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Setenta años han pasado y Evita sigue gravitando

Escribe Dra. Sara Liponezky  (Directora del Museo Provincial Hogar Escuela Eva Perón)   –     

Siete décadas de procesos intensos, de marchas y contramarchas, y cambios extraordinarios a escala mundial. En la geopolítica, en la composición y los índices demográficos, la tecnología de las comunicaciones, la investigación, la información a nivel satelital, la generación de derechos y la incorporación de nuevos sectores a la vida activa de las comunidades. Con un impacto muy fuerte en la humanidad. 

En este extenso periodo, nuestro país no ajeno al contexto, sostuvo indemne como una marca de fuego, un universo de reivindicaciones en el plano jurídico, cultural y social que (al tiempo de su gestación) señalaron un avance destacado en toda la América Latina. Evidencias de un desarrollo con equidad, ni dádiva ni limosna, auténtica Justicia Social. Un despliegue del potencial humano y productivo auspicioso para plantar soberanía. Inclusión de nuevos actores históricamente marginados en la cultura, la política y la economía nacional. La garantía de un Estado compensador de las desigualdades, protector, impulsor de políticas integradoras con eje conceptual en la comunidad.

La conducción clara y lúcida del General Perón en este formidable proceso de transformaciones es innegable. Tanto como que Evita fue impulso e inspiración plasmada en acción.

Una mujer de inteligencia particular (con escasa instrucción) aguda y altamente perceptiva, con una sensibilidad siempre alerta ante los dolores que provoca la pobreza, la marginalidad y el desamparo. Con una visión luminosa sobre el bienestar colectivo como el marco donde las desigualdades pueden resolverse desde un compromiso público, que involucra al conjunto en la reasignación de recursos. Con una clara y asumida identidad de origen, capaz de entender como nadie los padecimientos que generan las carencias. Y la humillación que significa una limosina. Con una energía poderosa, avasallante, implacable, desafiante y constructiva. Una convicción apasionada hasta el fanatismo, un fuego interior potente, abrasador, y carismático. Una líder social y política sin precedentes ni reencarnaciones. Ella fue el testimonio vital y el símbolo perdurable de una obra gigantesca con proyecciones en todo el territorio de la Patria. Ella fue capaz de construir una red inédita y potente de mujeres en todo el país para lograr nuestra ciudadanía plena y completar la democracia argentina.

La centralidad de Evita en ese proceso irrepetible de nuestra historia, puso sobre ella tanto odio y tanto amor.

La manipulación y los esfuerzos de la desmemoria fueron sistemáticos. Sin embargo, como el amor es parte de la sabiduría de los pueblos y los testimonios de su huella son contundentes e imborrables, al largo de estos 70 años triunfó la devoción, la admiración y el amor.

La investigación histórica resiste el mesianismo. Y tampoco valen hipótesis contra fácticas y subjetivas. Además, aquella mujer grandiosa fue tan elocuente en su decir y su hacer que no requiere exegetas. Sería una irreverencia asignarle posición ante los nuevos temas de la agenda política y feminista. Pero sí podemos soñar sintiendo en el alma su llama ardiente y su convicción inquebrantable con una Patria libre de discriminaciones, socialmente justa, soberana, que despliegue con plenitud y equidad, con vocación comunitaria y un fuerte espíritu nacional.

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