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Un día como hoy de 1975 muere Ovidio Cátulo Castillo (1906 – 1975)

Como Discépolo, al igual que Homero Manzi y otros representantes auténticos del arte popular, Cátulo Castillo fue bastante más que un mero poeta de tango. 
Como bien sintetiza Horacio Ferrer: “Cátulo es el pueblo. Y además de ser el pueblo, es un pueblo él solo…”.
 En 1923, compone “Organito de la tarde”, su primer tango. Por la misma época practica boxeo, llegando a ser campeón argentino de peso pluma y preseleccionado para las Olimpíadas de Ámsterdam.
En 1926, con las regalías de sus tangos, viaja por primera vez a Europa, donde luego va a dirigir su propia orquesta. Pero esa no fue su única actividad.
En los ’40 y ’50, cuando el tango vuelve a alcanzar el auge de antaño, se consagra a la poesía y escribe con los compositores más destacados: Mores (“Patio de la Morocha”), Pontier (“Anoche”), Pugliese (“Una vez”), Piana (“Tinta Roja” y “Caserón de tejas”) y su gran colaborador desde 1945: Aníbal Troilo (“María”, “La última curda”, “Una canción”).
 En esos años, se dedicó al periodismo en diversas revistas, publicó el libro “Danzas Argentinas” (1953), hizo canciones para distintas películas, escribió el sainete lírico “El patio de la Morocha” (con música de Troilo), fue secretario y presidente de SADAIC en distintos ciclos.
Asimismo, publica colaboraciones en “La Prensa”, por entonces en manos de la CGT, donde su amigo César Tiempo dirige el suplemento dominical. Hasta que en 1953, ante las iras de la crítica oligárquica, será designado presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la Nación.
 Ernesto Sanmartino, el radical unionista que bautizó a las masas peronistas como “aluvión zoológico”, se lamentaba entonces en un diario de Montevideo: “El país que produjo a Sarmiento, Guido Spano, Lugones, Almafuerte, Hernández, Rojas y tantos otros escritores y poetas famosos, sufre hoy el ludibrio de tener como máximo representante de su cultura al autor del sainete ‘El patio de la Morocha’.
Allí, el presidente de la Comisión Nacional de Cultura hace la apología del tango en octosílabos: ‘Y concilió los rezongos/ de la pollera escarlata/ de alguna paica mulata/ por el barrio del mondongo’… Cien versos más de ese tenor orillero y de esa musa repulsiva podríamos reproducir.
¡Son engendros del presidente de la Comisión Nacional de Cultura de la República Argentina! ¡Oh manes de la Patria! ¡Oh dioses del Olimpo! ¿Cuándo tendremos nuevas Termopilas?”
Desdichadamente, las Termopilas por las que clamaba el tonante gentilhombre llegaron, cruentas, poco después y Cátulo, poeta depuesto (como Marechal, como Rega Molina o Vaccarezza) se va a replegar con Amanda, su mujer y los incontables perros que solía recoger de la calle, a una casita del Gran Buenos Aires, en Ciudad Evita, que a partir de 1955 toma el nombre de Ciudad General Belgrano.
 La esposa de Cátulo, Amanda Peluffo, se refiere en estos términos a aquella época: “Lo teníamos todo y de pronto, en 1955, nos quedamos sin nada. Cayó Perón, llegó la Libertadora y a Cátulo lo echaron de todas partes.
Ya no pudo tener cátedras, ni dirigir SADAIC, ni estar en Cultura. Ni siquiera pudo cobrar sus derechos de autor porque SADAIC, precisamente, fue intervenida.
En el peor momento, hasta llegaron a prohibir que se pasaran sus temas por radio. No le perdonaron nada. Para empezar que un tanguero estuviera en Cultura.
Después, que haya sido el primero en llevar el tango al Colón…
Vendimos todo y nos recluimos.
Cátulo escribía tangos, pintaba al estilo de Quinquela y…
Pero sobre todo, descubrió su amor por los animales.
Llegamos a tener 95 perros, 19 gatos y dos corderitos: Juan y Domingo”.