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Pruebas PISA: la cruda muestra de un cambio estructural

La divulgación de los resultados de las pruebas PISA levantó bastante polvareda esta semana. Lamentablemente, casi toda esa polvareda parece haber estado más motivada por intereses políticos que por verdadero interés por el deterioro educativo que demuestran los resultados. Es que las pruebas PISA desnudan lo que todo el mundo puede ver, no descubren algo inesperado.

La evaluación de 2025 en Argentina reveló resultados peores que los ya magros de 2022 y 2018, y repitieron la diferencia abismal que hay entre distritos: mientras que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y Córdoba se codean con los mejores indicadores de América Latina, la mayor parte del resto del país se hunde bien por detrás de los promedios de la región.

Con la indignación y las frases altisonantes no se puede revertir el problema, ni hacer un buen diagnóstico. Quizás haya que preguntarse si realmente se lo quiere revertir, incluso si vale la pena hacerlo, o si a alguien realmente le interesa hacerlo.

No parece ser ese el caso verdadero en la política, pues no queda claro que la educación sume votos, ni que gane una elección. En una sociedad en la que cada día se forman menos familias, en la que las personas prefieren tener un perro antes que un hijo, en la que cierran escuelas por falta de demanda, hacer una campaña electoral con foco en la educación sería un camino corto al fracaso.

Este punto repercute sobre otro: los magros salarios y la poca motivación de los docentes. Quizás el caso deba ser visto al revés: los docentes cobran poco porque lo hay de más, frente a una demanda decreciente. Visto así, el reclamo por más presupuesto sería absurdo. Debería, quizás, gastarse más en infraestructura y, sobre todo, en capacitación para generar modos de enseñanza que se adapten a los cambios evidentes en la conducta infantil y juvenil. A muchos alumnos no les interesa lo que los maestros les dicen. Ahí hay un problema más real que el del resultado de las PISA.

La prueba PISA 2025 muestra que tampoco las familias están tan involucradas en la educación de los hijos, tal vez por resignación, en parte, o porque la educación, en muchas capas sociales, ya no es vista como un medio seguro para mejorar las condiciones de vida, más allá de algunas pocas excepciones.

La falta de interés de la política, los maestros, los padres y los alumnos hace que la enseñanza tradicional se empiece a ver un poco como una profesión destinada a la extinción. En la era de la IA, quizás hagan falta otros estímulos que la divulgación de contenidos. Parece ser ésta una solución que sólo puede venir de maestros realmente vocacionales. Pero estos son una excepción, a menudo mirada con recelo por sus pares.

Con familias desinteresadas, maestros desmotivados y planes de estudio arcaicos, no debería ser una sorpresa que los alumnos no rindan. Prefieren las pantallas de sus teléfonos a un libro. No se ha encontrado, hasta ahora, una manera de vincular ambos mundos. No es un fenómeno exclusivo de Argentina: aún en los países de la OCDE, que están a años luz de Argentina en los resultados de las pruebas PISA, la tendencia no es distinta.

Las pruebas PISA no son infalibles, pero cumplen un rol importante: de manera periódica nos recuerdan que algo está fallando. Como una agencia calificadora de riesgo, que dice cosas evidentes que otros no se atreven a decir, dicen verdades que conocemos, pero nos negamos a aceptar. Quizás la mayor, sino la única, luz de esperanza en el informe provenga de una pregunta que se hace el informe: ¿es posible que los chicos de 15 años de 2025 superen a las generaciones anteriores en otras habilidades que hoy no mide PISA? Es una conjetura que, por nuestro bien y el de la humanidad, esperemos que encuentre una respuesta afirmativa en el futuro. No va a ocurrir si no lo ayudamos a ocurrir.

(fuente: https://www.elentrerios.com/)