Por Juan Martín Garay (*)
Hay muros que no se construyen con ladrillos. Se levantan con prejuicios, intolerancia, indiferencia y con la incapacidad de reconocer al otro. Son invisibles, pero dividen. Y cuando esos muros se instalan en una sociedad, también empiezan a afectar la calidad de su democracia.
Hay muros que no se ven. No tienen ladrillos, ni puertas, ni ventanas. Se construyen con palabras. Con prejuicios. Con etiquetas. Con indiferencia. Con la convicción de que quienes piensan diferente no tienen nada para decirnos.Son muros invisibles. Y quizás por eso sean más difíciles de derribar.
Vivimos un tiempo de profundas transformaciones. Las certezas que durante décadas ordenaron nuestra vida política y social parecen haberse debilitado. La tecnología aceleró las conversaciones, pero no necesariamente mejoró nuestros diálogos. Tenemos más información que nunca, pero no siempre mayor capacidad para comprenderla. Podemos comunicarnos con cualquiera, pero muchas veces elegimos hacerlo solamente con quienes piensan como nosotros. La paradoja es evidente:nunca estuvimos tan conectados y, al mismo tiempo, tan separados.
CUANDO EL OTRO DEJA DE SER UN ADVERSARIO
La democracia necesita diferencias. Una sociedad democrática no puede aspirar a que todos pensemos igual. El conflicto de ideas es parte de la política y la diversidad de opiniones es una condición de la libertad.
El problema comienza cuando dejamos de reconocer al otro como un adversario legítimo y comenzamos a verlo como un enemigo. Cuando el que piensa distinto deja de ser alguien con quien discutir y pasa a convertirse en alguien al que hay que excluir.
Cuando ya no alcanza con defender una idea y necesitamos destruir la del otro. Cuando la política deja de ser una disputa entre proyectos y se transforma en una disputa sobre quién tiene derecho a formar parte de la comunidad. Ahí aparece el muro.
Y cada vez que lo levantamos un poco más, la democracia pierde un espacio de encuentro. Porque la democracia no consiste solamente en votar. También consiste en convivir con quienes no votan como nosotros.
EL MURO MÁS PELIGROSO
Pero existe hoy otro muro que merece nuestra atención.Es el que empieza a construirse entre la sociedad y la política.
Los datos son una señal de alerta. Un informe reciente de PULSAR-UBA muestra que el 42% de los argentinos no se identifica actualmente con ningún espacio político y que el 63% manifiesta poco o ningún interés por la política. El mismo estudio registra niveles elevados de desconfianza interpersonal y una baja participación en organizaciones políticas, sociales y comunitarias.
No se trata solamente de un problema de los partidos.Tampoco de un problema de los dirigentes. Es un problema democrático. Porque cuando una sociedad empieza a sentir que la política no tiene nada que ver con su vida cotidiana, el resultado no es la desaparición de la política. Es su vaciamiento.
Y una democracia vaciada de participación queda cada vez más expuesta a la lógica de los extremos, de la simplificación y de la confrontación permanente. Por eso la política tiene una responsabilidad. Pero también la tenemos como sociedad.
No podemos reclamar diálogo mientras solamente estamos dispuestos a escuchar a quienes piensan igual.No podemos pedir instituciones fuertes mientras renunciamos a participar de ellas. No podemos exigir que la política nos represente si abandonamos todos los espacios donde esa representación se construye.
LA ALTERIDAD COMO NECESIDAD POLÍTICA
Hay una palabra que adquiere especial importancia en este contexto: alteridad. Reconocer al otro. No significa compartir su pensamiento. No significa abandonar nuestras convicciones. Significa algo mucho más elemental: aceptar que el otro también tiene derecho a existir políticamente.
A tener una voz. A defender una idea. A equivocarse. A cambiar. A persuadir. Y también a ser escuchado. La alteridad es, en definitiva, una forma de ponerle límites a la intolerancia.
Porque cuando dejamos de reconocer al otro, la discusión política se convierte rápidamente en una disputa moral: nosotros somos los buenos y ellos son los malos. Y desde allí cualquier cosa parece justificable. La historia demuestra adónde pueden conducir esas lógicas.Por eso una democracia madura no necesita menos diferencias. Necesita mejores formas de procesarlas.
LA AMISTAD SOCIAL
En este punto aparece una idea que resulta especialmente necesaria: la amistad social. No se trata de negar los conflictos. No se trata de construir una sociedad artificialmente homogénea. Tampoco de pedir que todos pensemos igual.
La amistad social consiste en reconocer que, aun cuando tenemos profundas diferencias, seguimos formando parte de una misma comunidad. Que el otro no deja de ser nuestro vecino porque piensa diferente. Que quien votó otra opción sigue siendo parte de nuestra ciudad. Que quien tiene otra mirada sobre el país no deja por eso de compartir con nosotros un destino común.
La amistad social es, en ese sentido, el cemento de la convivencia democrática. Y recuperar ese vínculo exige una política de cercanía. Una política capaz de volver a encontrarse con la gente allí donde están sus problemas concretos.
LA CERCANÍA COMO RESPUESTA
La cercanía no es solamente una característica del gobierno municipal. Es una forma de hacer política. En una ciudad, el poder público tiene rostro. El funcionario puede ser encontrado. El concejal puede ser interpelado. El vecino puede reclamar. La comunidad puede participar.
Esa proximidad es una enorme oportunidad. Porque la confianza no se construye desde las redes sociales ni desde los discursos. Se construye estando. Escuchando.Dando respuestas. Reconociendo los errores. Explicando las decisiones. Y, sobre todo, mirando al otro a los ojos.
Cuando la política se aleja del territorio, los muros crecen. Cuando vuelve a caminar el territorio, algunos empiezan a caer.
NO HAY DEMOCRACIA SIN CONFIANZA
La confianza tampoco puede ser una consigna. Se construye lentamente y se destruye rápidamente.Necesita transparencia, porque nadie confía en aquello que no puede conocer. Necesita participación, porque nadie siente como propio aquello sobre lo que nunca pudo opinar. Necesita cercanía, porque difícilmente pueda existir confianza donde solamente hay distancia. Y necesita coherencia, porque las palabras pueden convencer una vez, pero son las conductas las que construyen una relación duradera.
Por eso recuperar la confianza en la política no significa simplemente mejorar la comunicación. Significa mejorar la relación entre el Estado y la sociedad. Significa que el ciudadano deje de ser considerado solamente un elector para volver a ser entendido como protagonista.
DERRIBAR, NO LEVANTAR
Quizás el desafío político de este tiempo sea mucho más sencillo de formular que de llevar adelante: tenemos que dejar de construir muros. Muros entre generaciones.Entre barrios. Entre quienes tienen y quienes no tienen.Entre quienes piensan de una manera y quienes piensan de otra. Entre la política y la sociedad. Entre el Estado y los ciudadanos.
La política tiene una responsabilidad enorme en esa tarea. Pero no puede hacerlo sola. Una comunidad también se construye con la disposición de cada uno a salir de su propia trinchera. A escuchar. A conversar. A reconocer. A participar. A entender que la diferencia no necesariamente nos separa. Puede también enriquecernos. La ciudad no es una construcción individual. Es una construcción colectiva.
Y ninguna comunidad puede construir un futuro si sus integrantes dejan de reconocerse como parte de un mismo nosotros. Los muros invisibles no caen de un día para otro. Pero empiezan a caer cada vez que alguien decide no levantar otro.
Porque una sociedad verdaderamente democrática no es aquella en la que todos piensan igual. Es aquella en la que quienes piensan diferente todavía son capaces de encontrarse.
(*) Abogado, Profesor de Enseñanza Superior y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.