Según la Unión de Kiosqueros de Argentina, están cerrando 70 por día. Entre las razones mencionan el auge de cadenas, la competencia con negocios ajenos al rubro y, especialmente, la caída del consumo y aumento de servicios: “Nunca se vio un parate total como el de ahora”.
En cada rincón de Argentina hay un kiosco. Desde negocios multirubros hasta pequeños emprendimientos familiares o unipersonales, donde los consumidores sacian la sed, el hambre o simplemente salen del apuro. Sin embargo, estos paraísos terrenales están en franco retroceso, víctimas de una política económica que desplomó el poder adquisitivo y empujó a más de 36.000 comerciantes a bajar las persianas. Ellos lo definen con un concepto: están «en peligro de extinción».
Como presidente de la Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA), Ernesto Acuña resume que “en los últimos años, pero sobre todo desde el gobierno de Javier Milei, el sector atraviesa una situación crítica». Los fríos números no lo dejan mentir: de los 96.000 kioscos que había en noviembre de 2024, hoy quedan 59.000. Estiman que unas 70 mil personas debieron buscar otras fuentes de ingresos.
Más allá de las características propias de cada kiosco, generalmente son comercios de barrio atendidos por una o dos personas. Apenas un puñado tiene empleados formales. Los referentes del sector consultados por Tiempo coincidieron en señalar que el rubro, sin excepciones, atraviesa un escenario complejo con tres problemáticas bien diferenciadas que, de no revertirse, reducirá aún más el número de sobrevivientes. Hoy mueren 70 kioscos por día.

Al unísono, las fuentes subrayaron la baja del consumo como uno de los principales escollos. “No se vende nada, estamos con un promedio del 50% de lo que se vendía antes. La merma es dispar de acuerdo a la zona: si estás en Recoleta, Puerto Madero o Belgrano, la baja es de un 10% o un 15%”, describe Acuña quien tiene su kiosco en Olazábal 5314. Hace 27 años que está en Villa Urquiza.
El peor contexto se da en los barrios más populares. “Si en la Ciudad tenés un kiosco en el corredor central, como en Caballito, Flores o incluso Villa Urquiza, la baja representa un 50% respecto al año pasado o dos años atrás. Si te vas al Conurbano, los colegas nos dicen que están vendiendo apenas un 30% de lo que vendían antes y muchos están pensando en cerrar. Lo mismo o peor ocurre en el interior”, precisa el referente de UKRA.
Al otro lado de la General Paz, enclavado en Villa Martelli, Vicente López, el kiosco de José cumple 32 años. “Mi esposa y mi hermano abrieron el local y yo ayudaba cuando volvía de trabajar”, recuerda este ex vendedor de neumáticos. Con el tiempo, sus hijos aportaban lo suyo mientras estudiaban. Hoy, si bien el matrimonio se jubiló, José ayuda al único hijo que sigue con el emprendimiento: “Con los años esto fue mutando. Hubo situaciones muy distintas, pero puedo asegurar que nunca se vio un parate total como el que hay ahora”. El consumo baja, pero los servicios aumentan: “Un colega de Lugano me comentaba que estaba pagando un millón y pico de alquiler y se lo llevaron a 2.600.000. Se tiene que ir o cerrar. Nosotros no pagamos alquiler, si no con esta baja en las ventas nos pasaría lo mismo”.

Como segundo punto, desde el sector indican que el surgimiento de las cadenas de kioscos en las ciudades lleva al abismo a los comerciantes tradicionales. “Vos tenés un kiosco a mitad de cuadra y vienen estas franquicias y te abren uno en la esquina y otro en la otra. Porque hacen eso, buscan las esquinas. Por cada uno que abre, cierran cinco o seis”, se queja Acuña. Y advierte: “Si antes ganabas 100, ahora te llevas 33 o menos porque lo tenés que repartir con estas cadenas. Entonces, el kiosco de barrio cierra, porque ellos tienen otra espalda”.
José también hace hincapié en este fenómeno: “Estas cadenas hacen una especie de dumping. Vienen, te instalan un kiosco y te bajan los precios durante seis meses, te funden y después se quedan solos. Ahí vuelven a modificar los precios”.

El tercer factor es también importante: la mercadería que tradicionalmente se vendía en los kioscos dejó de ser exclusiva. No es casual que la Ciudad de Buenos Aires o los principales centros urbanos hayan perdido la mayor cantidad de estos comercios: “Hoy se puede vender cualquier cosa en cualquier lugar. Capital es un desmadre total. Una farmacia te vende golosinas, un supermercado chino te vende cigarrillos, las verdulerías pusieron heladeras con bebidas. Vas a un corralón y entre moladoras y bolsas de cemento tienen un kiosco en la caja”, enumera Acuña.
A Christian le suelen decir ‘Diego’ porque su negocio está dedicado al astro del fútbol. En 2028, MaxiD10sko cumplirá dos décadas en Blanco Encalada 5029, CABA. El joven se siente un privilegiado de estar a pocos metros de la Estación Urquiza del Tren Mitre y del Subte B. “Antes se trabajaba más tranquilo. De pronto es como que nos dieron una cachetada. La mayoría no le encuentra la vuelta para poder seguir adelante”, grafica.
“Antes era más fácil mantener el negocio: comprábamos mercadería, había stock, y si bien aumentaban los precios había mucha venta -continúa Christian-. Lo que cambió es que hace un año y medio todo aumentó mucho de golpe y a la gente le cuesta comprar. Luego, el precio de la mercadería se estancó, pero nos dieron un batacazo y siguen aumentando todos los servicios: la luz, el alquiler, las expensas”.
El presidente de UKRA agrega que en el primer semestre que asumió Milei la luz escaló al 400 por ciento: «En algunos casos se quintuplicó. Todo de un día para el otro. Y los incrementos continuaron”. Acuña sentencia que en sus 27 años de kiosquero “por primera vez estamos pagando más de boletas de luz que de alquiler”.
Los kioscos supieron adecuarse a las diferentes coyunturas. Desde sumar cabinas de teléfonos hasta fotocopiadoras, o el cobro de boletas de los servicios, gestionar la entrega de paquetes como punto de retiro y hasta la elaboración de comida casera. El deterioro es notable. Desde Villa Martelli, José destaca que hace años “un negocio como el nuestro gestionaba ingresos como para que vivan dos familias. Hoy creo que no subsiste ni una”.
Acuña reconoce que en las crisis aparece el “kiosco ventana”: “Gente que quizá no llega a fin de mes y con una inversión abre un negocio en el garaje, en la ventana de un dormitorio o en el comedor”. El futuro de estos kiosquitos queda atado a la pericia del emprendedor que, como contraparte, puede perder sus ahorros.
Esta tendencia, propia de estos tiempos, “a la larga termina jodiendo al kiosquero de barrio de la zona, que antes estaba solo y ahora ve que en la cuadra hay dos o tres. En el Conurbano hay cuadras con 10 casas y 5 kioscos”, analiza Acuña, quien aclara que desde UKRA representan “a todos los colegas por igual”. Menos a las cadenas: “Ellos sí son nuestros enemigos y uno de los culpables de que cerremos”.