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La industria, cada vez más amenazada

El rol de los Estados es fundamental para evitar la destrucción de empleo. Argentina sigue a contramano.

Una de las noticias más difundidas en la semana fue el cierre del fabricante de neumáticos FATE. No es casual esa relevancia, más allá del grave despido de 920 trabajadores y trabajadoras (además de los cientos que ya despidió en otras oportunidades). Sucede que FATE es una de las empresas de capital nacional emblemáticas del entramado industrial argentino.

Surgió como una PyME (Fábrica Argentina de Telas Engomadas), y fue convirtiéndose en una industria pujante, diversificando productos (muchos nos acordamos de las primeras calculadoras electrónicas que se utilizaron en nuestro país, marca FATE). Tuvo transformaciones en su crecimiento, hasta llegar a ser, hace poco, el principal proveedor de neumáticos de reposición, que son los que compra el público en general.

Es una empresa, como tantas otras, que fue progresando gracias a las políticas estatales que veían en el sector manufacturero la posibilidad de desarrollo del país, junto con una creación considerable de trabajo de calidad que sostenía a la importante clase media argentina, un distintivo respecto a otras naciones de la región.

De allí que podemos considerar el cierre de FATE como dramático: por lo ya comentado y por la situación actual por la que atraviesa la empresa. FATE sobrevivió a las crisis económicas de la gestión de Martínez de Hoz, a la convertibilidad y su derrumbe, al gobierno de Mauricio Macri y a la pandemia. Pero no puede sobrevivir a estos últimos años.

En 2025, se importaron cerca de 8 millones de neumáticos sobre un mercado que ronda los 10 millones anuales. Como consecuencia de ello, el 75% del mercado de neumáticos en nuestro país está compuesto por unidades importadas.

No es la única actividad impactada por las compras externas. Si se toma la variación en cantidades de las importaciones de todo 2025 respecto al año anterior, tenemos ejemplos como la “línea blanca” que exhibe un crecimiento del 220%, la maquinaria agrícola (+121%), el sector automotriz (+56%), juguetes (+87%), calzado (79%) y textiles (67%). Pero también la suba alcanza a los rubros alimenticios: fideos secos (+171%), sector cárnico (+109%) y lácteos (95%). Una breve pero dura enumeración.

Este resultado de las importaciones, junto con otras variables del modelo, como la reducción del consumo, la sobrevaluación de la moneda y las altas tasas de interés para los créditos a la producción, impactan negativamente en la producción.

El Índice de Producción Industrial Manufacturero (IPI) arrojó una caída del 8% cuando comparamos el total de 2025 respecto al 2023. Pero esta cifra, muy preocupante, no resulta suficiente para analizar la evolución del sector. Siguiendo la misma medición, de las 68 subdivisiones del índice, 15 presentan una caída superior al 20%; 16 una merma entre el 10% y el 20%, y hay 20 subdivisiones con caídas inferiores al 10%. Fueron sólo 17 las que evidenciaron crecimiento. Es un panorama más que preocupante.

No casualmente, la subdivisión que más cayó fue neumáticos (-48%), es decir, en 2025 produjo la mitad de lo que elaboró en 2023. Y también es significativo que, desde julio del año pasado, el IPI muestra variaciones interanuales negativas en cada uno de los meses: para que quede claro, estamos comparando con iguales meses de 2024, un año de profunda caída productiva.

No suelo utilizar tantos números en mis notas periodísticas, pero es necesario para comprender la magnitud del daño que está sufriendo la mayoría de la industria manufacturera.

La razón de esta situación se encuentra en el modelo aplicado, que ya es la cuarta oportunidad que lo estamos viviendo en nuestro país. Por un lado, no hay políticas orientadas a la industria. Tampoco parece que este importante sector interese al gobierno. Y las políticas en general han llevado a una caída de la producción y del consumo. Por otro lado, la desenfrenada importación de mercancías (que el gobierno favorece y elogia) ha erosionado una multiplicidad de sectores, y no sólo los industriales.

A medida que se profundice el modelo, esta situación será cada vez más complicada.

Es notorio que la flexibilización de importaciones aplicada en la Argentina está en las antípodas de la política arancelaria proteccionista que está empleando Estados Unidos y su presidente, Donald Trump (el considerado principal aliado por parte de Javier Milei), intentando paliar los negativos efectos sobre la producción y el trabajo estadounidense de décadas de extremo libremercado.

Por el lado de la Comisión Europea, ésta propone que el sector público invierta en el desarrollo de sectores estratégicos industriales europeos, ayudando a sostener la demanda a través de compras y contrataciones públicas, las que deben tener en cuenta “requisitos de origen de la UE, de bajas emisiones, o ambas”. El objetivo final de estas medidas se orienta a que su industria vuelva a pesar un 20% del Producto Interior Bruto en 2035.

En estos tiempos de cambios tecnológicos tan significativos, y de reconfiguración productiva, el rol de los Estados es fundamental para evitar que estos procesos destruyan industrias y dejen tendales de desempleados. En Argentina se seguirá desregulando, al menos hasta que la resistencia de los ajustados y perjudicados ponga un límite.

Carlos Heller es Presidente Partido Solidario

(fuente: https://www.pagina12.com.ar/)

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