Durante la pandemia fue consenso en la gente y en los medios de comunicación que la salud mental adquiría otro relieve, una importancia que no tuvo antes de esa experiencia traumática que vivió la humanidad. Se asociaba el campo de la salud mental, de un modo difuso, a una serie de malestares como la depresión, las adicciones, la violencia, el estrés, los ataques de pánico, etc., que se oponían a un ideal abstracto de bienestar. A un equilibrio que surgía del interior y que había que conseguir mediante procedimientos de autorregulación como las meditaciones, respiraciones profundas, gestión emocional, biodecodificación, aturdimiento farmacológico y ejercicios contra el estrés, entre otras por el estilo.