Los indígenas que habitaron la pampa argentina, no se diferenciaron mayormente en este tema. Razones de geografía y de clima (fauna, flora y cosmovisión) los unificaba en la cocina, y sus formas de vida, generalmente (semi) nómade, les confería una cierta uniformidad en el menú.
Popularmente, cuando falta aquello a lo que se está habituado, se pasa sin dificultades a los sucedáneos y cuando éstos faltan, se come lo que hay y sin distingos. A tal criterio responde el verso de que «TODO BICHO QUE CAMINA VA A PARAR AL ASADOR» y Martín Fierro, que conocía el desierto en la sufrida vida del fortín, sabía que se podía -como en todos los lugares del mundo- comer hasta lo insólito… …EL GUANACO, fue siempre el plato de resistencia, que no cansaba el paladar y del que se aprovechaba todo, desde el cuero hasta la última entraña. Tiene carne flaca, de color rosado, muy seca y de sabor agradable. Se la comía fresca o se la charqueaba como reserva del camino, pero casi siempre se la mezclaba con grasa de avestruz. Se mataba al guanaco cuando había ánimo de permanecer en un lugar una larga temporada y se lo cazaba igual que al avestruz, persiguiéndolo a caballo o boleándolo.