Todo empezó a partir de los datos de la encuesta Nacional del Gasto de los Hogares, cuenta la periodista Silvia Naishtat. Esa información, reunida por el Indec, permitió a dos profesores de nutrición de la Universidad Nacional de Entre Ríos, Sergio Britos y Mariana Albornoz, miembros del Cepea (Centro de Estudios sobre Políticas y Economía de la Alimentación), analizar cómo nos alimentamos en Argentina.
“Solo el 11% de la población tiene una buena calidad de dieta, 39% baja calidad y el resto, 50%, intermedia”, sostienen Britos y Albornoz. De acuerdo a la investigación, la dieta se organiza en base a consumos muy bajos de alimentos frescos y saludables, escasa diversidad en las elecciones alimentarias (no más de 40 alimentos son responsables del 80% del consumo) y un marcado exceso en harinas, panificados y cereales comunes; en particular en hogares de bajos ingresos.
El trabajo destaca que hay un consumo elevado de alimentos ocasionales, especialmente los que aportan exceso de azúcares agregados (por la industria y en el ámbito doméstico) como bebidas e infusiones azucaradas. “El principal desafío pasa por aumentar el consumo de hortalizas, frutas, legumbres y lácteos”.
Aquí otros datos relevantes:
• Más del 90% de los hogares no consume las cantidades recomendadas de hortalizas, frutas, legumbres y granos o cereales de calidad y lácteos. Menos del 2% logra combinar de manera simultánea las cantidades recomendadas de los mejores alimentos (hortalizas, frutas, legumbres y granos o cereales de calidad, lácteos y carnes y huevos).
• La base de la dieta promedio son harinas, pan y pastas de trigo común, papa y carnes, con mayor densidad calórica comparada con verduras, frutas o lácteos.
• Del universo de alimentos sólidos, no más de 40 productos concentran entre 75 y 80% del consumo calórico o físico. Son papa, pan, leche líquida, seis o siete tipos de carnes, siete verduras (cebolla, tomate, zapallo, zanahoria, lechuga, zapallitos, acelga), azúcar, cinco frutas (banana, naranja, manzana, mandarina y limón), arroz y fideos comunes, harina de trigo, yogur, huevos, embutidos, aceite, yerba, dos variedades de quesos (cuartirolo y semiduro en fetas), galletitas dulces, facturas, galletitas saladas y pan envasado. En el conjunto también se destacan las empanadas, tartas y pizza y las milanesas compradas ya rebozadas para cocinar.
• Los alimentos ultraprocesados representan el 23% de la energía total ingerida. El consumo de estos alimentos es más característico de hogares de ingresos medios y altos y del área metropolitana. El principal componente negativo en la calidad de la dieta es el aporte de azúcar, en bebidas, en infusiones (especialmente mate) y en galletitas dulces.
• En los hogares más pobres los principales desequilibrios dietarios son por el muy bajo consumo de alimentos saludables y el exceso en harinas, pan, pastas y papas.
Para Britos y Albornoz, “el desafío principal de las políticas radica en cómo aumentar los consumos de verduras, frutas, legumbres o lácteos y moderar el exceso en los aportes de harinas, panificados y fuentes diversas de hidratos de carbono de alto impacto glucémico”. En EE.UU. Michele Obama lanzó en 2010 la campaña Let‘s Move” (Movámonos), para la alimentación saludable. Y logró una ley que hizo más nutritivos los almuerzos escolares, redujo grasas saturadas, el sodio y los azúcares añadidos. Let’s Move.