ver, el casi saber, sólo estamos en el umbral.

Entregar la escritura a la Inteligencia Artificial es cruzar el umbral. Pero nuestra vista se achica del todo. Delegar es dejar de ver cómo se hacen las cosas. Es más triste que te reemplacen por obsoleto. Se entiende que la rapidez y la eficiencia ganan. Y en algún punto está bien, es económico. Un data entry, un revisor automático, ponele. Pero si escribir es una parte de eso que se puede llamar realización o de las cosas que hacés porque tenés que hacer. Porque lo harías gratis o, peor, perdiendo guita.

 La IA es una suma de probabilidades, de correcciones, es como el manual del manual de las cosas. También roba y copia, como lo hacemos todos, pero el ladrón de pie, como uno, al menos lo disfraza de otras cosas. Es nuestro robo, nuestra intertextualidad 

La delegación automatizada (todavía) se nota. Lo cuenta Irina Sterink en su newsletter Lado B News: “Una cosa es ‘usar IA para escribir’ y otra ‘escribir con IA’”. Y cuenta términos que se usan para descartar contenido automatizado: “El término TL; DR, significa Too Long; Didn’t Read o Demasiado largo, no leas. Pero ahora hay uno nuevo que es AI:DR y funciona de la misma manera pero aplicado al contenido generado por IA”. El problema de la IA es que escribe demasiado bien. No tiene las virtudes del estilo, las urgencias de lo humano. En criollo, no para de hablar.

Una de las grandes falencias de estos modelos a los que todo preguntamos es que les falta la sequedad, lo cortante de las respuestas. Pero no es solo cuando uno “pide” una ayuda o sugerencia a la IA. Algunos estudios ya están demostrando cómo la presencia oculta de la IA condicionan o refuerzan los sesgos humanos. Lo extraordinario es que lo hacen con mecanismos inocentes o que se muestran como solamente técnicos, como el autocompletado. En este mismo texto, ahora que se está escribiendo, la palabra “asir”, que viene de tomar o agarrar, está subrayada en celeste porque el corrector no lo toma y sugiere otra cosa: asimilar. En este sentido, Google es mejor que la IA: buscás “asir” y la palabra aparece con su definición, etc. Leer es siempre un contexto. Por eso no se puede decir cualquier cosa (aunque se pueda decir cualquier cosa).

Cada sugerencia, cada cosa que tomamos como cierta es una deuda cognitiva o un error a futuro. No es que la automatización es “mala”. Todo tiene su uso, se dijo. Si ese texto que nos cuesta tanto, pero que al final, por oficio y obstinación, por esa lectura causal, por parpadear de las cosas, llega, se escribe y decimos “no salió tan mal”; todo ese trabajo es la escritura, todo ese esfuerzo, no su resultado final.

La IA es una suma de probabilidades, de correcciones, es como el manual del manual de las cosas. También roba y copia, como lo hacemos todos, pero el ladrón de pie, como uno, al menos lo disfraza de otras cosas. Es nuestro robo, nuestra intertextualidad. Unimos textos, hilamos las palabras con el paso por esta vida. ¿Qué hizo de su vida? Escribió unas cuantas cosas, no para otros, para él mismo, porque lo necesitaba. El giro personal obvio, nuestros lugares comunes. No podemos muchas cosas más.

 “Todo ciego tiene derecho a la imaginación”, escribió Saer. Somos ciegos escribiendo, animales con sueño, gente perdida por ahí

Cuando murió su padre, Astor Piazzola compuso de un tirón Adiós, NoninoToda escritura tiene una sombra mortal detrás, pero una vida por delante. Los muertos son las músicas que nos quedan, son los libros que releemos, las citas donde estamos solos. Todos sabemos por qué escribimos. No se transmite por el texto. Está en el que lee. Escribimos porque vivimos. San Agustín, decía la filósofa Mónica Cragnolini, se preguntaba por qué escribirle a Dios lo que él ya sabe. La respuesta es contundente: por amor.

Escribir es un acto maravilloso, no sagrado, justamente, algo hecho para ser destruido cada vez que se pueda. Entregarnos a la IA es entregar esa libertad absurda, estúpida, innecesaria e imprudente del ser humano. Ya lo había dicho Freud en El porvenir de una ilusión: “Los argumentos nada pueden contra sus pasiones”. Freud, exactamente, que, sobre todo, era un gran escritor.

(fuente: https://panamarevista.com/)

Colaboración de María Cecilia Negri

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