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«¿Qué tienen los pobres en la cabeza?»: la charla viral en TED de la argentina Mayra Arena sobre los prejuicios de la pobreza

«Es mentira que el pobre es pobre porque quiere. Esa vida uno la naturaliza porque es la única que conoce».

Quien hace esta afirmación es Mayra Arena, una argentina de 26 años, que se describe como una coleccionista de todos los prejuicios sobre los»pobres»: es hija de madre soltera, no conoce a su padre, tiene muchos hermanos que no tienen padre, dejó la escuela a los 13 años y a los 14 fue madre.

«Si puedo cambiar la visión (sobre la pobreza) de una sola persona me doy por satisfecha», le dice a BBC Mundo en una conversación telefónica.

«¿Qué tienen los pobres en la cabeza?»

La historia de Mayra Arena se hizo conocida luego de que a fines de agosto diera una charla TED en Bahía Blanca, una ciudad en el sur de la provincia de Buenos Aires, Argentina, en la que habló de la pobreza desde una mirada diferente.

«¿Qué tienen los pobres en la cabeza? Seguro se lo escucharon a alguna vez a alguien preguntárselo. Se lo preguntan cuando nos ven tener muchos hijos, cuando nos ven ser violentos, cuando nos ven usar unas zapatillas traídas de otro planeta, pero sobre todas las cosas cuando ven que los pobres seguimos siendo pobres«, dice Arena en el comienzo de su charla que se volvió viral en pocos días y ya había alcanzado el medio millón de reproducciones en el momento de la publicación de este artículo.

Mayra Arena reflexiona sobre los prejuicios desde los que suele mirarse a la pobreza y comparte su propia experiencia de haber crecido en Villa Caracol, uno de los barrios más humildes de Bahía Blanca, y cómo pudo salir de esa realidad.

«Uno se empieza a dar cuenta de que es pobre cuando entra en el sistema escolar. Y la violencia empieza a ser una forma de vengarse de los demás por todo eso que ellos tienen y uno no», describe Arena en la charla.

«Incorporamos erróneamente la idea de que cuando somos violentos nos tienen otro respeto. Porque cuando uno empieza a ser violento, te dejan de preguntar por qué tienes las zapatillas rotas, por qué tu mochila es tan vieja, por qué nunca traes lo que pide la seño (maestra)…», manifiesta.

Pobreza en números

La historia de Mayra Arena ya se había hecho conocida en una carta que publicó en Facebook en marzo pasado bajo el título «El beneficio de ser pobre»en Argentina,que tuvo 72.000 reacciones y se compartió más de 57.000 veces.

Allí la joven relata su infancia en la villa en medio de la pobreza y la marginalidad.

«De pibas, mi vieja marginal nos mandaba a pedir todos los días. Íbamos a las panaderías porque son los que mejores cosas dan, y con lo que volvíamos se cenaba», cuenta Arena en el post de Facebook.

«Cuando no nos daban las del barrio, nos íbamos abriendo cada vez más hasta llegar a las del centro. Por eso nunca compartí la filosofía de no darle monedita al nene que pide: lo único que logras es que tenga que caminar más, porque ese pibe no va a volver a la casa con las manos vacías», agrega.

En Argentina, unos 13 millones de personas viven en la pobreza, que representan un 30% de la población, según mediciones del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA).

Una familia de dos adultos con dos hijos en edad escolar propietaria de hogar necesita contar con ingresos por más de 21.176,61 de pesos (unos US$536) mensuales para no caer en la pobreza, según la última medición de julio del Instituto de Estadísticas y Censo del país (Indec).

Y para no ser «indigente», el mismo tipo de familia necesita por mes $8.538,95 (unos US$216).

Estos datos no reflejan la fuerte devaluación que vivió el país en las últimas dos semanas.

Comparado con 18 países de América Latina medidos por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), Argentina se ubica por el porcentaje de pobreza solo por debajo de Honduras (65,7%), México (50,6%) y El Salvador (32,7%), según datos de 2016.

El número de personas pobres en América Latina llegó a 186 millones en 2016, es decir, el 30,7% de la población, mientras que la pobreza extrema afectó al 10% de la población, cifra equivalente a 61 millones de personas, informó la Cepal.

«Desclasada»

En la actualidad, Arena, que es estudiante de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Tres de Febrero de Buenos Aires, se define como «desclasada».

«Yo no estoy en ningún lado. Nunca voy a ser de clase media por mi origen y yo me siento de clase baja. Pero en un sentido no soy de clase baja porque accedí a la educación universitaria y a un montón de otras cosas que en la clase baja están mucho más relegadas», le cuenta a BBC Mundo.

Para Arena, lo más fácil para aquellos que son pobres es acumular resentimiento.

«Yo tuve gente que me abrió las puertas de su casa y gracias a eso me di cuenta que era pobre y lo que yo estaba viviendo no estaba bueno», dice.

«Entonces en lugar de guardar resentimiento por la gente que tenía más que yo, me parece que tengo que depositar esa energía en concientizar de que nadie elige donde nacer«, asegura.

Según la joven, la solución al problema de la pobreza no es solo una responsabilidad del Estado sino que tiene que surgir de cada rincón de la sociedad.

«La sociedad tiene que mirar al pobre con menos desprecio, porque si lo mira con menos desprecio ese pobre va a ser menos resentido», reflexiona.

«Si estoy donde estoy hoy es gracias a solidaridad de mis vecinos y de mucha gente que me dio oportunidades. Me gustaría que existan muchos más vecinos como los míos», concluye.

Por Analía Llorente

(fuente: BBC News Mundo)

 

 

 

 

Mayra Arena

“Me cuestionan que estoy muy politizada, como si eso fuese algo malo”

Desde un barrio humilde de Bahía Blanca hizo escuchar su voz. Era una voz diferente, genuina, que contaba escenas de la vida cotidiana. La pobreza, con sus alegrías y tristezas, pero desde adentro, sin intermediarios. A fuerza de verdades y de nunca callarse ni siquiera ante la pantalla del televisor, Mayra Arena se ganó un lugar. Es el lugar de compañera, el lugar de una voz que nos ayuda a comprender mejor este presente de dificultades y desafíos.

Irrumpió en el mapa mediático sin pedir permiso: de repente, ahí estaba la voz de Mayra Arena. Y su voz fue una revelación. Porque hablaba desde abajo, porque contaba desde sus vivencias personales, desde sus desafíos cotidianos, desde la dificultad de la pobreza y desde el rebusque y el ingenio para zafar, desde su pelea entre changas y una maternidad joven. Pero la voz de Mayra era más amplia y no se limitaba al recorte personal de su tránsito: Mayra contaba una realidad opaca, esa que está ahí, en cada barrio, en cada esquina, y nadie escucha. Y nadie relata. Entonces nos habituamos a leer sus posteos sobre el combate por parar la olla, o las razones por las que un pibe tiene ganas de ponerse Directv en su casilla o de comprar una Coca todos los días, o de acostarse a escuchar la lluvia resonando sobre el chaperío. La voz de Mayra se impuso a fuerza de sinceridad y de no callarse nunca: ni siquiera cuando la fauna televisiva (y la política) la sumó como invitada, esperando quizá que se ajustara al estereotipo que necesita el prejuicio para reforzarse. Pero no, Mayra estaba allí para romper. Para incomodar. Para recordarles a los privilegiados que hay otra realidad. Allí está la fuerza de su voz.

Por eso, porque es uno de los grandes personajes de este presente de crisis, porque supo articular su vida personal con un discurso crítico y profundamente disruptivo sobre la pobreza (y lo hizo desde un costado entrañable), es que la voz de Mayra nos genera atracción. Por eso charlamos con ella. Por eso nos interesa escuchar, una vez más, su voz.

 

–¿Cómo te llevás con esto de que tu voz ahora es escuchada o leída, a diferencia de lo que sucedía antes?

–No está tan bueno como pensaba. Estuve siendo muy prolija este tiempo, cuando empecé a tener muchos seguidores. Porque antes escribía para mí y para los tres gatos que me seguían. Y empecé a recibir críticas, como también empezaron a compartirse masivamente. En un primer momento eso me afectó muchísimo, más que nada porque yo era –no quiero decir picante– pero sí de tocar todos los temas sin ningún miedo. Total, me leían dos o tres que me conocen de toda la vida. Cuando llega la crítica, me empiezo a dar cuenta de que en muchos temas no fui para nada delicada, y empiezo a cuidarme un poco más. Y hoy, ya pasado este tiempito, ya sé que aunque te cuides, la crítica va a estar en cualquier cosa que hagas, porque a alguien siempre le caés mal. Entonces voy a volver a escribir lo que se me canta, que es lo que debería haber hecho todo el tiempo.

 

–Desde aquel primer posteo que se viralizó (en el que hablabas de tu historia personal) a este presente en el que ya tenés un discurso armado o ganas de contar algo, ¿qué te interesa comunicar?

–Lo que primero tuve oportunidad de hacer con ese texto, «El beneficio de ser pobres», es esto de salir de la pobreza. Ya es difícil cuando uno nace en la pobreza tener la idea o el proyecto de salir de ella. En general los mecanismos de rebusque que conoce, repiten y perpetúan la pobreza, porque uno quiere dejar la escuela para hacer changas y tener un mango, porque uno quiere agarrar un laburo rápido que, en general, son laburos físicos, pésimamente pagos y que después te arruinan. Entonces lo que uno conoce para sobrevivir termina perpetuando la pobreza. Yo quería contar eso: es muy difícil tener la idea de salir, y también tener la idea de soñar con algo más que no sea un plato de comida o un par de zapatillas. También es difícil acceder al sistema, ser parte, lograr no desertar del colegio teniendo hijos o no quedar embarazada en el mejor de los casos. Todos los mecanismos que existen son, además, de una movilidad económica muy reducida porque hoy una maestra gana menos que una empleada de limpieza. Entonces estudiar dejó de generar una movilidad económica, es una movilidad socioeducativa. Todo eso también es difícil. Y una vez que pasa, sos uno en un millón y como sos uno, te dicen: «Ah, como vos pudiste, todos tienen que poder». Mi idea era explicar que es precisamente todo lo contrario…

 

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