Por Marilí Flores –
«San José es vuestra casa» reza un cartel colgado en la estancia de Urquiza, en Entre ríos. Apacible y bucólica mañana de abril. Sus oídos puestos en murmullos de vientos que traían ecos desde Concepción del Uruguay.
Rumores voceadores de complot. En el patio las niñas se acicalaban al sol, mientras el maestro Leist, corrige el solfeo de Justa. Alrededor trajinan en sus tareas domésticas Doña Dolores y la negra Odila. La fiel servidora pregunta. ¿Cuál mantel me pidió ña’ Dolores?. El blanco Odila, el mantel del Presidente Sarmiento-indica su ama-.
Justa dice a su hermana que el mantel ha sido bautizado así para siempre. Dolores le explica que es por la gran fiesta que en su honor organizara Tata Justo. Y que resonara en todo el país. En tono bajito y mirando por el rabillo del ojo, le cuenta que en todo Concepción del Uruguay lo criticaron. ¡Y cómo! –contesta Justa- dicen que Sarmiento se llevó el poder de Tatita en su valija, me lo contó el cura Pérez que tiene la oreja en todas partes.
El maestro Leist chista asustado, mientras Odila entregándole un mate y sin que nadie le de vela en ese entierro dice: ¡Yo no se nada, yo no se nada!
Doña Dolores, adustamente acota que no deben hablar mal del cura Pérez porque sino no ganarán indulgencias por mas que Tata Justo haga tanta obra.
En un aparte del verde entrerriano López Jordán y Mariano Querencio hablan en su comando revolucionario. Tienen los gestos de los ímpetus y las pasiones. Sobre la mesa de discusión se tiran formas y métodos que van desde la razón y la prudencia hasta la lucha abierta y la violencia.
En el palacio, Urquiza se acerca al maestro, comentándole como ha crecido Entre Ríos a diez años de sancionada su Constitución. –»El artículo 46 la hará tierra de hombres libres y fuertes» –dice-. Leist, expresa reverente: -La misión de gobernar tiene ingratitudes, pero nadie hará de hacerle sombra a UD en lo que a Educación, Comercio, Comunicaciones y Cultura se refiere.
Henchido de orgullo el General, apunta que el Colegio del Uruguay se levanta como faro, para marcar caminos de bien, porque de él saldrán hombres que marcarán destinos de esta Nación…»¡El Colegio del Uruguay es mi heredero!», sentencia.
El cura Pérez le recuerda que el paso del tiempo desgasta las memorias y alimenta las ingratitudes…
¡Digamos pues como Mitre! -acota Leist- » El General Urquiza es libertador de un pueblo y fundador de una confederación»…¡Vaya si me costó! –replica el hombre- y Leist pregunta si no será mejor el campo de batalla que el de la política.
¡No hombre por Dios!. Explica Don Justo que nada hay como la paz , la unidad nacional y una sabia constitución que nos rija. ¡Que siempre nos mande la ley y no la fuerza!, ordena como cruzándole una premonición en la frente, piensa en voz alta: aunque en ello vaya la vida…¡Vaya si lo vale!
En Arroyo Grande la orden de López Jordán a su partida, es la de traer al hombre a su presencia para que renuncie. Respeten familia, gentes y bienes como valores sagrados, les inculca. Parten y son hombres de fiereza que inician el galope por esos caminos polvorientos, mientras el sol resbala tibión por esas espaldas con levitas, donde el aire definitorio de la brisa entrerriana, roza como la seda esos rostros barbados y curtidos.
Tomás Luengo comanda la tropa, conocedora palmo a palmo, de horarios, hombres y puestos de la guardia urquiciana. Va Nicomedes Coronel, uruguayo recio, de mirada profunda, que guarda en sus retinas las imágenes fotográficas, de las luchas federales al mando de Urquiza.
Las horas empujan la llegada del atardecer palaciego. Dolores y las niñas vestidas de linones y tafetán, escuchan a Justa interpretar a Schuber en ese piano regalado por su Tata traído desde París, mientras el General recorre la realidad entrerriana en el periódico de la zona, sentado en la sala contigua.
En el patio francés el maestro y el cura disfrutan los trinos de las aves de todos los puntos del planeta que habitan la enorme y artística pajarera, mientras la fuente canta desde sus chorros, notas de cascadas, en ese anochecer de luna llena en San José.
Carlos Anderson da las últimas órdenes en los puestos de seguridad de ese feudo.
Irrumpe, de pronto, un ruido de tropel y gritería que interrumpe la paz bucólica, cuando las sombras venían cerrando. El General corre hacia el patio preguntando «¿Troperos?¿hoy troperos? ¡Baltoré, Baltoré! –llama a su secretario- y contando ya con la seguridad del rumor de los días previos grita «¡Viene a matarme!¡Vienen a matarme!». Pide su rifle a su mujer y esta se lo alcanza. Las niñas han salido al patio, al verlas ordena «¡Adentro las mujeres! ¡Las mujeres adentro!, pero no obedecen.
Ha llegado la partida de Arroyo Grande, una voz de trueno retumba en las gargantas de las galerías, es la de Nicomedes Coronel, que como grito de guerra o letanía de muerte llena el aire con un ¡Muera el traidor Urquiza! ¡Viva López Jordán!»
Urquiza enfrenta la partida. La niña Justa con esos blasones de fiereza de las mujeres entrerrianas pone un almohadón en la cara de Coronel, suplicándole a su padre «¡Cúbrase Tatita, cúbrase!» quien exclama «¡No se mata así a un hombre adentro de su casa!»
La niña Dolores reta a la partida»¡No maten a mi padre asesinos!», «¡No toquen a mis hijas!» ruega Doña Dolores, ¡No toquen a las niñas forajidos, aquí me tiene a mi!, enfrenta con fidelidad la negra Odila.
El Pardo Luna encañona contra la pared al cura que implora se cumpla ordenes, ¿ordenes de quién, en ese zafarrancho de violencia?. La gritería se silencia por las detonaciones de las armas de Mosqueira y Urquiza, ya ha caído con un balazo en el rostro, en brazos de su hija Dolores quien, calificando implora: «¿Asesinos no nos maten!», mientras Nicomedes Coronel estampa con su puñal cinco sellos de lacre en el cuerpo del General.
La imponente estampa de Álvarez desde arriba dice «No tema niña, este puñal que ha matado a su padre habrá de defenderlas a Ustedes»
La luna es una gran moneda de plata en el cielo nocturno que parece un gran manto de luto. El viento se desliza gimiendo y dos costados cardinales traen sollozos lejanos. Son las aguas del Paraná y del Uruguay que lloran al organizador de la Nación, arrancado trágicamente por la tempestad de las ingratitudes y las pasiones.
Comienzan a encenderse los faroles.
Ha cerrado la noche, en luna llena y tragedia en San José.
El pesado ruido de las ruedas de un carretón, que llega desde Concepción del Uruguay, viene apretando el empedrado como queriendo hacerlo polvo.
Un chirriar de pesadas bisagras de portones, nuevamente, vuelve a oírse nítido ese once de abril.
Por la cocina, unos hombres de la partida preguntan por comida.
Y la comida ya está lista.
MARILÍ FLORES – 1999
(publicado por revista La Ciudad el 11/4/17)