Por Sara Liponezky. –
Compatriotas muy distantes de nuestras vivencias, que tienen naturalizado ese sistema de convivencia y gobierno. Para ellas y ellos no se trata de un valor a alcanzar y creo que tampoco el relato adulto contribuyo a que lo piensen. Hemos sido más enfáticos siempre en la visibililzacion del costo humano (tremendo y necesario destacar) que en el proceso histórico desencadenante. Dato muy relevante para identificar a las fuerzas políticas que tensionaron como el brutal despojo de nuestro patrimonio nacional que provocaron. . En todo caso, siendo muy legitimas la intención y el contenido de aquella predica, los mensajes reiterados y la renovada liturgia cada 24 de marzo, no alcanzaron a conmover – mucho menos involucrar- a las generaciones más jóvenes. En ese sentido la película tuvo una potencialidad formidable: la evidencia de los hechos a través de imágenes y testimonios descarnadamente reales. Un equilibrio de situaciones que se permitió hasta el humor en la tragedia y un desempeño actoral imponente.
Claramente …ha trascendido el territorio de lo estrictamente cinematográfico” En la misma línea de pensamiento, esa adhesión del publico nos generó expectativas, quizás exageradas. Creímos que habiendo calado tan hondo, en la impresión y el sentimiento, podría despertar conciencias. Pero vivimos en un vértigo, un existencialismo feroz (sin pasado ni futuro) una volatilidad sin valores, parece que nada de lo ocurrido ayer tiene sentido hoy y la memoria colectiva es una pieza de museo Poco más de un año después, esa misma franja etaria opto mayoritariamente por una propuesta que niega todo lo expresado en la película y cuestiona la culpabilidad de los genocidas.