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Nostalgias de Milei

Por Guillermo Cichello   –

 

“Uno de los errores más trascendentes en que han incurrido

los hombres de gobierno de la República Argentina,

ha sido preocuparse exclusivamente en atraer al capital extranjero,

rodearlo de toda especie de franquicias, privilegios y garantías (…)

menospreciando el capital criollo y descuidando al trabajador nativo,

que es insuperable en el medio”.

 

Juan Bialet Massé, Informe sobre el estado de la clase obrera argentina (1904)

 

 

  1. I) En ocasiones el presidente Javier Milei añora una edad de oro de la Argentina, una gloria original cuyo restablecimiento sería la misión superior de su gobierno. La narración de esa época bienaventurada, incluye un panteón de héroes (unos incómodos Alberdi y Roca) y una abrupta decadencia, la maldición de la caída en la corrupción del año 1916, momento –recordemos- en que la clase dominante debió abandonar el fraude electoral y someter la dirección del Estado al veredicto del voto popular, secreto y obligatorio.

Cito algunas de esas afirmaciones, propias de su estilo atropellado en desmesuras: “La Argentina arrancó el siglo XX siendo el país más rico del mundo (…) De ser un país de bárbaros enfrascados en una guerra sin cuartel, pasó a ser la primera potencia mundial. Para principios del siglo XX éramos el faro de occidente (…) Lamentablemente nuestra dirigencia decidió abandonar el modelo que nos había hecho ricos y abrazar las ideas empobrecedoras del colectivismo (…) La decadencia argentina arrancó con el primer populista llamado Hipólito Yrigoyen, quien contaminó de socialismo el país”.

El término “socialismo” para denominar el amplio arco que va de 1916 a la actualidad, tiene la misma precisión que las ensoñaciones del faro de occidente y del primer puesto de la riqueza mundial. Para la construcción de semejante primacía argentina, suele citar una fuente muy cuestionada -la Serie Madison, de una Universidad de los Países Bajos-, que ha postulado con inferencias proyectadas al pasado que el producto bruto per cápita argentino de 1896 fue el más alto del planeta y en ese rango se mantuvo en las primeras décadas del siglo XX.

Esa es, entonces, su tierra prometida, su tiempo dorado; rumbo a ese norte encamina su administración.

 

  1. II) Aún si tomáramos por ciertas sus creencias sobre la ocupación del podio de la riqueza mundial, es útil considerar cuál era la situación real de los argentinos en aquella Edad de Oro, más allá o más acá de los datos que expresa la serie estadística. Y para hacerlo consideremos los informes que dejó un agente del gobierno nacional en la segunda presidencia del mismo Julio Argentino Roca que tanto Javier Milei dice estimar.

Su ministro del Interior, Joaquín V. González -preocupado por un naciente clima de agitación que crecía en los sectores populares-, ordenó en 1904 un estudio sobre el estado de la clase obrera en las provincias argentinas. El designado en la tarea fue el profesor, médico y abogado Juan Bialet Massé, a quien deberíamos honrar más de lo que lo hacemos, empezando por leer su detallado informe. Recorrió los rincones más remotos de 14 provincias argentinas en su afán de saber las condiciones de vida y de trabajo en el campo, el obraje, el ingenio y la zafra, las características del empleo en las minas, las caleras, los ferrocarriles, las bodegas y los talleres, las realidades laborales de lavanderas, costureras y planchadoras.

A lo largo de su minucioso recorrido fue formándose una impresión desoladora sobre el mal estado de la población criolla. Provincia a provincia detalló lo encontrado en un mundo laboral todavía invisible, verdadero sostén y reverso de la riqueza nacional.

Veamos someramente algunas particularidades de las provincias que estudió, siendo unánime, en primer lugar, la constatación de “jornadas laborales embrutecedoras y homicidas”, consecuencia de que “la acumulación de brazos hace que los patrones abusen, pagando mal y exigiendo un trabajo excesivo”.

En el Chaco “a la par de las prodigalidades de la naturaleza se hallan todas las ruindades de la codicia humana, para explotar el poderoso al débil, sin que le sirvan de vallas ni la ley ni el sentimiento de humanidad”; sujetos que “no quieren ser maltratados y prefieren morir de cualquier modo, hasta de hambre, antes de soportar el látigo o el palo”. En un paraje desoladoramente pobre de esa región escribe: “En dos palabras puedo resumir lo que allí pasa. Desnudez, tapada con harapos deshilachados; flacura de hambre y miseria encerrados en el toldo de paja (…) No puedo menos de pensar que aquellos seres flacos y miserables, tienen un derecho consagrado por la Constitución”.

“En San Cristóbal una persona de alta posición cree que nada hay que estudiar en la cuestión indios: lo único que hay que hacer es exterminarlos, y si queda alguno llevarlo a la Tierra del Fuego”, y ese pensamiento no era sino el sentir general de esa elite sobre el tema. Recuerdo, entre tantos testimonios, el relato titulado La cacería sobre un hecho real que Horacio Quiroga escribió en 1917 sobre la matanza de indios como si fueran animales predadores, en un obraje maderero de Misiones. Podríamos decir que ese era el espíritu de la época, aunque –con sus mediaciones- algo o mucho persiste hoy en la concepción de esa clase sobre el pobrerío.

En Santa Fe describió lo que quedó del enorme y añoso quebrachal situado al norte de esa provincia. Leemos: “Hace 17 años que se empezó la explotación en grande escala. Los pingües resultados obtenidos han ido agrandándola en progresión geométrica, dejando centenares de leguas arrasadas; porque allí no se explotan los bosques, no se deja un árbol, ni siquiera un arbusto. Los antiguos propietarios vendieron los campos por precios irrisorios, se paga poco, se estruja al obrero, y no se piensa sino en el lucro presente”.

En Tucumán: “Nació el ingenio tucumano con todos los vicios de la servidumbre colonial, exagerados y sin faltar uno solo”. Las leyes sancionadas a gusto empresarial oficiaron de “yugo, no ya al indio conquistado, sino al ciudadano libre, amparado por la más democrática de las constituciones”, consecuencia “peligrosa de haber dejado en manos de los patrones la facultad de legislar el contrato de trabajo cuando el obrero no tiene intervención en la formación de la ley”. Verificó que en los ingenios no se completaba la remuneración de los trabajadores sino con raciones de carne, maíz, sal y leña (lo mismo que la proveeduría forzosa, libreta y vales que implementaba La Forestal en el norte santafecino), en “jornadas de sol a sol con descanso de una hora en el invierno y dos en verano (y) un descanso dominical sólo cuando no es época de cosecha; en ésta, el trabajo no tiene interrupción”.

Pero como esto no saciaba la codicia de los dueños de los ingenios, mantenían “la costumbre de defraudar en el peso de recepción, con grave daño del cañero, del obrero y del fisco”, cosa que motivó que el gobernador designara por ley interventores fiscales para controlar las básculas, comprobando así que “el robo ultrapasaba los límites de lo inicuo”. Esa mínima y sensata intervención estatal “no la perdonaron jamás la mayoría de los azucareros”.

“Muchos dueños de ingenio –informó Bialet Massé- explotan al cañero con más refinada codicia que al obrero mismo; el avance del capital anónimo y exótico tiende a asolar sin piedad, por medio de la hipoteca y del préstamo usurero, y a esclavizar o eliminar al hijo del país”.

Leamos su descripción en la misma provincia sobre el trabajo infantil en los frigoríficos (“un abuso o, mejor dicho, un crimen que no puedo silenciar”). Para colocar la carne en unos ascensores en plano inclinado “se colocan 3 niños de cada lado (…) chiquilines de 10 a 12 y algunos de 8 años que, al menor descuido, caen y se rompen las extremidades o se mueren, lo mismo da. Ahora se les hace el beneficio de prohibirles el poncho, causa de numerosas desgracias; mas como el trabajo es en el invierno crudo, la bronconeumonía de cuenta de muchos”.

Recordemos que no está escribiendo este informe un dirigente anarquista ni un delegado de gremio comunista. Lo hace, en misión oficial, un agente del gobierno nacional, designado por la administración Roca.

Los trabajadores que observó en la minería y la alta agricultura en la provincia de La Rioja “se hallan en un estado tan deplorable, que sienten ya los efectos de la alimentación insuficiente. Sus brazos van a ser pocos para la minería misma, por la emigración que produce el actual estado de cosas, y si en toda la República es necesario acudir en ayuda al obrero, en La Rioja es un deber urgente”.

Visita parajes, ranchos, carpinterías y talleres sin ocupación y siempre comprueba lo mismo: “flacuras y miseria y hambre”.

En Córdoba (“la ciudad que tiene más mortalidad por enfermedades infeccionas de la República) advierte que “no hay en el mundo un pueblo más refractario a pagar los impuestos (…) el gobierno debe hacerlo todo sin darle los medios de llenar esa misión”. Esos “ricos roñosos que cuadriplicaron su riqueza” han implementado “jornadas de más de 12 horas y pagan al peón, a la mujer y al niño jornales muy inferiores a la ración mínima…”. Y “si alguno se acerca al obrero para aconsejarle instrucción, moralidad y economía, asociación y dignidad, los contratistas lo miran con ojos torvos y acusan de anarquismo (…) a los que creen que perturban la explotación villana que ellos hacen del obrero, al que consideran menos que a un animal barato…”.

Su estudio de las empresas ferroviarias le hizo notar la cantidad de graves accidentes causados porque los maquinistas y los fogueros pasaban “más de 20 horas de servicio continuo”, en jornadas que sólo “los oprimidos por el hambre de sus familias pueden aguantar”. Un criterio empresarial, escribió Bialet, conocido como Sweating system (sistema de sudor).

“Hay compañías que rebajan sueldos, sin más aviso que la liquidación interna el día del pago; abuso inadmisible que altera las bases fundamentales del contrato (…) Desde hace años ha entrado en varias compañías como una fiebre de ahorro sobre el trabajador que las induce a extremos lamentables (…) Una empresa prometía a sus empleados la jubilación a los 30 años de buenos servicios; un contador que en 29 años no había dado lugar a la menor queja, es despedido por razones de servicio, evidentemente para burlar sus derechos legítimos. Con cualquier pretexto se despide a los buenos empleados y se pone al que sigue en categoría, pero sin aumentarle sino una parte del sueldo”.

Podríamos abundar en cientos de observaciones del vasto informe de más de 1500 páginas, pero lo referido quizá sea suficiente muestra de su peregrinaje como inspector laboral del país, que le permitió formarse una idea clara sobre las penurias del trabajador argentino y, sobre todo, de la clase dominante realmente existente en el país. Una clase que clama y recibe continuamente “protecciones desmedidas acordadas a la supuesta industria que en nada benefician al verdadero productor”, favorecida por un sistema tributario injusto (“un paquete de cigarrillos del pobre paga 42 % de impuestos, un paquete de lujo paga 30 %), renuente a cualquier control público, remisa a pagar impuestos y ávida en su acumulación de capital al precio de la devastación ambiental y la explotación humana. Esas características constituyen lo que Bialet Massé llamó el endémico “vicio de la burguesía” argentina.

Con base en este informe, el Ministerio del Interior del presidente Roca elaboró una Ley Nacional del Trabajo. Se presentó a debate en el Congreso en aquel año de 1904. Fue rechazada por la presión de los sectores dominantes.

Este fue entonces el reverso de aquella riqueza argentina, el dorso de la potencia económica que Javier Milei añora y desea regresar.

Con los años, los gobiernos “empobrecedores y socialistas”, como los de Yrigoyen y Perón, incorporaron a la legislación laboral muchos de aquellos artículos rechazados en 1904 y dieron paso a procesos creadores de instituciones estatales que mitigaron, encauzaron y a veces lograron impugnar la voracidad del capital.

 

III) Más allá del formato bizarramente novedoso, Javier Milei expresa el viejo anhelo restaurador de la elite dominante argentina. Esa clase jamás terminó de aceptar que la Casa Rosada no sea sino un apéndice institucional de sus intereses, tampoco que el Congreso legislara normas que cuestionaran su posición ni que los tribunales investigaran a alguno de sus miembros. Aborreciendo toda idea socialmente igualitaria, dicha elite se observa como la cúspide de una sociedad estamentaria, en la que los lugares de “arriba” y de “abajo” deben quedar claros y fijos indefinidamente.

Por eso, cuando Milei añora esa edad dorada y anuncia su reposición, cuando grita sus delirios de superioridad moral y estética, cuando promete destruir las regulaciones del Estado y sus leyes laborales, o descarga la crueldad represiva contra pobres y excluidos, esa vieja y conservadora elite sueña que vuelven aquellos aires de libertad.

 

 

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