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ALQUIMISTAS 222 – Ficciones y arte en días de pandemia 29:  Casa cerrada

Casa cerrada

Hacía más de diez años que Úrsula no atravesaba el portón de hierro de esa casa. Pero aún recordaba el chirrido de las bisagras y el esfuerzo que le demandaba hacer girar la llave labrada, más grande que su mano. Nunca había entendido por qué razón eran tan enormes, portón y llave, si a sólo dos metros de las rejas, una puerta de madera que la doblaba en altura, también custodiaba la casa de su madre. Esa obsesión por las cerraduras y las llaves adornadas con florituras era muy propia de Susana, la pintaba como un cuadro.

Cada puerta de la casa paterna, fue ganando con los años cerrojos y candados, y el llavero que su madre lleva colgado de un gancho a la cintura, le valió el mote de Santa Petra, aunque de santa no tenía nada. Absolutamente nada.

Al atravesar el hall de entrada, Úrsula estiró su mano derecha hacia la perilla de la luz del recibidor. Fue un gesto automático. En las milésimas de segundo que el interruptor tardó en liberar la corriente eléctrica y que la luz encendiera las lámparas de la araña de caireles, la invadió el aroma de ese salón que tanto conocía, matizado con humedad y vejez. En ese instante de oscuridad, vio ante sus ojos el antiguo esplendor de aquella estancia, con sus muebles, alfombras, cuadros y adornos. Rozó con sus dedos el tapizado de terciopelo azul de los sillones y poltronas, se deslizó en el piso de parqué siempre reluciente, y bailó frente al espejo de cuerpo entero que era su público en las tardes solitarias de la infancia. Un rayo de sol de otoño le rozó las pestañas al correr la cortina que daba al jardín y los rosales que eran el orgullo de Susana se colaron por el borde del marco. Escuchó el ladrido de Sultán que jugaba en el barro y los gritos de Carmen que lo corría con la escoba, tratando de que volviera al sector empedrado para ponerle el collar. Sonrió al adivinar los escones que la esperaban en la cocina para la merienda y que tan ricos le salían a su tía Marta. Entró de puntitas al gran comedor, engalanado con el adorno de flores de la mesa de caoba. Atravesó el pasillo que llevaba al sector del sur, e ingresó a la habitación que compartía con su hermana Jacinta. La invadió una gran sensación de paz y una tranquilidad como sólo la proximidad de Jacinta lograba en ella. Se sentía en casa, otra vez. Úrsula sonrió.

En ese instante, en que la luz revivió las lámparas de las veintitrés tulipas de la araña del recibidor, la hoja de la puerta de entrada se cerró estrepitosamente, provocando el tintineo de los cristales de las ventanas que rodeaban a Úrsula en la gran casa vacía. Un estremecimiento le recorrió la espalda y le borró como un cachetazo las imágenes atesoradas de su vida en ese lugar, hacía tanto tiempo. De su cuello colgaba el lazo rojo y negro que usaba para las llaves de la moto, pero no quiso agregarle el gran llavero de Susana, el peso era excesivo y además no tenía ninguna intención de pasarse lo que quedaba del día intentando encontrar la llave correcta de cada habitación. Prefería dejar encerrado a cada fantasma en su lugar, y no molestarlos en su pequeño rincón de eternidad.

En cambio, dirigió sus pasos directamente hacia la pared de enfrente, contraria a la puerta cancel, buscó el zócalo de madera debajo de la ventana, y con sus dedos recorrió lentamente el borde superior hasta que encontró la unión entre dos listones. Sacó el cutter que había traído en la mochila y casi sin esfuerzo destrabó el sector que había sido su escondite en la casa. Introdujo la mano y la deslizó todo lo que le permitió el antebrazo. Hizo deslizar con la punta de sus dedos la caja metálica y delgada, la sacó de allí y la sostuvo en la palma de su mano. La recordaba más brillante y soberbia, aunque sólo era un pastillero bañado en oro con incrustaciones de nácar que le había regalado su abuela Lucía antes de morir. Ahora se veía opaco y sin vida.

Ese era el único objeto que Úrsula quiso recuperar de la casona paterna, porque para ella tenía olor a infancia, y le recordaba que la vida solo era la suma de instantes felices, como los que atesoraba de las tardes en la granja de doña Lucía, en Miraflores, antes de que su padre muriera, su madre se desquiciara y se transformara en la Santa de las Llaves. Antes de que Úrsula fuera castigada al destierro eterno por provocar la muerte de Jacinta según los desvaríos de Susana, aunque todos los médicos hubieran coincidido en que la condición de la joven había nacido con ella y la llevaría irremediablemente a la tumba, mucho antes que la cordura de su madre finalmente se perdiera en algún recoveco del tiempo y la obligara a saltar de la terraza del hogar en que tan bien atendida estaba, una mañana hacía dos meses.

Ese pastillero guardaba su único tesoro, y era lo que Úrsula había ido a rescatar del caserón de la calle Laprida esa tarde. Sin mirar atrás, guardó el trofeo en la mochila, se puso el casco, cerró la puerta de madera y luego la reja con la llave gigante de hierro forjado, arrojó el manojo por sobre el tapial del jardín, y se fue sabiendo que al día siguiente la topadora arrasaría el lugar para construir una torre de oficinas.

 

Mariela A. Montefinale.

MARIELA ALEJANDRA MONTEFINALE. Nació en Concepción del Uruguay en 1975. Es profesora de Nivel Inicial y abogada. Reside en su ciudad natal, donde trabaja en la Justicia Federal.   Integra el taller de escritura creativa de  ALQUIMISTAS 222 y se publicaron algunos de sus textos en las dos antologías del taller, Palabras en Juego I y II.  Para seguir indagando sobre técnicas y herramientas a la hora de escribir, participa de talleres y clínicas de escritura on line: Taller literario Zeta coordinado por Maria Emilia Zalba; Atlético de escritura creativa, coordinado por Mariana Mazover;  Acompañamiento de obra de la Plataforma  soyautor.com, coordinado por Enzo Maqueira; Mujeres que escriben, coordinado por Kari Wain.

“Lluvia”. Av. Corrientes, agosto 2015 , 18.11 hs. CABA. Detalles

MARIA PRESAS– Fotógrafa. Artista visual. Se ha formado realizando cursos en el Foto Club de Buenos Aires y más tarde, la carrera de Fotógrafo Profesional en Instituto Superior de Arte Fotográfico -ISAF-. Ha recibido diversos  distinciones y menciones especiales en concursos. También estudió en la Universidad Nacional del Arte -UNA-. Actualmente, en formación en Arteterapia.  

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(Casa cerrada, autora: Mariela Montefinale – ALQUIMISTAS 222 – Ficciones y arte en días de pandemia, selección de Margarita Presas)

 

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