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EL RIESGO DE DEJAR DE ESCUCHAR

Por Juan Martín Garay (*)             –

Cuando el poder pierde la capacidad de admitir límites, la política deja de ser una herramienta de construcción para convertirse en un ejercicio de autoconfirmación. La advertencia de Shakespeare, recuperada por Eduardo Fidanza, trasciende las épocas y sigue interpelando a toda democracia.
LA TRAGEDIA QUE NUNCA ENVEJECE
Hay obras que sobreviven al tiempo porque hablan, en realidad, de la naturaleza humana. Macbeth, de William Shakespeare, es una de ellas.
No es simplemente la historia de un hombre que llega al poder. Es la historia de un hombre que, una vez alcanzado, deja de gobernarse a sí mismo. La ambición reemplaza a la prudencia, la sospecha desplaza a la confianza y el miedo termina ocupando el lugar de la razón. A partir de allí, cada decisión ya no busca construir, sino conservar. Cada discrepancia deja de ser una opinión distinta para convertirse en una amenaza.
Hace pocos días, el analista político Eduardo Fidanza, en una columna publicada en Perfil bajo el título El riesgo Macbeth, recuperó esa tragedia para reflexionar sobre un peligro que acecha permanentemente a quienes ejercen el poder. No lo hizo como una referencia literaria, sino como una categoría política.
Y allí reside el verdadero valor de su planteo. Porque Macbeth no pertenece únicamente al teatro. Pertenece también a la historia de las sociedades. El momento en que el poder cambia de naturaleza Toda democracia necesita gobiernos con capacidad de decisión. Gobernar implica elegir, priorizar y, muchas veces, enfrentar conflictos.
Pero existe un punto de inflexión que suele pasar inadvertido. Es aquel en el que un liderazgo deja de considerar la crítica como parte natural del debate democrático y comienza a interpretarla como un acto de deslealtad. A partir de ese momento, el ejercicio del poder cambia de naturaleza.
La discusión se empobrece. La diversidad incomoda. La obediencia comienza a valorarse más que la capacidad de aportar una mirada diferente. Los espacios de deliberación se reducen y las decisiones empiezan a circular dentro de un universo cada vez más pequeño.
Paradójicamente, cuanto mayor es la concentración del poder, menor suele ser la calidad de la información que recibe quien lo ejerce. Porque nadie se anima a señalar aquello que el conductor no desea escuchar.
EL AISLAMIENTO COMO FORMA DE DEBILIDAD
Existe una idea profundamente equivocada según la cual el liderazgo se fortalece eliminando las voces disidentes.La experiencia demuestra exactamente lo contrario. Los gobiernos más sólidos no son aquellos donde todos piensan igual. Son aquellos donde existen mecanismos que permiten advertir errores antes de que se conviertan en crisis.
La crítica honesta no debilita al poder. Lo protege. Quien gobierna rodeado exclusivamente de confirmaciones termina perdiendo contacto con la realidad. Y cuando la realidad deja de ingresar por las puertas de la política, suele hacerlo por las ventanas de las crisis. Por eso el mayor riesgo de cualquier liderazgo no siempre proviene de sus adversarios. Muchas veces nace dentro de su propio círculo de confianza.
LA SOBERBIA COMO PROBLEMA INSTITUCIONAL
La política suele analizar los procesos históricos desde variables económicas, electorales o sociales. Sin embargo, existe un componente menos visible y probablemente más determinante: el temperamento de quienes ejercen el poder.
La historia ofrece innumerables ejemplos de gobiernos que comenzaron con enorme legitimidad y terminaron deteriorándose por una razón mucho más humana que ideológica. La incapacidad de admitir errores. No existe dirigente infalible. No existe gobierno que acierte siempre. La diferencia entre un liderazgo democrático y uno autorreferencial no reside en la cantidad de errores que comete, sino en su disposición para reconocerlos y corregirlos. La soberbia política tiene una característica particular: rara vez se presenta como soberbia.
Suele disfrazarse de convicción. De firmeza. De autoridad. Incluso de eficiencia. Pero cuando la convicción deja de dialogar con la realidad, se transforma en obstinación. Y cuando la autoridad ya no acepta límites, comienza a perder legitimidad, aunque conserve poder.
LA POLÍTICA NECESITA MÁS PREGUNTAS QUE CERTEZAS
Vivimos una época dominada por las afirmaciones categóricas. Las redes sociales premian la respuesta inmediata. Los medios exigen definiciones permanentes.La polarización convierte cualquier matiz en sospecha.En ese contexto, preguntar parece un signo de debilidad.Y, sin embargo, probablemente sea una de las mayores fortalezas de un dirigente. Preguntarse si una decisión puede mejorarse. Preguntarse si alguien ve aquello que uno no está viendo. Preguntarse si la realidad cambió.Los liderazgos que sobreviven son aquellos capaces de revisar sus propias certezas. No porque renuncien a sus principios. Sino porque entienden que ninguna convicción justifica dejar de escuchar.
LA VERDADERA ADVERTENCIA DE MACBETH
Quizás el mayor acierto de la reflexión de Eduardo Fidanza haya sido recordarnos que Macbeth no representa solamente a un personaje. Representa un riesgo. El riesgo de que el poder termine creyéndose suficiente. El riesgo de confundir autoridad con infalibilidad. El riesgo de convertir la crítica en enemistad y la discrepancia en traición. Ese riesgo no distingue ideologías. No pertenece a un partido político. No reconoce fronteras.
Atraviesa gobiernos de izquierda y de derecha, oficialismos y oposiciones, democracias consolidadas y sistemas frágiles. Por eso la mejor defensa de una república no consiste únicamente en fortalecer sus instituciones. También consiste en cultivar una cultura política donde la escucha sea considerada una virtud y no una concesión; donde la autocrítica sea interpretada como un acto de responsabilidad y no de debilidad; donde el poder recuerde, todos los días, que la primera autoridad que debe ejercer es sobre sí mismo.
Porque, al fin y al cabo, toda democracia comienza a deteriorarse cuando quienes la conducen dejan de escuchar. Y ninguna sociedad sale fortalecida cuando el silencio ocupa el lugar del diálogo. Apostar al diálogo como forma de encuentro. Ese es el horizonte.
(*) Abogado y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.