Probablemente, la primera escuela lancasteriana de América Latina funcionó en la entrerriana Concepción del Uruguay, por impulso del chileno Solano García. El religioso dejó marcas en lo que fuera el territorio de la banda oriental, a partir de su decisión de acompañar el ideario artiguista.
Por Rubén I. Bourlot
“¿Y Fray Solano García, / el chileno de Rancagua, / que alegrara aburrimientos / con artiguistas barajas?”, se pregunta el escritor uruguayo Juan Carlos Sabat Pebet en su poema “Romance de las ausencias”. Y nos preguntamos también ¿quién fue ese Solano García? ¿Qué fueron esas artiguistas barajas? No es mucho lo que se sabe pero sí que fue uno de los tantos curas franciscanos que estuvieron al lado de Artigas y pisaron suelo entrerriano.
Solano García había venido de Chile donde nació en 1784 y estuvo como párroco de la Inmaculada Concepción entre 1815 y 1818. En Chile adhirió a la causa patriótica y participó de la desastrosa batalla de Rancagua el 1 y 2 de octubre de 1814 donde los realistas derrotaron al ejército independentista al mando de Bernardo de O’Higgins y recuperaron el poder. Así terminó la etapa de la “Patria vieja” de Chile y los patriotas que pudieron cruzaron la cordillera de los Andes, entre ellos Solano García que atravesó el territorio rioplatense y se presentó al protector Artigas, en Purificación. De ahí fue enviado a Concepción del Uruguay para colaborar con el comandante Juan Antonio Berdún, que “me glorió haber inspirado en aquel buen hombre, durante este corto tiempo, las más benéficas y liberales ideas hacia los indígenas de esta capital”, dice Solano García, y finalmente hacerse cargo de la parroquia local.
Una escuela
Con la parroquia a su cargo en la antigua Villa del Arroyo de la China, donde fue convocado el histórico Congreso de Oriente de 1815, Solano García fundó una escuela de primeras letras, seguramente inspirado en las preocupaciones de Artigas (“Los jóvenes deben recibir un influjo favorable en su educación, para que sean virtuosos y útiles a su país…”, decía el Protector).
No quedaron en la ciudad indicios de esta institución establecida “a mi costa, con todo surtido, una academia de primeras letras”, testimonia Solano. Por su parte el sacerdote chileno Camilo Enríquez corrobora en un escrito en el periódico El Censor de Buenos Aires, en 1817, que, en Concepción del Uruguay, y bajo la protección del Comandante artiguista José Antonio Berdún, observó el funcionamiento de una escuela privada y gratuita cuyo preceptor era Fray Solano García, donde se aplicaba -por primera vez en América- la metodología lancasteriana, y con éxito que lo sorprendió.
En efecto, pudo comprobar que “en el espacio de seis meses un gran número de niños leían un libro, conocían todos los números y caracteres manuscritos, los hacían, escribían cualquier palabra dada y explicaban (…)”.
Y agrega el fraile visitante que “a la arena ha sustituido una gran pizarra: los niños aprenden a un mismo tiempo a leer, escribir, y con más expedición escriben que leen al principio. Igualmente estudian la Gramática castellana y los elementos de aritmética (…)”. Conviene destacar algunos aspectos de esta trascripción. Primero, el hecho de haberse adelantado Solano García a la metodología que difundió en América el pastor James Thomson, y aplicarla en un contexto artiguista. Segundo, el proceso acelerado de aprendizaje, con los resultados que Enríquez -quien no era partidario de Artigas- pudo verificar. Tercero, la innovación didáctica de aprender lectura y escritura al mismo tiempo, e incluso ésta antes que aquella (la práctica tradicional era comenzar a escribir cuando ya el niño sabía leer). Cuarto, la aparición del pizarrón sustituyendo a la pizarra manual de estilo.
Naipes artiguistas
Otra de las actividades del ilustre chileno en la ciudad Histórica fue la fabricación de naipes impresos con planchas de madera y pintados a mano, “actividad que le permitía subsistir”, dice el historiador Oscar F. Urquiza Almandoz, en donde plasmaba efusivas consignas artiguistas como “con la constancia y fatigas Libertó la patria, Artigas” y “el oriental no sufre tiranos”, entre otras. Esta forma de propaganda, podemos caracterizarla como muy vanguardista, contribuyó a la propagación del ideario artiguista entre el paisanaje mientras mataban el tiempo jugando una partida de truco. Suponía además que estos hombres que gritaban el ¡quiero vale cuatro! eran los suficientemente ilustrados para poder leer esas sentencias.
En 1818 viajó a Buenos Aires y fue arrestado por sus vínculos con Artigas. En su defensa, para salvar el pellejo, escribió una extensa misiva al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón donde alega que había sido arrestado por los artiguistas, pero además había cumplido con un enérgico papel para lograr la concordia, cerrar la grieta diríamos hoy, y desde “entonces comenzó a escucharse el nombre de ‘porteño’ con menos odiosidad”, dice. Pasado ese mal trance fue a vivir a Montevideo y más adelante viajó a Europa. A la vuelta se vinculó nuevamente con Artigas en los últimos momentos antes de su retiro en el Paraguay.
En 1821 fue nombrado párroco de Paysandú y desde ese lugar consta que se preocupó por el desarrollo de la agricultura y la industria. Continuó con la actividad política, fue elegido diputado por la localidad, participó de la Asamblea Constituyente y Senador de la República en dos períodos. Falleció en Montevideo en 1845, a los 65 años.
Para seguir leyendo
– Urquiza Almandoz, O. F., (2002), Historia de Concepción del Uruguay, Entre Ríos: Comisión Técnica Mixta de Salto Grande.
– Archivo Artigas (versión digitalizada existente en el Archivo General de Entre Ríos)
– Más contenidos sobre nuestra región en la revista digital Ramos Generales disponible en lasolapaentrerriana.blogspot.com
Fuente: El Diario
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 2/10/2021

