El odio irracional del antiperonismo se cernió brutalmente sobre el cadáver de Eva Perón y su memoria, y los tiranos que asaltaron el poder el 16 de septiembre de 1955 rápidamente lo hicieron blanco de su revanchismo.
Tras el asalto al Estado, durante el breve gobierno del general Lonardi, fue designado “interventor” de la CGT el coronel Manuel Raimundes. Éste se hizo cargo del edificio de Azopardo 802, donde se encontraba ubicado en el segundo piso el cadáver de María Eva Duarte de Perón. Por su aspecto marmóreo, los golpistas dudaron que fuese el cuerpo de Evita, pese a la certificación del doctor Pedro Ara, autor del embalsamamiento de los restos mortales, y sospecharon que se podría haber “sustituido”. Se nombró entonces una comisión de médicos legistas encabezada por el médico radical Nerio Rojas, reconocido por su gorilismo militante.
La “Comisión Técnica”, pudiendo limitarse a sacar radiografías que verificaran la existencia de los órganos y su condición humana, optó con ensañamiento proceder a mutilar el cadáver, amputándole el dedo anular, que nunca más sería repuesto. Así fue “verificado” el tejido humano y luego probado radiográficamente que se trataba del cuerpo de la difunta líder.
Sustituido Lonardi por el general Pedro Eugenio Aramburu el 13 de noviembre de 1955, fue designado Jefe del Servicio de Informaciones del Ejército el coronel Carlos Eugenio de Moori-Koenig, haciéndose cargo de la custodia de los restos mortales de Eva Perón.
Para el 22 de diciembre del mismo año, aquel dispuso secretamente el retiro del cadáver en un camión conducido por el capitán del Ejército Rodolfo Tráscoli. Fue llevado primeramente al Regimiento I de Infantería de Marina. Al día siguiente se trasladó el féretro a una casa de Belgrano, luego a una casa de un oficial militar en Saavedra y finalmente al edificio de la SIE (Servicio de Inteligencia del Ejército), donde es ocultado entre cajones del cuarto piso.
Moori-Koenig desarrolla una perversa y patológica relación con el cadáver, se siente su “dueño” y concluye “enamorándose” de la imagen de la mujer que odiaba. Termina ocultando a sus superiores el lugar de ubicación del féretro y finalmente es separado del cargo y trasladado detenido a Comodoro Rivadavia.
Su reemplazante, el coronel Mario Cabanillas, descubre el cadáver y comunica su hallazgo en forma oficial. Fue entonces trasladado aparentemente en modo temporal al edificio de la SIDE (Servicio de Inteligencia del Estado).
Allí se perdió el rastro y destino final de los restos de Evita para ese entonces. El lugar donde se ocultó el cuerpo secuestrado fue el secreto mejor guardado durante más de quince años. Las especulaciones fueron de todo tipo: desde que había sido destruido mediante su incineración o arrojado al Río de la Plata, hasta que había sido enterrado en un convento en Roma, en Varsovia, en la Isla Martín García o en Campo de Mayo.
Un pacto de silencio entre la cúpula militar apátrida impidió saber cuál había sido su suerte. El General Perón y el Movimiento Justicialista reclamaron de forma permanente su devolución. Ya desde Panamá en 1955, mediante telegrama, Perón exigió le fuera entregado a Elsa Chamorro, presidenta de la primera Comisión Pro Recuperación de los Restos de Eva Perón.
Desde entonces no cesaría en sus reclamos. Pese a que el decreto-ley 4161 de 1956 (vigente hasta 1964) prohibió la sola mención de Perón o Eva Perón y de todo aquello que hiciera referencia al Peronismo, desde un primer momento el Movimiento convirtió el reclamo por la aparición de los restos de Evita en bandera de lucha de la Resistencia.
Fue exigencia firme e indeclinable de los pronunciamientos sindicales y del Movimiento Obrero.
La Juventud Peronista también alentó en sus distintos nucleamientos el recuerdo y homenaje a Eva Perón, convirtiendo en una prioridad la aparición de su cuerpo.
En 1963, un comando juvenil bajo la dirección de Osvaldo Agosto (quien luego sería estrecho colaborador del legendario José Rucci), se apropió del Sable del General San Martín, exigiendo a cambio la devolución de los restos mortales. Debió pasar casi una década más hasta que en 1971 el gobierno de facto del general Lanusse, frente a la imposibilidad de pacificar el país y frenar el incontrastable avance del Peronismo organizado, se vio obligado a negociar con el ilustre exiliado en Madrid las condiciones para el restablecimiento de las instituciones democráticas de la Argentina.
La devolución del cadáver de Eva Perón fue una exigencia ineludible. Quienes durante quince años negaron conocer el paradero del mismo, finalmente procedieron a reintegrarlo, trasladándolo a Madrid desde un cementerio de Milán (Italia), donde había permanecido enterrado con nombre supuesto.
En efecto, en 1957 una misión militar absolutamente secreta dirigida por el mayor de inteligencia Hamilton Díaz había sido la encargada de llevar el cuerpo a Europa, acompañada por un sacerdote que intermedió ante religiosos italianos para su entierro.
Así fue como se sepultó bajo el falso nombre de “María Maggi de Magistris”, una italiana viuda emigrada a la Argentina cinco años antes, en el campo 86, jardín H1 del Cementerio Mayor de Milán. Allí había permanecido, en una tumba sin cuidado ni atención, hasta el 2 de septiembre de 1971.
El dato fue guardado en un sobre cerrado y entregado por el dictador Aramburu a un escribano público, con la indicación de hacerlo llegar después de su muerte a quien fuera Presidente de la República. Así fue como Alejandro Agustín Lanusse entró en posesión del dato y se resolvió hacer llegar la fundamental exigencia al General Perón.
El embajador argentino en España, brigadier Rojas Silveyra, y el coronel Cabanillas, fueron los encargados de entregar el insigne cuerpo a Juan Domingo Perón en su casa de Puerta de Hierro, Madrid. Al contemplar el cuerpo y sus mutilaciones, el General exclamó: “¡qué atorrantes!”, desgarrado por el dolor y puesto a llorar de espaldas a los nombrados. Si bien luego guardó pudoroso silencio sobre el estado en que le fueron devueltos los restos, finalmente trascendió la terrible demencia del gorilismo, mucho mayor que la que imaginaba.
Blanca y Erminda Duarte, quienes habían viajado a Madrid para ver el cuerpo de su hermana, en el año 1985, en respuesta a un artículo periodístico, publicaron un comunicado que decía: “Nuestra intención no es revisar antiguas heridas que nos siguen haciendo sufrir. Pero no podemos ni debemos permitir que la historia sea desnaturalizada. Por eso damos testimonio aquí de los brutales tratos infligidos a los despojos mortales de nuestra amada hermana Evita: -Varios cuchillazos en la sien y cuatro en la frente. -Un gran tajo en la mejilla y otro en el brazo, al nivel del húmero.
-La nariz completamente hundida, con fractura de tabique nasal.
-El cuello prácticamente seccionado.
-Un dedo de la mano, cortado.
-Las rótulas, fracturadas.
-El pecho, acuchillado en cuatro lugares.
-La planta de los pies cubierta por una capa de alquitrán.
-La tapa de zinc del ataúd, con marcas de tres perforaciones, sin duda intencionales.
En efecto, el ataúd estaba completamente mojado por dentro, la almohada estaba rota y el aserrín del relleno, pegado a los cabellos.
-El cuerpo había sido recubierto de cal viva y mostraba en algunas partes las quemaduras provocadas por la cal.
-Los cabellos eran como lana mojada.
-El sudario, enmohecido y corroído.”
Finalmente, en 1974 el General Perón dispuso que los restos de Evita regresaran a la Argentina para ser enterrados en una bóveda familiar en el Cementerio de la Recoleta de la Ciudad de Buenos Aires, póstumo deseo cumplido el 17 de noviembre de 1974.
Concluía así el largo y vejatorio periplo de los restos sagrados de la Jefa Espiritual de la Nación, con que sus secuestradores creyeron vanamente poder borrar de la memoria de millones de argentinos los sentimientos de amor y veneración hacia ella.
Historia del Peronismo y la Comunidad Organizada.
(Fuente: Muro de Facebook Resistiendo con Aguante)
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 12/2/2025