Por Juan Martín Garay
Abogado y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.
La fragmentación social, la crisis de representación y el desafío del peronismo en tiempos de comunicación dispersa dejan una conclusión concreta: la política atraviesa un tiempo paradojal.
Porque nunca hubo tantas herramientas para comunicar y, sin embargo, nunca fue tan difícil construir sentido común. Audiencias fragmentadas, generaciones que no comparten códigos y una ciudadanía crecientemente desconfiada configuran un escenario donde decir ya no garantiza ser escuchado, y comunicar no equivale necesariamente a convencer, o mucho menos a persuadir.
Este contexto no solo interpela a la comunicación política como técnica, sino a la política como proyecto colectivo. Y es allí donde el desafío del peronismo —históricamente articulador de mayorías diversas— se vuelve especialmente complejo.
La sociedad dejó de ser un todo
Uno de los errores más persistentes de la dirigencia peronista es seguir hablando como si existiera un sujeto social homogéneo. La realidad muestra lo contrario: convivimos con múltiples públicos que consumen información distinta, procesan la política desde emociones diferentes y reaccionan de manera casi opuesta frente a los mismos estímulos.
Los más jóvenes se mueven en lenguajes irónicos, visuales, breves y profundamente escépticos de lo institucional. Los adultos activos demandan resultados, gestión y respuestas concretas a problemas cotidianos. Las personas mayores, en cambio, priorizan la estabilidad, la previsibilidad, el respeto por las trayectorias y las instituciones.
No se trata de una tipología académica sofisticada, sino de una constatación empírica: basta recorrer un barrio, una escuela o un centro de jubilados para comprobarlo.
Cuando segmentar deja de unir
El problema no está en reconocer esa diversidad. El problema aparece cuando la política confunde adaptación con fragmentación. Cuando cada sector recibe un mensaje distinto, sin un hilo conductor que los una, la comunicación deja de ser una herramienta de construcción política y se convierte en un ejercicio de marketing emocional.
Aquí surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cómo se sostiene un proyecto colectivo si no hay un relato común que ordene las diferencias? ¿Cómo se construye mayoría si cada público recibe una versión distinta de la realidad?
La comunicación nunca es neutral. No solo informa: produce sentido, legitima valores y define límites. Sin coherencia política, el riesgo es alto: el mensaje puede funcionar en el corto plazo, pero erosionar la identidad en el mediano.
El peronismo frente a su dilema histórico
Para el peronismo, este escenario no es menor. Su fortaleza histórica fue justamente la capacidad de articular sectores sociales diversos bajo una misma idea de comunidad, justicia social y movilidad ascendente.
Hoy, esa virtud enfrenta una tensión inédita: ¿cómo “hablarle” a públicos fragmentados sin renunciar a una identidad común? ¿Cómo usar nuevos lenguajes sin vaciar de contenido a la política? ¿Cómo interpelar emociones sin abandonar convicciones?
Cuando la comunicación se desacopla del proyecto político, el riesgo no es solo perder elecciones, sino perder sentido.
Las tres C: Cercanía, coherencia y comunidad
En ciudades medianas y territorios donde todavía existe un vínculo directo entre representantes y ciudadanía, esta tensión se vive con mayor crudeza. La cercanía obliga a ser coherentes: el mensaje no puede contradecir la práctica cotidiana.
Innovar en comunicación es necesario. Entender a quién se le habla, también. Pero ninguna estrategia comunicacional reemplaza a la coherencia política, a las convicciones claras y a una idea de comunidad que ordene las diferencias.
Porque, en definitiva, no se trata solo de aprender a domar al monstruo de la fragmentación. Se trata de que, en el intento, la política no termine devorada por su propia falta de sentido.
La clave: mejorar la vida de la gente
En definitiva, la comunicación política no puede transformarse en un fin en sí mismo ni en una competencia por “likes”, “me gusta”, tendencias o segmentos. La gente no espera solo mensajes mejor diseñados: espera respuestas, coherencia y una dirigencia que no cambie de discurso según el público que tenga enfrente. Cuando la política se vuelve incomprensible, contradictoria o puramente emocional —como lo que estamos viviendo en este cambio de época—, lo que se rompe no es solo la estrategia comunicacional, sino el vínculo de confianza con la sociedad.
Por eso, el desafío del peronismo no es únicamente aprender nuevos lenguajes, sino volver a hablar desde un proyecto que ponga en el centro a las personas, su trabajo, su futuro y su dignidad. Representar esperanza.
Comunicar mejor es necesario, pero hacerlo con sentido social es imprescindible. Porque, al final, la política no existe para adaptarse al monstruo de la fragmentación, sino para ordenar la realidad, construir comunidad y mejorar concretamente la vida de la gente.