Por Pabo Stein.
Cada vez que un yanqui ofrece ayuda siempre hay que esperar ver cuáles son sus reales intenciones porque su norte es la ganancia y nunca el convencimiento de que una causa es justa. Eso lo aprendimos muy pronto los entrerrianos, aunque lamentablemente la propaganda tan bien distribuida por sus usinas de poder mediático ha convencido a muchos de que son los líderes de las causas populares y sus esfuerzos por ayudar a las naciones en problemas son la meta de su vida.
En busca de fortuna
Nacido en Springfield, ciudad que no debe relacionarse con una serie cómica de Estados Unidos, sino con el Estado norteño de Massachusetts en 1806, John Coe siendo muy joven emprendió un largo viaje en busca de fortuna y en 1824 estando en Perú, se unió a la campaña libertadora de San Martin y embarcado en uno de los navíos que sitiaba el puerto español del Callao.
En 1826, hizo valer su experiencia como marino para ingresar en Buenos Aires a la escuadra del Almirante Brown y fue asignado a prestar servicios en la nave 25 de Mayo (nave insignia).
1826 lo encuentra a bordo de la goleta Sarandí, con la cual emprendió en las costas brasileñas una guerra de corso a los fines de dañar no solo el comercio del Imperio sino también impedir el abastecimiento de sus tropas.
Estas acciones lo elevaron al rango de capitán, pero cuando fue enviado a negociar con el comandante Sena Pereira fue tomado prisionero, aunque logró huir de la nave en la que estaba retenido y el 8 de febrero de 1827 participó en la batalla de Juncal, la mayor victoria naval Argentina.
Cambiando de bando
Al fin y al cabo, los propósitos de Coe cuando dejo Estados Unidos fue el de lograr fortuna y no tenía más ideología que la que sirviera a sus propios intereses.
Fue así que pasaba de un bando a otro y cuando en 1835 Rosas lo separó de todo mando militar, Coe corrió a la banda oriental y se puso al servicio de Fructuoso Rivera quien le dio el mando de la escuadra que enfrento a su ex jefe, Guillermo Brown, aunque el 1841 el gobierno de Montevideo lo dio de baja, y habiéndose casado con una sobrina del general González Balcarce, volvió a las órdenes de Don Juan Manuel de Rosas. Ante la caída de Rosas no vaciló en unirse a Justo José de Urquiza que cometió el error de nombrarlo jefe de la escuadra confederada que debía bloquear el puerto de Buenos Aires.
El oro porteño
Corría el año 1853. Buenos Aires se separaba de las demás provincias de la Confederación y estaba sitiada por tierra y agua por el general Urquiza.
Entonces llegó la hora de la traición. John Coe recibió el ofrecimiento del gobierno porteño: 2 millones de pesos a cobrar en onzas de oro para entregar las naves que bloqueaban su puerto.
El precio de la traición
Coe le entrego a los porteños los vapores: Almirante Brown, Constitución y Correo, los bergantines “Enigma”, “Once de Septiembre” y “Rio Bamba”, la goleta “Veterana” y los queches “Rayo” y “Carnaval”
La Huida
Con los bolsillos llenos, Coe de inmediato se embarcó en la corbeta yanqui Jamestown con rumbo a los Estados Unidos.
Antes de abordar, se encontró con José María Paz e intento darle la mano.
Paz fue un luchador convencido, digno, y respetable. Cuando Coe extendió su mano para saludarlo, el hombre, ya anciano le escupió en la cara su desprecio: ¡“El General Paz no saluda a traidores”!
Regreso con Bartolomé Mitre presidente y murió en Buenos Aires el 30 de octubre de 1864. Todo un ejemplo de la ayuda que te pueden brindar los yanquis.
Bibliografía Consultada
Jorge Barroca; “La traición se llamaba Coe”; Revista “Todo es historia” Nº 4”