Por Fernanda Felice* –
“…los maestros debemos (voy a permitirme esta inclusión hecha desde el amor), debemos traer de regreso la honra de «ser» contra la soberbia de «poseer». Debemos traer de regreso la reflexión y la duda contra la abulia y la irreflexión. Los sueños apasionados contra quimeras hollywoodenses, la luz de la diversidad contra los reflectores de las pasarelas. Debemos preparar a nuestros niños para la pelea del pensamiento, porque la opción es la pelea o la esclavitud”. (Liliana Bodoc 2017)
Desde hace tiempo, diarios, redes sociales y otros medios de comunicación aseguran que “la mayoría de los niños, niñas y adolescentes no saben, no aprenden ni comprenden”, y que su rendimiento académico se encuentra muy por debajo de lo esperable. Como siempre, independientemente de cualquier momento histórico y contexto social, la infancia es acusada de ser culpable de su presente y su destino, eximiendo así a los verdaderos responsables. Sin embargo, como nos recuerda la querida escritora Graciela Montes, las personas adultas somos responsables del bienestar y del malestar de la niñez, porque somos los grandes los que tomamos decisiones y, los que toman decisiones, son siempre responsables.
La crónica de la catástrofe anunciada se confirmó, al mostrar la significativa caída de los resultados de las Pruebas PISA en diferentes países del mundo, nuestra región y Argentina. Conviene recordar que cualquier prueba cuantitativa, estandarizada y aplicada en diferentes poblaciones, que pretende medir procesos vinculados al aprendizaje escolar, merecen, al menos, algunas preguntas. Porque un número o un porcentaje no son más que datos, no alcanzan para explicar las causas o los factores intervinientes ni contribuyen a profundizar en la comprensión de los fenómenos investigados.
Algo similar sucede en el campo de la salud. Por ejemplo, la medición de talla y peso permite conocer el crecimiento infantil, pero ¿es posible medir procesos complejos, como el desarrollo del lenguaje, la expresión y la comprensión verbal, el pensamiento u otros vinculados a la atención y a la memoria? Sin embargo, de un tiempo a esta parte, se insiste con la necesidad de realizar evaluaciones basadas en tests, que exponen resultados expresados en números, para dar cuenta de las posibilidades y dificultades que un sujeto presenta. Cuando eso sucede, es difícil precisar los motivos que ocasionan las dificultades registradas y no consiguen explicar ni interpretar los datos obtenidos ni las causas.
En el mismo sentido, podríamos preguntarnos: ¿es suficiente medir la capacidad para leer, escribir, operar con los números y resolver cálculos matemáticos en niñas, niños y adolescentes, para comprender, para evaluar y analizar los obstáculos registrados en los procesos de enseñanza y aprendizaje, que siempre se encuentran condicionados por la época y el contexto social-familiar-cultural de los/as estudiantes, por los derechos garantizados o negados (antes de ingresar a la escuela), por las intervenciones pedagógicas (que efectivamente acontecen en el aula) y por las políticas públicas que los estados y gobiernos proponen o no, para concretar el derecho a la educación, la alfabetización, la inclusión social y el encuentro con el conocimiento a través de bienes culturales y tecnológicos?
Las Prueba PISA sólo se ocupan de informar datos que, en este caso, muestran un descenso en el “rendimiento académico” de los/as alumnos/as, que habitan diferentes rincones del planeta. Entonces podríamos preguntarnos acerca del impacto de las pantallas, las nuevas tecnologías y la IA en el desarrollo y aprendizaje de las nuevas generaciones. Nuevas modalidades de comunicación, interacción y acceso a la información que, antes que nada y sobre todo, atentan contra el lenguaje, que nos permite comunicarnos y construir lazos con otras personas, expresar lo que sentimos y pensamos, comprender lo que otros intentan decirnos y escuchar otros puntos de vista, resolver conflictos que se nos presentan, pensar, reflexionar, simbolizar, aprender y apropiarnos de nuevos saberes.
Dicho esto, es necesario recordar que, más allá del impacto de las nuevas tecnologías en las infancias y adolescencias actuales, en los procesos de escolarización e instancias de evaluación, sólo se examina al sujeto que aprende, a pesar de que el proceso de enseñanza y aprendizaje requiere de la interacción entre estudiantes, maestros/as y objetos del conocimiento, a partir de las estrategias de intervención docente, las decisiones asumidas por los equipos directivos de las escuelas, el diseño curricular (saberes y experiencias de aprendizaje propuestos) y el calendario escolar (tiempos de aprendizaje) establecidos por los ministerios de Educación, estados y gobiernos de turno.
Además, es importante recordar que leer y escribir son actividades complejas que no pueden reducirse al desciframiento y la copia fiel de las letras impresas en un texto o un pizarrón. Por el contrario, las niñas y los niños ponen en juego sus capacidades cognitivas y lingüísticas, para interpretar y producir las marcas gráficas de la escritura, a pesar de que los planes de alfabetización insistan con reducir a la lengua a escrita a un código de transcripción, que supone que la simple asociación de fonemas y grafemas bastará para que los/as niños/as se alfabeticen. A pesar de esto, diferentes provincias de nuestro país han implementado planes de alfabetización que poco contribuyen a los aprendizajes de las infancias, en especial, a las más desfavorecidas, que habitan la pobreza y que no cuentan con los mismos derechos, al momento de ingresar a la escuela.
Sumado a esto, el gobierno nacional, desde sus políticas de crueldad, desfinancia la educación pública en todos sus niveles educativos (no valora el trabajo docente, no paga salarios dignos, no invierte en infraestructura, bienes tecnológicos y culturales imprescindibles, como libros, literatura y computadoras para docentes y estudiantes), no cumple la ley de financiamiento universitario ni la ley de emergencia en discapacidad y, como si esto esto fuera poco, propone el proyecto de ley de libertad educativa, que atenta contra el derecho a la educación.
Ante los resultados anunciados por las Prueba PISA, a los gobiernos de turno y ministerios de Educación, les recordamos que:
– En la Agenda 2030, la UNESCO propone garantizar la educación inclusiva y equitativa de calidad, destacando que, para realizar las transformaciones requeridas en materia de educación, no podrán hacerse efectivas si no son acompañadas de un aumento significativo del financiamiento, en particular, de aquellos países que se encuentran más lejos de alcanzar la educación de calidad pretendida para todos/as los/as estudiantes y en todos los niveles educativos. Es por ello que sugiere que los gobiernos y estados realicen inversiones superiores y destinen un mayor porcentaje del Producto Bruto Interno (PBI), con el propósito de garantizar la educación de las nuevas generaciones.
– “La escritura debería poseer un cierto significado para los niños, debería despertar en ellos una inquietud intrínseca y ser incorporada a una tarea importante y básica para la vida. Sólo entonces podremos estar seguros de que se desarrollará no como una habilidad que se ejecuta con las manos sino como una forma de lenguaje realmente nueva y compleja”. (Vigotsky 2017)
– “Hay una secuencia necesaria de pasos para alcanzar ciertas nociones. Hay un tiempo necesario para que esta construcción se realice. Si actuamos ignorando tanto la secuencia como el tiempo necesario, estaremos impidiendo el desarrollo normal, estaremos generando incomprensión y desajustes, memorización sin razonamiento, reglas convencionales en lugar de normas necesarias, aceptación por criterio de autoridad y no por propia convicción, en una palabra, trastornos del aprendizaje”. (Ferreiro 1975).
Es urgente que se implementen políticas educativas que generen reales transformaciones en los procesos de escolarización; que se propicien espacios de formación docente, que no pretendan convertir a los/as maestros/as en técnicos/as o aplicadores de métodos para alfabetizar y enseñar; que los diferentes actores implicados en la educación no contribuyan a engrosar las estadísticas del “fracaso escolar” (siempre vinculado a los sujetos del aprendizaje) y al fenómeno de la patologización de las infancias, que atenta contra el derecho a aprender de niñas, niños y adolescentes.
Es imprescindible que dejemos de buscar la solución a los obstáculos registrados en los procesos de escolarización, por fuera del contexto político, institucional y pedagógico donde se generan efectivamente las condiciones de enseñanza necesarias para promover los procesos de aprendizaje de las infancias. De lo contrario, Emilia Ferreiro seguirá teniendo razón: “Así vamos de un compromiso previo incumplido hacia el siguiente, sin hacernos cargo de nuestra propia historia de fracasos…” Fracasos, que suelen adjudicarse a los sujetos que aprenden, mientras que quienes son responsables de tomar decisiones, para concretar las transformaciones educativas necesarias, hacer efectivos los derechos enunciados en las normativas vigentes y promover los procesos de enseñanza y aprendizaje, que requieren los/as maestros/as y niños/as de estos tiempos, continúan sentenciando el destino de docentes y estudiantes detrás de un escritorio, lejos de quienes enseñan y aprenden, lejos de las escuelas y las aulas.
*Doctora en educación
(fuente: redacción rosario)
Colaboración de Graciela Guerrero