Que indican los datos duros de 1946 a la fecha. En ese período el mundo triplicó la tasa de crecimiento argentina. Por qué Brasil saca más distancia en los gobierno no peronistas.
Una idea ampliamente instalada responsabiliza al peronismo por la mediocre performance en términos de crecimiento del país en los últimos ochenta años. La ola conservadora, liderada por el gobierno de Mauricio Macri y ahora por el de Javier Milei, logró imponerla, a fuerza de insistencia discursiva y de respaldo mediático. Pero los datos revelan una realidad opuesta.
Entre la asunción presidencial de Juan Domingo Perón en el año 1946 y hasta 2025, el PBI de Argentina acumuló un alza de 534%, lo que implica una tasa de crecimiento anual promedio del 2,44%, según los datos del Proyecto Maddison (fuente de información histórica de amplio reconocimiento internacional) para el período 1946/1960, del Banco Mundial (1961/2024) y de una previsión de crecimiento de 4,3% en 2025, considerando datos del cada vez más polémico INDEC.
Son valores bajos en relación con el crecimiento mundial que, liderado por el avance asiático, casi triplica ese ritmo. Ahora bien, lo sorprendente es que, en oposición al discurso dominante, en los años de gobiernos peronistas la economía creció mucho más rápido que durante los gobiernos no peronistas. La tasa de aumento del PBI promedio anual bajo la conducción de ese movimiento político fue de 3,32% y, en los años de gobiernos no peronistas, fue de apenas de 1,53%. O sea, por cada año de crecimiento con el peronismo en el poder se necesitaron más de dos años de gobiernos no peronistas para llegar al mismo resultado.
El atraso tiene como causa central el deterioro padecido durante las administraciones no peronistas del período 1976/2025. Fueron 22 años con los gobiernos militares y las posteriores presidencias democráticas de Raúl Alfonsín, Fernando De la Rúa, Macri y Milei, en los que Argentina no creció nada, incluso la tasa promedio anual fue levemente negativa (-0,03%), a contramano del resto del mundo. Ni siquiera Venezuela tuvo un desempeño tan malo. Si contabilizáramos las presidencias de Carlos Menem en ese grupo que por las políticas aplicadas representó un fraude al movimiento peronista, se mejoraría el resultado, aunque tampoco alcanzaría un umbral digno (la tasa subiría al 1,18%).
Un desafío a Milei: ¿Por qué los países más desarrollados tienen déficit?
La ralentización, además de una menor actividad productiva, implicó bruscos cambios de modelos que alimentaron negocios financieros especulativos y de primarización de la estructura productiva con el endeudamiento externo como combustible esencial.
El primer hito de toma de deuda externa a mansalva fue con la última dictadura, el segundo con el engaño de Menem y la Convertibilidad, el tercero fue el de Macri y, por último, asistimos al de Milei. En todos esos episodios, con más o con menos capacidad de tomar deuda en moneda nacional para financiar compromisos del sector público (que son en pesos), se eligió tomar préstamos en moneda extranjera.
Entre la asunción presidencial de Juan Domingo Perón en el año 1946 y hasta 2025, el PBI de Argentina acumuló un alza de 534%, lo que implica una tasa de crecimiento anual promedio del 2,44%. Son valores bajos en relación con el crecimiento mundial que, liderado por el avance asiático, casi triplica ese ritmo.
Podría parecer, a primera vista, una decisión contradictoria la de asumir deuda en dólares para cancelar gastos en pesos. Sin embargo, fue y es coherente con el objetivo buscado. Inyecta divisas al país que habilitan la realización de ganancias extraordinarias en moneda extranjera para el sector financiero y, al mismo tiempo, permite también mantener quieta transitoriamente la cotización del dólar, mientras el país resigna capacidades productivas. A diferencia de la deuda en moneda nacional, en lugar de reducir su peso relativo cuando la economía crece, su incidencia aumenta desproporcionadamente porque se combina: el agotamiento de nuevas oleadas de crédito externo, los mayores requerimientos de divisas para importaciones, el repago de deuda con intereses crecientes y la mayor formación de activos externos.
El inevitable desequilibrio externo que esos modelos provocan termina implicando un estallido de demanda de dólares. Y, como quedó marcado a fuego en la historia reciente, la estampida del dólar es el motor más potente para la aceleración inflacionaria. Hoy la expansión de las exportaciones de energía y minería brinda oxígeno en materia de divisas y facilita un renovado y cruento apretón en la destrucción de capacidades productivas.
Las crisis derivadas de cada una de esas experiencias terminaron perjudicando las tasas de crecimiento de las etapas de gobierno peronistas. Aun así, con políticas de estímulo a la demanda y a la actividad productiva, esas administraciones fueron dirigiendo en las últimas décadas procesos que ampliaron la brecha en términos de velocidad de crecimiento respecto a los gobiernos no peronistas. En efecto, desde la recuperación de la democracia, los mandatos peronistas (sin ponderar los de Menem), registraron una tasa promedio anual de crecimiento del 3,61% (es una diferencia abismal respecto al -0,03% de los gobiernos no peronistas), a pesar de que el período incluye el gobierno de Alberto Fernández que, además de sus conflictos internos, fue dañado por la pandemia, la guerra en Ucrania y la peor sequía de la historia.
A la vez, posibilitaron que, después de que en 2001 se haya acabado el crédito internacional para Argentina, en 2015 el país haya alcanzado niveles de deuda de los más bajos del mundo, según pudo constatar el segundo ministro de Economía de Mauricio Macri, Nicolás Dujovne.
Perdimos contra Brasil, México, Colombia y Chile
El paupérrimo crecimiento bajo la conducción de gobiernos no peronistas no se explicó por contextos internacionales más hostiles o por algún factor fuertemente perjudicial no controlable por la política económica. Es decir, esos años no fueron sacudidos por una reducción global del crecimiento, por crisis regionales o por fenómenos particulares altamente nocivos como una guerra importante, una crisis financiera mundial, una grave sequía o una pandemia.
Al contrario, en los años no gobernados por el peronismo, las condiciones externas tendieron a ser más amigables para el ascenso del producto regional. El ritmo de aumento de los PBI de las otras economías más grandes de América Latina, que poseen las características productivas y de mercado más similares a las de Argentina en el planeta, fue más dinámico.
El caso de Brasil, principal socio histórico de Argentina, es elocuente. En los años de gobiernos no peronistas, su PBI registró una tasa de crecimiento promedio anual de 4,93% y, en los años de gobiernos peronistas, fue de 3,98%. Quiere decir que cuando el partido justicialista no estuvo en el poder, el ritmo de crecimiento carioca más que triplicó el de nuestro país (4,93% vs. 1,53%). En cambio, cuando hubo gobiernos peronistas, la relación fue menos despareja (3,98% vs. 3,32%).
En el resto de las mayores economías de América Latina operó el mismo fenómeno, tuvieron registros de crecimiento superiores que los de Argentina y las diferencias se extendieron cuando el peronismo no estuvo al frente.
Y, en comparación con el resto de los países de Sudamérica, los registros nacionales también fueron lamentables. Solo Venezuela tuvo un resultado peor con una tasa de crecimiento anual promedio de apenas el 2,08%. Pero en ese caso, se explica por la catástrofe económica sufrida tras la muerte de Hugo Chávez en 2013, que combinó el derrumbe del precio del petróleo, la desorganización interna y las duras sanciones de Estados Unidos. Entre 2014 y 2020 su producto se derrumbó un 74%.
El único país de la región que tuvo un rendimiento similar al de Argentina fue Uruguay con una tasa promedio anual de crecimiento levemente inferior (2,41%), explicada en buena medida por la alta correlación de su economía con el ciclo local. El resto de las naciones sudamericanas con datos anuales completos de las fuentes utilizadas, presentaron también desempeños mejores: Ecuador (4,21%), Paraguay (4,06%), Perú (3,71%) y Bolivia (2,69%).
En gobiernos no peronistas, creció mas Brasil
El caso de Brasil, principal socio histórico de Argentina, es elocuente. Cuando el partido justicialista no estuvo en el poder, el ritmo de crecimiento carioca más que triplicó el de nuestro país (4,93% vs. 1,53%). En cambio, cuando hubo gobiernos peronistas, la relación fue menos despareja (3,98% vs. 3,32%).
El crecimiento no garantiza una distribución más equitativa de la riqueza y desarrollo económico, pero sí representa una condición necesaria para mejorar sustentablemente las condiciones de vida generales de la población en un mundo capitalista. De lo que no debería haber dudas es que las magras cifras de crecimiento, que durante los gobiernos no peronistas de las últimas décadas llegaron a estar por debajo del crecimiento vegetativo de la población, con esquemas de incentivos de negocios mucho más favorables a lo financiero, lo extractivista y la comercialización de bienes importados, condena a una peor distribución del ingreso, precarización laboral, exclusión social, primarización productiva y mayor dependencia tecnológica y financiera externa. En cambio, con un elevado crecimiento, el desarrollo es una misión menos complicada, sobre todo cuando está orientado a ampliar las capacidades productivas, tecnológicas y de formación de la población.
La confusión respecto al supuesto impacto destructivo de los gobiernos peronistas parece ser consecuencia de una antipatía visceral, no racional o, por lo menos, carece de un sustento técnico riguroso que la avale. Lamentablemente, persisten y tienen un alto impacto mediático análisis históricos que poseen sesgos que tienden a motivar el odio antiperonista.
Una forma fácil de identificarlos es observar que suelen destacar la pobre performance general de las últimas décadas sin focalizar entre períodos de gobierno de diferente signo político, englobando procesos que terminan enturbiando los resultados. No solo sucede con el tema del crecimiento, también repiten la misma fórmula para analizar otras variables como generación de empleo, la deuda o la distribución del ingreso.
Otra lógica repetida de esos relatos consiste en invertir el orden de los factores, como si el peronismo dejara tierra arrasada cuando suele ser a la inversa, como en los finales de gobierno de Alfonsín, De la Rúa o de Macri. Desde la restauración de la democracia, solo en el gobierno de Alberto Fernández el peronismo entregó una economía en crisis.
Acá, como vimos, los gobiernos peronistas fueron más capaces de aumentar el PBI que las administraciones no peronistas sin provocar endeudamientos externos descontrolados, a pesar de haber coincidido con períodos históricos en la región más complejos para dinamizar la actividad. Son datos, no opinión.
(Fuente: La Política On Line)