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COMIENZA LA SEMANA TRÁGICA (7/1 AL 14/1 DE 1919)

 

Con la súbita represión por cuenta y orden de la propia Policía Federal de la huelga que venían realizando los obreros de los talleres Vasena en reclamo de la reducción de la jornada laboral de 11 a 8 horas, mejores condiciones de salubridad, la vigencia del descanso dominical, el aumento de salarios y la reposición de los delegados despedidos, comienza la llamada Semana Trágica de Buenos Aires, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen.

Si bien el Departamento Nacional del Trabajo había apoyado los reclamos obreros, la empresa se rehúso a obedecer, reemplazó a los trabajadores por rompehuelgas provistos por una autodenominada Asociación Nacional del Trabajo y la actuación intimidatoria de grupos paramilitares de la Liga Patriótica, razón por la que el conflicto se prolongaba desde mediados del mes de diciembre.

La acción conjunta de la desmandada Policía, el Ejército y los paramilitares, dejó un saldo que se calculó en alrededor de 700 muertos y 4000 heridos.

Masacre del 7 de enero: comienza la semana trágica

El 7 de enero, nuevamente en la esquina de Pepirí y Amancio Alcorta donde estaba el local sindical (Alcorta 3483), aproximadamente a las 15:30, más de cien policías y bomberos armados con fusiles Mauser, apoyados por rompehuelgas armados con Wínchesters, dispararon contra las casas de madera, los huelguistas y los vecinos. Durante casi dos horas se dispararon cerca de dos mil proyectiles. Una gran parte de las fuerzas de seguridad ya estaban apostadas desde mucho antes en el techo de la escuela La Banderita ubicada en la esquina mencionada y en la fábrica textil Bozalla ubicada frente al local sindical, que también estaba en huelga. Entre las fuerzas atacantes estaba incluso uno de los dueños de la empresa, Emilio Vasena.

El cronista del diario socialista La Vanguardia describió el panorama con el que se encontró al llegar al lugar, con estas palabras:
“Hay que ver cómo están las paredes, puertas, vidrieras y el interior de las casas. Unos obreros nos dijeron que para librar a sus hijos de las balas, los hicieron esconderse en el piso debajo de las camas. Casi todas las paredes de esas construcciones son de madera, de modo que las balas las atraviesan con facilidad. Con mayor razón si los disparos se hacían de pocos metros de distancia. En una casa frente a la escuela, una bala atravesó tres paredes, rompió el espejo de un ropero, atravesó las ropas y se incrustó en la pared. Hay habitaciones interiores en esas casas que tienen balas incrustadas a 50 cm del piso, lo que probaría que esos proyectiles se han disparado desde la azotea de la escuela”

Como resultado del ataque murieron Toribio Barrios, español de 50 años, asesinado a sablazos en la calle; Santiago Gómez, argentino de 32 años, asesinado dentro de una fonda; Juan Fiorini, argentino de 18 años, asesinado en su casa mientras tomaba mate con su madre; Miguel Britos, argentino de 32 años; y Eduardo Basualdo, de 42 años, que moriría al día siguiente. Ninguno de ellos era empleado de Vasena. Las personas heridas de bala superaron las treinta, entre ellas Irene Orso o Curso, italiana de 55 años; Segundo Radice, italiano de 54 años; Basilio o Cecilio Arce, argentino de 48 años; Miguel Ala, turco de 19 años; José Salgueiro, argentino de 18 años; Pedro Velardi, italiano de 29 años; Martín Pérez, español de 48 años; Humberto Pérez, argentino de 22 años; José Ladotta, italiano de 55 años; José Santos, portugués de 46 años; y Gabino Díaz, argentino de 40 años.

El parte policial informó que sólo tres policías habían recibido lesiones mínimas (dos golpes y un mordisco) y que uno solo había sufrido una herida de cierta consideración, al recibir una cuchillada.

La magnitud de la masacre fue verificada de inmediato en el lugar de los hechos por el diputado socialista Mario Bravo, por los cronistas del diario socialista La Vanguardia, por la revista Mundo Argentino y por la tradicional revista Caras y Caretas.

Inmediatamente después de la masacre el gobierno radical buscó terminar el conflicto. El ministro del Interior Ramón Gómez dio instrucciones al jefe de policía Miguel Denovi y al director del Departamento de Trabajo Alejandro Unsain, para que entrevistaran a Alfredo Vasena y obtuvieran de él la concesión de varios de los puntos del petitorio de huelga. Unsain y Denovi fueron a la empresa y consiguieron que Vasena aceptara aumentar los salarios un 12%, reducir la jornada a 9 horas de lunes a sábado (54 horas semanales) y readmitir a todos los obreros en huelga. Esa misma noche a última hora, Unasin y Denovi consiguieron que Vasena y los dirigentes sindicales, se reunieran en la jefatura de policía y llegaran a un principio de acuerdo, que se formalizaría al día siguiente en la sede de la empresa. Vasena se comprometió también a no realizar actividades al día siguiente, para evitar nuevos incidentes. El conflicto en los Talleres Vasena parecía a punto de quedar resuelta.

Pero los asesinatos habían generado una indignación generalizada en los sectores obreros y en los barrios populares del sur de la ciudad, que se reflejó de inmediato en la gran cantidad de gente que se congregó en los locales sindicales, socialistas y anarquistas, especialmente en los dos en los que se velaron a los muertos, la sede del sindicato en Alcorta 3483 y la «casa del pueblo» socialista en Loria 1341 -a dos cuadras de la fábrica.

Esa misma noche los comerciantes de Nueva Pompeya decidieron cerrar sus negocios al día siguiente, en señal de duelo por los muertos. Simultáneamente, uno de los principales sindicatos del país, la Federación Obrera Marítima (FOM), de la FORA IX, declaraba la huelga por la falta de respuesta a sus peticiones por parte del Centro Argentino de Cabotaje.

Miércoles 8 de enero: fracasa la negociación

El 8 de enero el conflicto se generalizó, el precario acuerdo alcanzado en Vasena se cayó y el optimismo que el gobierno había manifestado la noche anterior se diluyó rápidamente.

Durante la mañana todas las fábricas y establecimientos metalúrgicos de la ciudad suspendieron las tareas. mientras que decenas de sindicatos de las dos FORAs repudiaron la matanza y declararon huelgas para concurrir al entierro de los muertos, que se realizaría al día siguiente: ​ calzado, construcción, choferes, construcciones navales, tabaco, curtidores, toneleros, molineros, tejido, constructores de carruajes, tapiceros, estatales, etc. Adicionalmente la huelga marítima declarada el día anterior se extendió a los demás puertos del país y la Federación Obrera Marítima (FOM) convocó a acompañar el cortejo.

Mientras el conflicto se generalizaba, los miembros del sindicato metalúrgico se hicieron presentes poco antes del mediodía en la sede de la empresa en la calle Cochabamba, para negociar los términos del acuerdo preconfigurado la noche anterior. Pero Alfredo Vasena impidió primero el ingreso de los dirigentes sindicales que no eran empleados de la empresa y luego se negó a recibir el petitorio o negociar cualquier condición que modificara lo que había acordado con el gobierno: 12% de aumento y jornada máxima de 9 horas de lunes a sábado. El sindicato pretendía más aumento, equiparación salarial entre secciones y géneros, jornada de 8 horas, no obligatoriedad de las horas extras, la que deberían pagarse con un suplemento del 50% o 100% si eran en domingo. La negativa de la empresa a negociar, a pesar de la tragedia del día anterior, tensó aún más los ánimos ya exacerbados por las muertes y los desmanes, como pudo percibirse en la asamblea informativa que el sindicato realizó esa noche en el salón Augusteo ubicado en Sarmiento 1374. Esa tarde en el Congreso el diputado socialista Nicolás Repetto criticaría «la impermeabilidad cerebral de algunos patrones», en referencia a la intransigencia mostrada por Alfredo Vasena en el conflicto.

Esa tarde se reunió también la Cámara de Diputados en sesión extraordinaria, debatiéndose los «sucesos sangrientos» de Nueva Pompeya. El Partido Socialista sostuvo que era necesario sancionar una ley de asociaciones sindicales, sobre lo que hubo acuerdo general, razón por la cual la Cámara resolvió pedirle al Poder Ejecutivo que incluyera en el temario de sesiones extraordinarias, el tratamiento de la ley sindical. El tema sin embargo no se trataría y la primera ley sindical se aprobaría recién en 1943. La bancada socialista también pidió la interpelación del ministro del Interior para que respondiera sobre lo que el diputado Mario Bravo calificó en ese momento de «masacre». Bravo, que había estado en el lugar poco después de los hechos y entrevistado numerosos testigos, informó en detalle sobre la forma en que se había producido el ataque policial. Cuando llegó el momento de votar la moción de interpelación al ministro, la Cámara se quedó sin quórum.

Durante todo el día, el local sindical y el socialista en los que se realizaban los velorios, se vieron desbordados de gente indignada por la matanza. La FORA del IX Congreso expresó su solidaridad con los huelguistas y al anochecer la FORA del V Congreso declaró la huelga general al día siguiente, a partir de las 12 del mediodía, para asistir masivamente al entierro de las víctimas de la matanza.

Jueves 9 de enero: decenas de muertos

El 9 de enero Buenos Aires quedó casi completamente paralizada, a excepción de los trenes que traían multitudes desde las áreas suburbanas para sumarse al cortejo fúnebre. Barricadas, piquetes, cortes de los cables de los tranvías, comisiones obreras recorriendo los lugares de trabajo, sin subtes ni canillitas, etc. Esa misma tarde el diario La Razón describía así el estado de situación a la mañana:

Todo el perímetro comprendido entre las calles Boedo, Cochabamba, Entre Ríos y Rivadavia, estaba ya, horas antes del pasaje del cortejo, invadido por la muchedumbre. Los grupos se formaban sobre las veredas, los balcones, las terrazas, puertas y ventanas. Un estado de sobreexcitación en ese grande y popular barrio metropolitano, como nunca antes había habido. No circulaba ni un solo tranvía, carro o vehículo… Barrios obreros por excelencia, muchos trabajadores de los dos sexos esperaban en las esquinas, con flores en la mano para arrojarlas al pasaje del cortejo fúnebre. Luego de dar una vuelta por las inmediaciones, pudimos verificar la ausencia total de policías. El orden, sin embargo, era absoluto: ningún hecho se registró por falta de los obreros en huelga.

Bilsky realiza un panorama sobre el componente de clase de la movilización popular de ese día señalando que la participación fue masiva en los barrios obreros del sur y también en los barrios en los que la población obrera convivía con sectores de la clase media como San Cristóbal, Balvanera y Almagro, mientras que la clase alta adoptará una postura de rechazo frontal, con fuertes componentes nacionalistas y xenófobos, que llevaría a partir del día 11 a formar milicias civiles «patrióticas» para reprimir a los obreros y los inmigrantes, especialmente los judíos.

Los Vasena, el directorio de la empresa (entre los que había ciudadanos ingleses) y varios dirigentes de la Asociación Nacional del Trabajo, se habían atrincherado en la fábrica, custodiados por 300 hombres armados de la mencionada organización parapolicial. ​ Por esa razón, el embajador inglés Reginald Tower y el presidente de la Asociación Nacional del Trabajo y la Sociedad Rural Argentina Joaquín de Anchorena fueron a la Casa Rosada a reclamar fuerzas policiales y decisiones enérgicas para defender el establecimiento, que ya empezaba a estar rodeado de obreros y a ser bloqueada por el levantamiento de barricadas en las esquinas. El gabinete presidencial debatió la posibilidad de decretar el estado de sitio, pero Yrigoyen decidió no hacerlo, esperanzado aún en lograr una mediación exitosa en el conflicto de Vasena, que atemperara los ánimos.

En ese momento Yrigoyen toma dos medidas, anticipando dos posibles escenarios opuestos. En primer lugar removió al jefe de policía que estuvo al mando durante la masacre del 7 de enero y puso a cargo de la misma al ministro de Guerra Elpidio González, más apto para presionar a Vasena y al sindicato para que llegasen a un acuerdo. Pero por otro lado, previendo una evolución negativa de los acontecimientos, Yrigoyen se comunicó con su fiel amigo el general Luis J. Dellepiane, al mando de la II División de Ejército apostada en Campo de Mayo.

A las 2 de la tarde el multitudinario cortejo fúnebre partió del local sindical ubicado en el cruce de Amancio Alcorta y Pepirí, hacia el cementerio de Chacarita. La columna estaba encabezaba por una vanguardia de 150 anarquistas armados que se fue ampliando con el saqueo de las armerías que se encontraban en el camino.

La columna marchó por La Rioja hasta la fábrica Vasena, donde se encontró con la columna socialista. Allí se produjo una enorme confrontación armada con los guardias que custodiaban la empresa y a sus dueños. Los manifestantes intentaron en vano prender fuego al portón de hierro de la entrada y a los forrajes para los caballos, como se ve en algunas fotografías. Los enfrentamientos en la zona de la fábrica dejaron un número indeterminado de muertos y heridos. Oddone menciona que al centro socialista del barrio (circunscripción 8ª) fueron llevados cinco cadáveres.

Al enterarse de lo que sucedía en los talleres de Vasena, el ministro de Guerra y nuevo jefe de Policía Elpidio González y el comisario inspector Justino Toranzo, se dirigieron en auto hacia la empresa. Pero el auto fue detenido por los manifestantes a pocas cuadras de la empresa, siendo obligados a bajarse, mientras los huelguistas quemaban el vehículo, teniendo que volver caminando al cuartel de policía. Según el comisario e historiador policial Adolfo Enrique Rodríguez, en esta acción murió -sin indicar de qué modo- el subteniente Antonio Marotta, comandante de un pelotón de fusileros que habría estado encargado de la protección de González. ​ Ningún investigador de la Semana Trágica, ni los diarios de la época, mencionan la muerte del subteniente Marotta, ni tampoco su entierro que debió haberse realizado en esos días. El Diario en su edición de ese día, hace mención puntual del incidente y el cronista transcribe las palabras del comisario Toranzo a los huelguistas: «¡Somos dos hombres solos!» ​

La mayor parte del cortejo rodeó la fábrica y siguió hacia el cementerio con algunos incidentes, y al llegar a la Iglesia de Jesús Sacramentado, en Corrientes 4433, casi esquina Yatay, a eso de las 4 de la tarde se produjo otro choque sangriento con los bomberos que custodiaban el templo, mientras que parte de la manifestación incendiaba parcialmente la iglesia.

Raleados por la violencia algunos cientos de manifestantes lograron abrirse paso hasta llegar al cementerio. Pero para entonces el gobierno había dado órdenes de disolver la manifestación en el cementerio, donde ya se habían parapetado un regimiento de infantería y varios agentes policiales al mando del capitán Luis A. Cafferata. Mientras se pronunciaban los discursos, las fuerzas de represión descargaron los fusiles a mansalva contra los familiares y militantes presentes, disolviendo la manifestación y dejando un tendal de muertos y heridos adicionales, mientras que los cuatro cadáveres de la masacre del 7 de enero quedaron insepultos. El diario La Prensa contabilizó doce muertos en el cementerio, entre ellas dos mujeres, mientras que La Vanguardia contabilizó cincuenta. ​ Todos los cronistas coincidieron en señalar que no hubo bajas entre las fuerzas de seguridad.

Al promediar la tarde Yrigoyen ya había decidido reprimir con el Ejército, militarizando la ciudad y encomendando la tarea al general Dellepiane, a quien nombró como comandante militar de Buenos Aires. A las seis de la tarde Dellepiane había instalado dos baterías de ametralladoras pesadas sobre Cochabamba, en una de las esquinas de la fábrica, ordenando fuego continuo durante más de una hora.

La cantidad de muertos ese día fue de varias decenas, sin que hayan podido ser precisados: el socialista Oddone verificó el registro de 39 muertos en los hospitales esa misma noche; el diario radical La Épocainformó sobre 45 muertos y 119 heridos; ​ el Buenos Aires Herald, diario de la colectividad británica en Buenos Aires, contabilizó 80 muertos. ​

Ante la cantidad de muertos, inédita en la historia del sindicalismo argentino, esa noche la FORA IX sacó una resolución por la que dispuso «asumir la conducción del movimiento de la capital federal» y convocar a una reunión urgente de secretarios generales al día siguiente para definir los pasos a seguir. Por su parte el periódico anarquista La Protesta publicaría sus conclusiones sobre la jornada del 9: «el pueblo está para la revolución».

Viernes 10 de enero: recuperación de la ciudad y terror blanco

Luego de la matanza del día anterior y la militarización de la ciudad al mando del general Dellepiane, el diario oficialista La Época transmitió en la mañana del 10 de enero la postura del gobierno:
“Conviene establecer con toda precisión lo que ocurre para disipar malosentendidos emanados de falsas informaciones. Se trata de una tentativa absurda, provocada y dirigida por elementos anarquistas, ajenos a toda disciplina social y extraños también a verdaderas organizaciones de los trabajadores… Jamás el Presidente de los argentinos cederá a la sugestión amenazante de las turbas desorbitadas…”

La editorial sostenía textualmente que el movimiento está dirigido por una «minoría sediciosa». El Herald, diario de la colectividad británica en Buenos Aires, tituló en consonancia que «Buenos Aires tuvo ayer su primera prueba de bolchevismo».​ La Prensa y La Vanguardia recogen las declaraciones de grupos radicales que esa misma mañana salieron a la calle proclamando que «si hay barricadas de revoltosos, se deben formar barricadas de argentinos».

La ciudad seguía paralizada y llena de barricadas. Solo circulaban automóviles que llevaban la bandera roja que les garantizaba el paso por los piquetes. Nuevos gremios declararon huelgas por reclamos puntuales en diversas partes del país. Por su parte el general Dellepiane empezó a organizar sus fuerzas para recuperar la ciudad. Dos mil marinos se sumaron a las fuerzas del Ejército y dos baterías de ametralladores fueron traídas desde Campo de Mayo.

A las once de la mañana un grupo de huelguistas intentó nuevamente tomar por las armas la fábrica de Vasena, defendida por fuerzas policiales y militares instaladas desde la tarde anterior, con gran cantidad de bajas. El teniente Juan Domingo Perón se desempeñaba en el Arsenal de Buenos Aires y tenía la tarea de abastecer de municiones a esas tropas. ​ Simultáneamente un destacamento de bomberos armados atacó el local del sindicato metalúrgico de Amancio Alcorta, matando a uno de sus ocupantes y detuvo al resto.

Al promediar la tarde las fuerzas militares y policiales habían comenzado a tomar control de la ciudad. En su libro La Semana Trágica, el comisario José Romariz, uno de los protagonistas de los hechos, cuenta que entre los telegramas que se recibían del general Dellepiane -con instrucciones de destruirlos en cuánto fueran leídos-, se encontraba la orden de «hacer fuego sin previo aviso contra los revoltosos que se sorprendan levantando vías, produciendo incendios u otras depredaciones».​ Las tropas del gobierno tenían también orden de que «no se desperdiciaran municiones con tiros al aire».

Las violaciones de derechos humanos por parte de las fuerzas del gobierno fueron generalizadas. En Cabrera 3275 una patrulla conjunta militar-policial, ingreso disparando a la vivienda de las familias Viviani y Di Toro pasaron,matando a la niña Paula Viviani de 13 años, y a David Di Toro, de 21 años. Poco después las ambulancias retiraron los cadáveres y los soldados detuvieron a dos hermanos de las víctimas.

Esa noche las fuerzas sindicales fijarían posiciones. La Federación Obrera Ferroviaria (FOF), el sindicato más poderoso del país, declaró la huelga en todo el país reclamando la reincorporación de los trabajadores despedidos en las famosas huelgas iniciadas el año anterior. La FORA del IX Congreso dispuso priorizar como objetivo los reclamos establecidos en los petitorios de huelga de los metalúrgicos de Vasena y de los ferroviarios. La FORA del V Congreso decidió continuar «por tiempo indeterminado» la huelga general, dándole a partir de ahora el carácter de «revolucionaria» y estableciendo como objetivo de la misma obtener la libertad de Simón Radowitsky -condenado por el homicidio del exjefe de policía Ramón Falcón- Apolinario Barrera -preso por haber organizado una frustrada fuga de Radowitsky- y los demás presos políticos y sociales, mayoritariamente anarquistas. La Protesta dejó de salir y tanto la FORA V como los principales dirigentes anarquistas pasaron a la clandestinidad.

Una vez recuperado el control de la ciudad y con las primeras sombras de la noche se desató lo que se conoció como «el terror blanco», que se extendería los próximos tres días, ya no sólo por las fuerzas militares y policiales, sino ahora también por grupos civiles de jóvenes de clase alta identificados como «patriotas».

En el Centro Naval se crearía ese día la Comisión Pro Defensores del Orden, una organización parapolicial de extrema derecha e ideología fascista, liderada por influyentes militares, curas, empresarios y políticos radicales y conservadores, que pocos días después cambiaría su nombre por Liga Patriótica Argentina. Entre las personalidades que arengaron a los jóvenes de clase alta para salir a la calle a reprimir a los huelguistas, se encontraba el dirigente radical y abogado de Pedro Vasena e Hijos, Leopoldo Melo.
El terror blanco tendrá como objetivo expreso reprimir y matar a los «judíos» y «rusos» («mueran los judíos» fue uno de los lemas más utilizados), «maximalistas», «bolcheviques» y «anarquistas», extendiéndose también a extranjeros, sindicalistas y obreros en general. Al día siguiente el diario La Nación informaba que esa misma noche el general Dellepiane había anunciado a la prensa que el objetivo del gobierno era «hacer un escarmiento que se recordará durante 50 años».

Esa noche el gobierno comunicó a la prensa que los huelguistas anarquistas habían intentado «asaltar» varias comisarías, asesinando en el intento contra la 24ª, al cabo Teófilo Ramírez y al agente Ángel Giusti. Silva ha estudiado en detalle ese evento y llegado a la conclusión que no existieron tales intentos de asalto, sino que se trató de enfrentamientos entre diversos grupos de las fuerzas de represión, causados por el nerviosismo existente. Siempre según Silva, el objetivo del general Dellepiane era obligar a las corrientes sindicalista revolucionaria y socialista de la FORA IX, a denunciar a los «elementos perturbadores», justificar las acciones del gobierno y ganar espacio para la escalada represiva que se iniciaría esa noche.

 

Sábado 11 de enero: cientos de muertos

En la noche del 10 al 11 de enero se intensificó la represión. Las fuerzas de seguridad y los grupos parapoliciales «patrióticos» fascistas comenzaron a realizar cientos de razzias ingresando a los domicilios particulares sin autorización judicial, asesinando y golpeando a sus ocupantes, violando a las mujeres y niñas, destruyendo bienes y quemando libros. ​ «Meterse, meterse en nuestras casas… Meterse era pisar… Meterse era violar».

Por la mañana la ciudad seguía paralizada pero la población comenzaba a sentir el desgaste que generaba el conflicto. Las fuerzas represivas continuaron todo el día y los dos días subsiguientes actuando sin limitaciones de ningún tipo. A los objetivos obreros se habían sumado ahora los objetivos judíos y en menor medida catalanes. «La caza del ruso» («ruso» en el argot argentino es un sinónimo habitualmente despectivo de «judío»), como se conoció el único pogrom de la historia en suelo americano, arrasó el barrio judío del Once y dio origen a una siniestra expresión que subsiste en el habla argentina hasta el presente: «yo, argentino», frase con que las personas judías suplicaban para no ser asesinadas. El apoyo a los actos criminales de los grupos fascistas fue una parte sustancial del plan represivo del gobierno. El propio general Dellepiane dio órdenes terminantes de “contener toda manifestación o reagrupamiento con excepción de los patrióticos”.

Un testigo describió la impunidad represiva que reinaba en la ciudad ese día:
El ruido de los muebles y cajones violentamente arrojados a la calle se mezclaba con gritos de ‘mueran los judíos’ Cada tanto pasaban a mi vera viejos barbudos y mujeres desgreñadas. Nunca olvidaré el rostro cárdeno y la mirada suplicante de uno de ellos, al que arrastraban un par de mozalbetes, así como el de un niño sollozante que se aferraba a la vieja levita negra, ya desgarrada. (…) En medio de la calle ardían pilas con libros y trastos viejos, entre los cuales podían reconocerse sillas, mesas y otros enseres domésticos, y las llamas iluminaban tétricamente la noche, destacando con rojizo resplandor los rostros de una multitud gesticulante y estremecida. Se luchaba dentro y fuera de los edificios; vi allí dentro a un comerciante judío. El cruel castigo se hacía extensivo a otros hogares hebreos.

El escritor Juan José de Soiza Reilly describió también lo que vio ese día en el Once:
“Ancianos cuyas barbas fueron arrancadas; uno de ellos levantó su camiseta para mostrarnos dos sangrantes costillas que salían de la piel como dos agujas. Dos niñas de catorce o quince años contaron llorando que habían perdido entre las fieras el tesoro santo de la inmaculada; a una que se había resistido, le partieron la mano derecha de un hachazo. He visto obreros judíos con ambas piernas rotas en astillas, rotas a patadas contra el cordón. Y todo esto hecho por pistoleros llevando la bandera argentina.”
Pinie Wald, director del periódico Avantgard, detenido y torturado por el gobierno, describiría años después en su libro Pesadilla (1929) lo que estaba sucediendo:
“Salvajes eran las manifestaciones de los ‘niños bien’ de la Liga Patriótica, que marchaban pidiendo la muerte de los maximalistas, los judíos y demás extranjeros. Refinados, sádicos, torturaban y programaban orgías. Un judío fue detenido y luego de los primeros golpes comenzó a brotar un chorro de sangre de su boca. Acto seguido le ordenaron cantar el Himno Nacional y, como no lo sabía porque recién había llegado al país, lo liquidaron en el acto. No seleccionaban: pegaban y mataban a todos los barbudos que parecían judíos y encontraban a mano. Así pescaron un transeúnte: ‘Gritá que sos un maximalista’. ‘No lo soy’ suplicó. Un minuto después yacía tendido en el suelo en el charco de su propia sangre.” Pedro Wald

Con ese escenario de fondo y mientras la matanza alcanzaba su pico, el presidente Hipólito Yrigoyen convocó por la tarde a la FORA del IX Congreso, encabezada por su secretario general Sebastián Marotta y a Alfredo Vasena -que concurrió acompañado del embajador inglés- a la Casa Rosada para imponerles el levantamiento de la huelga a la central sindical y la aceptación del pliego de huelga al presidente de la empresa.​ El gobierno pondría en libertad también a todos los detenidos, con excepción de aquellos condenados por delitos graves, entre los que se encontraba Radowitsky.
La FORA IX dispuso entonces «dar por terminado el movimiento recomendando a todos los huelguistas de inmediato la vuelta al trabajo».

 

Domingo 12 de enero: supuesto sóviet ruso-judío

Pese al acuerdo mediado por el presidente Yrigoyen y a la resolución de la FORA IX del día anterior, dando por «terminado el movimiento», la huelga general continuó. La huelga se había extendido a otras ciudades del país (Rosario, Mar del Plata, San Fernando, San Pedro, Santa Fe, Tucumán, Mendoza, Córdoba), impulsada incluso por sindicatos y secciones de la FORA IX. En Buenos Aires la actividad se recuperó parcialmente por la tarde.
El sindicato metalúrgico sacó un comunicado diciendo que no habían formado parte de las negociaciones, que nadie les había hecho llegar una copia del supuesto acuerdo con Vasena y que se desconocía el paradero del propio Vasena, razón por la cual anunciaban que la huelga en los talleres no podía ser levantada.

Durante todo el día las fuerzas policiales y parapoliciales continuaron realizando acciones criminales y detenciones en toda la ciudad. Decenas de miles de ciudadanos estaban detenidos, saturando las cárceles y comisarías. El gobierno decide poner en marcha una operación para hacer creer a la población que las protestas sindicales habían sido parte de una conspiración internacional ruso-judía para establecer un régimen soviético en la Argentina.
Como parte de esa operación fue detenido el periodista Pinie Wald, su novia Rosa Weinstein, Juan Zelestuk y Sergio Suslow. El gobierno anunció que Wald era el «dictador maximalista» del futuro soviet argentino y que Zelestuk y Suslow, eran respectivamente su jefe de policía y su ministro de Guerra. A pesar de la inverosimilitud de la noticia, los principales diarios del país, le dieron amplia cobertura y garantizaron su seriedad. Wald y los demás detenidos fueron severamente torturados hasta el punto de dejarlos al borde de la muerte. «Por ese motivo, al día siguiente la prensa –para cubrir a la policía– daba a Wald por muerto y a Zelestuk en gravísimo estado, a consecuencia de unas supuestas «heridas recibidas» al «resistir al arresto»».​
Wald dejará testimonio de sus padecimientos en el libro Pesadilla, escrito en idish y traducido al español, considerado un antecedente temprano del género real fiction que se consolidará en 1957 con Operación Masacre de Rodolfo Walsh y A sangre fría (1959) de Truman Capote. ​ Un párrafo de la novela describe la degradación humana definida como «pesadilla» que se había alcanzado con la Semana Trágica:
“¿Qué sucedía del otro lado del muro de la cárcel? ¿Qué pasaba en la calle? ¿En la ciudad? ¿En el país? ¿En el mundo entero? ¿Acaso existía algo que no fuera violencia y asesinato? ¿Cazadores y cazados? ¿Perseguidores y perseguidos? ¿Los que golpean y los golpeados? ¿Asesinos y asesinados? ¿Acaso existía algo fuera de bomberos armados y presos martirizados que esperaban su muerte…? ¿Dónde estaban los miles y miles de presos que había visto el día anterior? ¿O era un sueño atroz, una pesadilla al fin de cuentas?”
Pinie Wald, Pesadilla

Por la noche la FORA V ratificó su decisión de mantener la huelga general por tiempo indeterminado hasta que fueran liberados «todos los detenidos por causas sociales», agregando la exigencia de que «el gobierno retire todas las tropas».

 

Lunes 13 de enero: se levanta la huelga metalúrgica

El día amaneció con las fuerzas de seguridad baleando la Federación Obrera Ferroviaria (FOF), principal sindicato de la FORA IX que permanecía en huelga por sus propias reivindicaciones, deteniendo a 17 gremialistas heridos y clausurando el local. El ejército además ocupó las instalaciones ferroviarias y controló la normalización de los servicios.

La ciudad volvía lentamente a funcionar, con dificultades de abastecimiento y actos de sabotaje, como el descarrilamiento de un tren proveniente de Rosario. Algunas ciudades aledañas, como Avellaneda, que todavía estaba completamente paralizada y bajo control de los piquetes de huelga.

Por la mañana el gobierno envió a un delegado al sindicato metalúrgico que se hallaba en plena asamblea, para negociar las condiciones de la vuelta al trabajo. Una delegación sindical (Juan Zapetini, Mario Boratto, Marcelino Gammi, Jesús Lacambra, José Boca y Fidel Calafati) se dirigió a la Casa Rosada, donde se encontraron con Alfredo y Emilio Vasena y el abogado-director de la empresa, el senador radical Leopoldo Melo. La reunión fue mediada por el ministro del Interior Ramón Gómez, asistido por el director del Departamento de Trabajo Alejandro Unsain. La empresa aceptó la totalidad de los reclamos obreros, con excepción de la situación del lavadero de lana cuya negociación fue derivada a una nueva reunión, y el sindicato levantó la huelga, luego de 43 días de declarada y una de las masacres más sangrientas de la historia latinoamericana. Los obreros volverían al trabajo el lunes 20, luego de reparar los establecimientos y maquinarias, pero percibiendo su salario desde ese día.

Martes 14 de enero: fin de la huelga general y segundo pogrom

El 14 de enero el general Dellepiane se reunió por separado con las dos FORAs, para acordar el levantamiento definitivo de la huelga general y el cese de los conflictos. Ambas exigieron la libertad de los detenidos, «la supresión de la ostentación de fuerza por las autoridades» y el «respeto del derecho de reunión». El gobierno aceptó las condiciones de las centrales sindicales y ambas levantaron la huelga.

Pese a ello ese mismo día las fuerzas de seguridad bajo el mando de Dellepiane allanaron y destruyeron las instalaciones del diario anarquista La Protesta y de varios locales anarquistas y sindicales, incluso donde se encontraba sesionando la asamblea de la FORA V, deteniendo a todos sus ocupantes. Frente al flagrante incumplimiento de lo acordado, el general Dellepiane presentó su renuncia en los siguientes términos:
“Cuál no sería mi sorpresa al saber que poco después los locales donde yo había autorizado las reuniones, eran allanados por empleados de la policía de investigaciones, contrariando mis expresas órdenes y habían detenido a todas las personas que allí se reunían. Aparecía yo faltando a mi palabra empeñada y traicionando a esa gente a quien di seguridades, y como nunca he sido un traidor no he de tolerar que nadie me presente como tal.”

Sin embargo instantes después Dellepiane retiró la renuncia y siguió siendo comandante militar de Buenos Aires. Esa tarde, la Cámara de Diputados aprobó la declaración del estado de sitio con el voto favorable de las bancadas radical y conservadora, pronunciándose en contra la bancada socialista, pero tres días después la Cámara de Senadores no convalidaría la media sanción.
Ese día se produjo el segundo pogrom, cuando las fuerzas del gobierno y los grupos parapoliciales volvieron a asaltar el barrio del Once. La embajada de Estados Unidos, la única que realizó un recuento individual de los muertos en esos días, contó que en el Arsenal del Ejército en San Cristóbal, yacían 117 cadáveres de «rusos judíos» que no habían sido sepultados.

Los días siguientes

Al día siguiente, Yrigoyen ordenó hacer efectiva la puesta en libertad de todos los detenidos. Por su parte, Dellepiane dictó la siguiente orden del día:
“Quiero llevar al digno y valiente personal que ha cooperado con las fuerzas del ejército y armada en la sofocación del brutal e inicuo estallido, mi palabra más sentida de agradecimiento, al mismo tiempo que el deseo de que los componentes de toda jerarquía de tan nobles instituciones, encargadas de salvaguardar los más sagrados intereses de esta gran metrópoli, sientan palpitar sus pechos únicamente por el impulso de nobles ideales, presentándolos como coraza invulnerable a la incitación malsana con que se quiere disfrazar propósitos inconfesables y cobardes apetitos.”
Gral. Luis Dellepiane

 

El saldo total fue de unos 800 muertos nunca identificados: ancianos, mujeres, niños, hombres. Hubo también decenas de desaparecidos, miles de heridos, y más de 50.000 detenidos. Entre los informes de la época se destaca el realizado por la embajada de Estados Unidos que realizó una cuantificación precisa, contabilizando 1356 muertos. La embajada de Francia por su parte que informó que habían muerto 800 personas y 4000 habían sido heridas.

Fueron quemadas viviendas obreras, sinagogas, locales sindicales y partidarios, periódicos, bibliotecas populares y judías, cooperativas. El gobierno detuvo y torturó a miles de ciudadanos, como el inmigrante judío Pinie Wald al que acusó falsamente de ser el líder de una revolución judeo-comunista y facilitó a los grupos parapoliciales las comisarías donde establecieron sus bases operativas. Una vez liberado Pinie Wald relató las torturas y ultrajes sufridos en el libro Koschmar (Pesadilla), escrito en idish y traducida al español recién en 1987

(Fuente Pensamiento Discepoleano)

Nota publicada por la revista La Ciudad el 7/1/2022

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