Devuelven a la tierra lo que ella les dio. Saben que ayer fue hoy y que hoy será mañana. No hay tregua en el cuidado sometido a vientos, insectos dañinos y sequías. Las silvestres caminan por jardines que cambian al florecer. Expertas en lo sensible vuelven cada día el agua a la tierra, el brote a la flor, la herida a los troncos. A veces el cantero entrega y otras niega; cuando la raíz no encuentra el lugar cambian el modo y esperan que otro día ofrezca.
Pulcros quehaceres van por la espalda poderosa del terreno plantado, donde el brillo diminuto de la hoja esplende en el ramaje. Si el viento llega negro, sueñan con disparatadas palmeras, riachos y lagunas, vertientes y trebolares, universos de buena gramilla.
Otros días las plumas agobian de tibieza y vuelan con ellas, intrépidas y sutiles, hacia una bohemia arboleda. Las sostiene una verdad vertical que vive en el clavel y las glicinas, los cogollos y las enredaderas.
Un contrapunto de rumor impecable detiene el tiempo en el devenir de las cuatro estaciones.