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Crónicas de mi barrio: La Cruz de Bartolo

Por Pablo Stein      –        
Es larga mi calle y recorrerla trae nostalgias.
En sus inicios, enredaderas que trepan por las paredes de casas viejas.
En sus tramos finales, las flores amarillas de los espinillos robados al campo para que crezca la ciudad.
Y en el medio de esa larga calle: Mi barrio.
Con sus obreros que ganaban sueldos que hoy serian envidia y que les permitían navidades, fines de año, reyes que no son más que recuerdos.
En mi niñez, los domingos de luna llena eran los ideales para ese “Domingo siete” que recordaba el exilio de Perón y que tanto odiaban los vecinos “radichas” que, si bien eran pocos, se hacían notar corriéndonos a escobazos.
Y luego venían los carnavales y nuestra venganza mojando descaradamente a sus hijas. En realidad, esas niñas hubiesen estado encantadas de jugar con nosotros.
Y en ese barrio nació y creció Don Bartolo, un vecino que se había ganado el respeto de todos.
Era de esos hombres sin edad porque todos decían que siempre había estado en el barrio.
Vivía con tres nietos que le dejó la vida nunca supimos si eran de una hija o de un hijo, tampoco su apellido.
A Don Bartolo jamás se lo escucho proferir un insulto, ni expresar una queja. Eso sí, cada fin de mes, el día de cobro, lo veíamos pasar con una bolsa de harina sobre sus hombros y por lo general con varias copas de más. La harina aseguraba el pan de los nietos si la mensualidad no alcanzaba a cubrir los gastos.
Pero ese 31 de diciembre había llovido en abundancia.
Nuestra calle era de tierra y para colmo con un leve declive en dirección a la vivienda de Bartolo.
Bartolo venía con su bolsa al hombro y una botella de vino tinto semivacía en una mano.
A mitad de la cuadra vacilo, perdió pie y rodo en el barro. La harina caía sobre sus cabellos grises y teñía de blanco el negro de la tierra.
Bartolo se reincorporó a medias y con la botella aun en la mano profirió la única que ja que le escuche en la vida:
“Esta es mi cruz”.

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