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LITERATURA, LA HORA DEL CUENTO: LA FRUTILLA

LA FRUTILLA

por Rodolfo Oscar Negri   –

 

Estoy convencido de que muchas de las situaciones que va deparando la vida tienen un complemento que las enmascaran y que ayudan a darle una significación especial.

Cuando ingresé a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata, mientras desarrollaba el curso de ingreso y con el temor propio de penetrar a un mundo nuevo y desconocido, conocí a Arturo. Un compañero que el azar sentó al lado mío, con quien –seguramente para apoyarnos el uno al otro en aquel ambiente académico, rancio y (pensábamos) hostil- comenzamos a estudiar juntos.

Así fui un día a su casa para repasar algunos temas pendientes y cuando ingresé me sorprendí. La casa era señorial y estaba ubicada en el centro de La Plata, pero no fue eso el motivo que me llamó la atención, sino la habitación a la que fuimos a estudiar. Era hermosa, tal vez la más hermosa que he conocido. No sé porque sentí que aquel lugar me esperaba. Lo más importante era una enorme biblioteca, impactante, con detalles exquisitos en cada lugar, totalmente de madera  lustrada, que abarcaba las cuatro paredes y que –abarrotada de libros- se me ocurría que escondía los tesoros más interesantes del conocimiento de la humanidad. Era, sin dudas, la biblioteca más bella que vi en mi vida.

El resto del mobiliario, haciendo juego, parecía que nos ubicaba en un santuario de lectura y meditación.

El padre de Arturo, un señor mayor de gran porte, abogado y constitucionalista, nos visitaba muchas veces cuando estábamos en plena lectura y escuchaba, tanto lo que leíamos, como los comentarios que aportábamos. Entonces él mismo volcaba su opinión. Siempre sabía. Siempre justa. Me fascinaba su cultura y su erudición, volaba entre Aristóteles y Santo Tomas de Aquino, sin escalas y con una facilidad asombrosa.

Siempre nos decía: “Nunca entenderán a los clásicos, porque a ellos hay que leerlos en su propia lengua para comprenderlos realmente”.

Alguna vez me animé a preguntarle:

  • Doctor ¿Cómo es que Ud. no enseña en ninguna Universidad?

El me miró a los ojos y me respondió:

  • Después de “la noche de los bastones largos”[1] es un desprestigio el enseñar en una Universidad argentina y, por otra parte, ¿no cree que es una vergüenza enseñar Derecho Constitucional cuando reina una dictadura militar en el país en lugar de hacer algo para echarla?

Allí terminó el diálogo.

El lugar, las reflexiones, el diálogo… todo, todo me impresionaba. Aquella biblioteca era mágica y me atraía como un imán al que no le ponía ninguna resistencia.

Después me enteré de que este hombre –el padre de mi compañero- era un entrerriano, nacido en Concordia, que había estudiado en el Colegio Superior del Uruguay Justo José de Urquiza, recibido de abogado en la UNLP y que no era otro que Arturo Enrique Sampay, el principal redactor de la reforma constitucional de 1949  y cuyos aportes no solo le dieron sus características a aquella Constitución Argentina, sino que se incluyeron en varias constituciones del mundo.

De todas maneras, si esa situación me conmovió durante muchísimo tiempo, me esperaba otra sorpresa. No hace mucho y comentándole a mi hermano mayor aquella experiencia, que tenía escondida en la memoria, en aquel mágico lugar, él –sorprendido- me dijo: “¿y no sabés quien hizo esa bella biblioteca y todo el mobiliario que tanto te impresionó?”.

“No, le respondí, pero es obvio que fue un carpintero”.

“Mas que un carpintero, un ebanista -me dijo-, Papá”. Esa revelación me conmocionó, porque si algo le faltaba a aquel fantástico recuerdo, era la participación de mi propia sangre en su esencia.

Era –tal vez- un regalito que le vida me tuvo oculto durante muchos años, una sorpresa para que aquel hecho impresionante para mí  tuviera una coronación… la frutilla del postre.

 

Este cuento forma parte del libro “Historias de la Rys y otros cuentitos” de Rodolfo Oscar Negri, editado por UCU en diciembre de 2014 y reeditado en diciembre de 2020.

 

[1] Así se llamó al desalojo ordenado por la dictadura de Juan Carlos Onganía y ejecutado violentamente por la Policía Federal Argentina, el 29 de julio de 1966, de la Universidad de Buenos Aires (UBA), ocupada por estudiantes, profesores y graduados, en oposición a la decisión del gobierno militar de intervenirlas universidades y anular el régimen de cogobierno propio de que gozaban las altas casas de estudio.

Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 23/8/2023

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