Por Susy Quinteros –
El hombrecito de la sombrilla
Una mañana llamó mi atención un hombrecito delgado de escaso pelo que iba y venía siempre por las mismas calles. Ya lo había visto otras veces llevando en sus manos una gran sombrilla. En la galería de los personajes del lugar lo apodaban el loco de la sombrilla. Sabían que podía caminar mañana y tarde sin cansarse, que compraba comida siempre en la misma rotisería y que, con el paquetito bajo el brazo, se perdía en el zaguán de su heredada casa. Una mañana lo observé con atención y me pareció descubrir en esa adultez de pocas voces, la imagen borrosa de un niño pálido, muy calladito, que jugaba con figuritas sobre las baldosas de la esa casa en la que yo descubría las verdades de las matemáticas. El padre músico y el hijo estaban bajo la férrea tutela de una mujer que no solo atendía el cotidiano trajinar de la casa sino que sentada frente a su mesa de saber recibía alumnos de la mañana a la noche.
Supe entonces que el extraño hombrecito era Eustaquio, (jamás olvidé ese nombre) el niño mimado de la señora Broderman, que crecía ese verano entre enredaderas, alegres pasos de estudiantes, sonidos de instrumentos, y la voz firme y clara de su madre.
