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El trabajo y la producción en el centro

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Por Juan Martín Garay (*).         –

UNA LECCIÓN QUE LA ARGENTINA SIGUE DEBIENDO

El pasado 1° de mayo se conmemoró un nuevo aniversario del Día Internacional del Trabajo. Más allá de los actos y discursos, la fecha invita a una reflexión que rara vez se asume con la profundidad necesaria: el trabajo es, acaso, la expresión más concreta de la realización humana.

A través del trabajo, las personas procuran su subsistencia y la de quienes están bajo su responsabilidad. Pero, además, el trabajo trae consigo algo decisivo: dignidad. La certeza de que el pan que llega a la mesa es fruto del propio esfuerzo.

Desde el inicio de la vida en comunidad, el ser humano está llamado a trabajar. Eso lo distingue: la capacidad de transformar su entorno y construir sociedad. Pero el trabajo no existe en el vacío. Existe cuando hay producción. Son dos caras de una misma moneda: sin producción no hay trabajo, y sin trabajo no hay producción sostenible. Esta verdad elemental parece haberse extraviado en la Argentina de 2026, entre el ruido político y la urgencia cotidiana.

LAS MEMORIAS QUE NOS FUNDARON

El 1° de mayo no es una fecha simple. En nuestra historia confluyen al menos tres dimensiones que la dirigencia suele pasar por alto.

La primera es la organización nacional. El 1° de mayo de 1851, en Concepción del Uruguay, el General Urquiza lanzó su Pronunciamiento contra Rosas. Fue un acto de soberanía política: la provincia reasumió facultades hasta la reunión de un Congreso Constituyente. Dos años después, el 1° de mayo de 1853, esa voluntad se plasmó en la Constitución Nacional, que fijó las bases republicanas, representativas y federales. Aquellos hombres comprendieron que sin reglas comunes no hay producción posible, y sin producción no hay Nación que perdure.

La segunda es la lucha obrera. El 1° de mayo conmemora a los Mártires de Chicago (1886), que dieron su vida por la jornada de ocho horas. Pero esa historia no nos es ajena ni lejana. En Entre Ríos también hubo sangre obrera. El 1° de mayo de 1921, en Gualeguaychú, un acto de trabajadores fue brutalmente reprimido por una alianza de sectores patronales, fuerzas policiales y grupos parapoliciales vinculados a la llamada Liga Patriótica. El saldo fue trágico: obreros asesinados, entre ellos quienes portaban la bandera roja, y también víctimas civiles, incluso niños.

No fue un episodio aislado, sino parte de un clima de época en el que reclamar derechos laborales podía costar la vida. Aquellos trabajadores —portuarios, rurales, carreros, empleados— no pedían privilegios: exigían condiciones dignas. Esa historia, muchas veces silenciada, confirma que los derechos laborales en la Argentina no fueron una concesión: fueron una conquista. Y como toda conquista, tuvo un costo que no debería olvidarse.

La tercera es el ideario justicialista. El peronismo resignificó el 1° de mayo como la “Fiesta de los Trabajadores”. En 1944, Perón advertía —en línea con la Doctrina Social de la Iglesia— que la confrontación estéril solo destruye valor. No concebía una guerra entre capital y trabajo, sino su articulación. Porque entendía que solo produciendo en armonía se puede distribuir con justicia. Y el 1° de mayo de 1974, en su última aparición pública, dejó un mensaje que aún interpela: organización, unidad y responsabilidad histórica del movimiento obrero.

LO QUE HEMOS DEJADO DE MIRAR

El Justicialismo incorporó en su origen una concepción del trabajo como ordenador social. Sin embargo, vastos sectores de la dirigencia —incluso dentro del propio movimiento— se han apartado de esa matriz. El problema de identidad que atraviesa la Argentina desplazó del centro a la producción y al trabajo. Y esto no ocurrió solo por gobiernos de signo contrario. También por dirigentes que utilizaron al peronismo como vehículo de acceso al poder, pero vaciaron su contenido.

Gobernar, para el Justicialismo, nunca fue administrar la escasez ni consolidar la dependencia, sino promover trabajo y organización. La justicia social no es asistencialismo permanente. No se trata de negar la emergencia: hubo momentos en que la asistencia fue indispensable. El problema es cuando deja de ser un puente y se convierte en destino. Cuando reemplaza al trabajo en lugar de conducir hacia él.

Ahí se erosiona la cultura del esfuerzo y se resiente el núcleo básico de la sociedad: la familia. La Argentina de 2026 exhibe con crudeza esa fractura: la solución estructural del empleo sigue pendiente. Y, como enseñaba Perón, la única verdad es la realidad.

PRODUCIR Y TRABAJAR PARA CRECER

El pueblo trabajador tiene hoy poco para celebrar. Pero el futuro no está clausurado: depende de decisiones políticas concretas. Primero, recuperar la centralidad de la producción. La Argentina no puede sostenerse en la especulación ni en actividades desconectadas de la economía real. Necesita industria, agregado de valor en el agro y desarrollo tecnológico aplicado a la producción. Cada empleo genuino nace de un proyecto productivo.Segundo, poner el trabajo en el centro de las políticas públicas. Cada decisión estatal debería responder una pregunta básica: ¿genera empleo o lo destruye? ¿fortalece la producción nacional o la debilita? Tercero, reconstruir la alianza entre Estado, producción y trabajo. El modelo que permitió movilidad social no fue de confrontación, sino de articulación: inversión privada, trabajo digno y un Estado que ordena, regula y promueve.

Ese equilibrio se quebró. Reconstruirlo es una tarea urgente.

UNA OPCIÓN DE CENTRO PARA EL FUTURO

La Argentina necesita una posición de centro, firme pero racional, que no quede atrapada en extremos estériles.No hay salida ni en la desregulación absoluta que precariza, ni en un Estado que administra pobreza sin generar desarrollo.

El camino es claro, aunque exigente: trabajo digno, producción con valor agregado, Estado inteligente y reglas de juego previsibles. No es una idea nueva. Es la mejor tradición nacional, popular y federal cuando decidió poner a los trabajadores y a los productores en el centro, y no tratarlos como un costo.

EL MAYO ARGENTINO: MEMORIA Y COMPROMISO

El 1° de mayo pasó, pero sus preguntas permanecen. La Constitución sigue vigente. El artículo 14 bis sigue siendo una promesa en este contexto actual. Y el mensaje de Perón, en su último mayo, sigue esperando ser asumido.La dignidad del trabajo no se declama: se construye todos los días, con decisiones políticas que ordenen la economía en torno a la producción.

La Argentina sigue debiendo esa lección. Porque sin producción no hay trabajo. Y sin trabajo no hay comunidad posible. Ojalá que algún próximo 1° de mayo nos encuentre celebrando razones concretas: fábricas en marcha, campos produciendo, talleres abiertos y trabajadores con dignidad. El trabajo y la producción nuevamente en el centro.

(*) Abogado y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.

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