Por Juan Martín Garay. –
El desmantelamiento del cargadero de YPF no es un ajuste técnico: es la pérdida irreparable de un símbolo que durante décadas marcó la identidad de la ciudad. La sirena que anunciaba el mediodía ya no sonará, y con ella se llevan el empleo, la logística regional y un pedazo de la historia portuaria que ningún informe económico podrá devolver.
El desguace avanza a la vista de todos en el barrio Los Tanques, el corazón portuario de Concepción del Uruguay. Lo que hace meses se presentó desde el gobierno nacional como un «cierre operativo» de 40 puestos de trabajo se ha convertido, ante la vista de los vecinos, en el vaciamiento físico de una infraestructura que fue testigo de más de medio siglo de vida industrial.
Las grúas no desmontan tanques vacíos: desmontan la memoria colectiva. Los camiones no se llevan chatarra: se llevan la posibilidad de abastecimiento rápido que tuvo esta ciudad durante emergencias como el corte del puente Zárate – Brazo Largo. Se llevan el empleo calificado que mantenía en pie a decenas de familias. Y se llevan, sobre todo, el orgullo de ser una ciudad con puerto propio, con industria propia, con historia propia.
*Voces de la ciudad*
Vecinos de distintos puntos de la ciudad comparten su desolación en las redes. Hay quien escribe, con la bronca que no admiten los comunicados oficiales:
«Muy triste. Recuerdo a las 12 en punto del mediodía sonar la sirena. Pueden decirme lo que quieran pero estoy orgullosa que con mi voto no entregue parte de mi país».
Otros vecinos, criados a la sombra de los tanques, agregan con la nostalgia de quien perdió un ritual cotidiano:
«Una pena… me crié a dos cuadras de la planta, con la sirena que sonaba todos los mediodías. Marcaba la pausa, la hora del almuerzo, el respiro en la rutina de todo el barrio».
Esa sirena no era un simple ruido industrial. Era el latido diario de una ciudad entera. Cuando el reloj marcaba las doce y el silbido atravesaba el aire, los trabajadores bajaban herramientas, los chicos sabían que la mañana se acababa y los abuelos ajustaban el reloj sin mirarlo. Era el sonido que ordenaba el tiempo de la comunidad, el hilo invisible que unía a la fábrica con la vida doméstica de cada hogar. Hoy, ese silbido se ha apagado para siempre. Y en su lugar, el rumor de las amoladoras y el golpe seco del metal contra el camión recuerdan que no hay vuelta atrás.
*Lo que realmente se pierde (y lo que no se salva con un informe económico)*
Hablar de «ajuste nacional» para explicar este desguace es, cuanto menos, un ejercicio de cinismo. El cierre de esta planta no le mueve la aguja a la macroeconomía de YPF, no resuelve los déficits de la empresa ni alivia las cuentas del Estado nacional; es una gota ínfima en el balance de una petrolera que mueve millones. Pero esa gota, para Concepción del Uruguay, se convierte en un diluvio de pérdidas irreparables. No se trata únicamente de los 40 puestos de trabajo, sino de la lógica entera que sostenía la operación: la capacidad logística y de almacenamiento que garantizaba autonomía estratégica ante cualquier emergencia vial o fluvial, como el corte del puente Zárate – Brazo Largo, el empleo calificado y arraigado que no se embala en un camión rumbo a Ibicuy, y el símbolo más profundo de todos: esa sirena de los mediodías que era el latido cotidiano que cosía a toda la comunidad en un mismo compás. Cuando arrancan los tanques, arrancan también el orgullo de ser una ciudad con puerto propio, con historia industrial y con futuro energético. Esa es la verdadera pérdida, y no hay número de informe económico que pueda medirla.
*El silencio que queda*
La sirena ya no sonará este mediodía. Tampoco el próximo. Ni nunca más. Pero el silencio que deja no es vacío: está lleno de memoria, de preguntas, de bronca y de orgullo herido.
Esa vecina que dijo con firmeza «estoy orgullosa que con mi voto no entregue parte de mi país» no habla en soledad. Es el eco de una ciudad que, aunque despojada de su planta, no está dispuesta a entregar su dignidad ni su historia.
El hierro del cargadero se oxida en otro puerto. Pero lo que Concepción del Uruguay pierde no se mide en toneladas: se mide en latidos, en recuerdos y en el silencio de un mediodía que ya no será el mismo.
Juan Martín Garay
Abogado y Concejal
Concepción del Uruguay