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Día Internacional de la Mujer:  Rosita

Por Ariel González Duré.-

Rosa Alul de Eguillor, una vida de vocación y compromiso (1912-2010)

Rosita fue una mujer de fuerte carácter y profunda vocación social, cuya vida estuvo marcada por la educación, la política y el compromiso con su comunidad. Nacida a comienzos del siglo XX en Concepción del Uruguay, de ascendencia Siria, se destacó por su pensamiento claro y su mirada lógica sobre la política y la realidad social.

Antes que nada, Rosa se consideraba maestra. Su vocación por la educación fue el eje de su vida. Sin embargo, debió interrumpir sus estudios cuando una enfermedad afectó a uno de sus hermanos, situación que la llevó a priorizar el acompañamiento y la ayuda a su familia. Con el tiempo retomó su formación y logró recibirse como Maestra Normal Nacional, reafirmando así su compromiso con la enseñanza.

Con los años también se involucró en la vida política. En una época marcada por fuertes divisiones y posiciones firmes —la década del setenta, donde no había grises ni tibiezas en ningún bando— asumió como senadora provincial por el Partido Peronista, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar ese cargo dentro de su espacio político.

Desde ese lugar trabajó activamente por el desarrollo de su ciudad y de la provincia. Acompañó la elaboración del proyecto que daría origen a la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), un paso fundamental para la consolidación del proyecto universitario en la región. También impulsó gestiones vinculadas al fortalecimiento del perfil cultural de la ciudad y mantuvo siempre una profunda vocación social: muchas veces atendía a vecinos y ciudadanos en su propio domicilio, escuchando inquietudes y buscando soluciones.

Entre sus gestiones se recuerda la concreción de una permuta de terrenos que permitió la ampliación y ejecución del edificio que ocuparían los Tribunales provinciales, un hecho importante para la organización institucional de la ciudad.

Conoció al presidente Juan Domingo Perón en una de sus gestiones en defensa de sus compañeros desde su labor en la docencia. Aquella tarde, quienes la acompañaban le dijeron: “Rosita, pida para que veamos al presidente, para conocerlo”.
Entonces tomó la iniciativa y se dirigió a su secretario, José López Rega, conocido como “El Brujo”, quien era el filtro para poder verlo. Gracias a esa gestión finalmente logró conocer al presidente.

Con el paso del tiempo, Rosa perdió la vista a los 80 años. Aun así, continuó manteniendo su lucidez y su interés por la vida pública, aunque hacía varios años que prácticamente no salía de su casa.

Su trayectoria fue reconocida con una distinción otorgada por la Honorable Cámara de Diputados de la Nación. En Concepción del Uruguay, su recuerdo también quedó grabado en el mapa de la ciudad: una calle de la zona de 29 del Oeste Sur lleva su nombre.

En una ocasión presentó su libro en el salón del Rectorado de la Universidad Nacional de Entre Ríos, acompañada por familiares, amigos y allegados. La sala estaba colmada, pero esa noche solo asistió un político. Paradójicamente, muchos años después, casi nadie la consultaba en ese ámbito, aunque sí solía visitarla su amigo Justino Barcos, con quien mantenía largas charlas.

Ya en sus últimos años, después de mucho tiempo sin votar, pidió hacerlo una vez más. Fue acompañada hasta la escuela Juan José Viamonte en una tarde gris. Le acercaron la urna y su acompañante le entregó la boleta. Rosita la introdujo con cuidado y, tras hacerlo, preguntó con sencillez y emoción:

—“¿Pusimos bien el voto?”

Ese gesto final reflejó lo que había sido toda su vida: una mujer comprometida con la democracia, con su ciudad y con la responsabilidad cívica.

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