Por Juan Martín Garay (*)
Milei, que admiraba a Thatcher y despreciaba el reclamo soberano sobre las Islas Malvinas, ahora se erige como su principal defensor. El giro no es casual: responde a una ventana geopolítica abierta por Trumpy a una necesidad de imagen. Pero la causa Malvinas no admite oportunismos.
UN DISCURSO QUE CHOCA CON EL PASADO RECIENTE
El pasado jueves, el presidente Javier Milei encabezó una cadena nacional que, para sorpresa de muchos, tuvo como eje central la defensa de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. «Las Malvinas son argentinas por historia y por derecho», afirmó, en un intento por presentarse como el adalid de una causa que durante años despreció. Pero el hecho de que un mandatario que se declaró fanático de Margaret Thatcher, que calificó el reclamo soberano como una «causa absurda» y que minimizó los gestos patrióticos de nuestros deportistas haya sido el portavoz de una supuesta «política de Estado» sobre la cuestión no es un detalle menor. Es, ante todo, una contradicción en sí mismo.
EL FACTOR TRUMP
La cadena nacional no fue un hecho aislado. Fue la respuesta a un movimiento previo de la Casa Blanca. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el marco de una tensa relación con Londres por el gasto en defensa, dejó caer que podría revisar la histórica posición de neutralidad de Washington en el diferendo por Malvinas.
Para Milei, que ha hecho de su alineamiento con Estados Unidos uno de los ejes de su política exterior, esto fue visto como un viento de cambio favorable. Su sintonía con Washington y su defensa de los «valores occidentales» son un activo que puede traducirse en apoyos concretos. El problema es que el presidente confunde oportunidad geopolítica con convicción política. Y la causa Malvinas exige lo segundo.
EL FAN DE THATCHER
Lo paradójico de este giro es la figura del propio presidente. Milei ha sido un admirador confeso de Margaret Thatcher, la «dama de hierro» que ordenó el hundimiento del crucero argentino General Belgrano, en el que murieron 323 soldados argentinos. Durante el debate presidencial de 2023, la calificó como «una de las grandes líderes en la historia de la humanidad» y recurrió a una comparación futbolística para justificar su postura: sostener la grandeza de Thatcher siendo argentino sería tan válido como reconocer la brillantez de Kylian Mbappé, quien marcó tres goles contra Argentina en el Mundial. El argumento, además de forzado, revela una profunda insensibilidad hacia el dolor de los veteranos y sus familias.
En una entrevista con la BBC en 2024, ya como presidente, Milei fue aún más explícito: «He escuchado muchos discursos de Margaret Thatcher. Ella era brillante. ¿Cuál es el problema?». Las declaraciones se viralizaron el mismo día en que encabezaba el acto por el Día del Veterano de Malvinas en Retiro, y generaron el repudio de organizaciones de veteranos de guerra.
LA AUTODETERMINACIÓN: EL PÉNDULO DISCURSIVO DE MILEI
Si hay un punto que expone con claridad el oportunismo del presidente, es su posición sobre el derecho a la autodeterminación de los habitantes de las islas, el principal argumento esgrimido por el Reino Unido para sostener su ocupación.
En abril de 2025, durante el acto por el Día del Veterano, Milei sostuvo: «Anhelamos que los malvinenses decidan algún día votarnos con los pies». En diciembre de ese mismo año, en una entrevista con The Telegraph, deslizó que los isleños serían consultados sobre su futuro. Es decir, el presidente avalaba implícitamente la idea de que la soberanía debía ser decidida por los kelpers, una postura que Argentina ha rechazado históricamente en el marco de la Resolución 2065 de Naciones Unidas.
Ahora, durante la cadena nacional, Milei sostuvo que los habitantes de las islas «no tienen un derecho legítimo a la autodeterminación» y que los referéndums realizados allí son inválidos. La pregunta que surge es inevitable: ¿cuál de los tres Milei gobierna? ¿El que acepta el argumento británico, el que dice estar dispuesto a negociar con los isleños o el que ahora se erige en defensor de la posición histórica argentina?
UNA CAUSA QUE NOS ATRAVIESA, NO UN RECURSO RETÓRICO
La causa Malvinas no pertenece a ningún partido político, es una causa nacional. Pero la historia de nuestra diplomacia está llena de altibajos en este reclamo, muchas veces condicionados por la alineación internacional de turno. La discusión de fondo es si estamos ante un cambio de estrategia de Estado duradero o ante un gesto oportunista.
Malvinizar no es una consigna vacía. Es una tarea activa. Es sostener en el tiempo una conciencia nacional sobre la soberanía, no desde la nostalgia, sino desde la construcción de futuro. Es incorporar la causa en la educación, en la cultura, en el debate público y en la formación de ciudadanía. Pero también —y esto es central— es transformarla en políticas públicas concretas.
No alcanza con recordarla una vez al año: hay que sostenerla todos los días. En la educación, en la política, en la cultura y también en la gestión pública. Los veteranos no representan solo el pasado. Son presente. Su testimonio no es únicamente recuerdo: es interpelación. Nos obligan a preguntarnos qué hacemos hoy con esa historia, cómo la proyectamos y qué lugar le damos en nuestra identidad como Nación. La memoria, cuando es auténtica, no es pasiva. Moviliza. Y en el caso de Malvinas, esa movilización debe traducirse en conciencia, en educación y en compromiso sostenido.
LA HISTORIA COMO FARSA Y COMO TRAGEDIA
Hay algo inquietantemente familiar en esta escena. Un gobierno acorralado por sus propias contradicciones, sin respuestas para una población que sufre el desempleo, la inflación y el ajuste permanente, que de repente descubre en la causa Malvinas un recurso para intentar recomponer su imagen. No es la primera vez que ocurre.
Hoy, Milei no tiene un ejército para enviar a la guerra. Pero tiene un discurso, tiene una cadena nacional, tiene una foto con Trump y una necesidad imperiosa de cambiar el eje del debate público. La pregunta que nos hacemos es si este gobierno, que no da respuestas a las necesidades del pueblo, que ajusta y desfinancia las Fuerzas Armadas mientras promete una base naval, terminará igual que Galtieri. Sin guerra, pero con el mismo final: el descrédito, el aislamiento y la certeza de que la historia se repite, primero como farsa y luego como tragedia.
La causa Malvinas no es un recurso político para gobiernos en crisis. Es una causa de Estado que nos atraviesa a todos. Usarla como cortina de humo es, además de un acto de cinismo, una falta de respeto a quienes dieron su vida por la patria.
EL DESAFÍO DE LA CREDIBILIDAD Y LA COHERENCIA
Los anuncios de Milei son un mensaje de firmeza. Ahora, la credibilidad del giro dependerá de su capacidad de convertir estos anuncios en hechos concretos: de hacer valer las sanciones, de dotar de presupuesto a la base naval y de sostener la presión diplomática con el apoyo de sus aliados.
Pero también dependerá de que el presidente entienda que la soberanía no se improvisa. No se puede admirar a quien ordenó el hundimiento del General Belgrano y reclamar unidad nacional en torno a la causa Malvinas. No se puede aceptar la autodeterminación como moneda de cambio cuando conviene y luego ignorarla cuando hay una foto que sacar con Trump. No se puede criticar a los jugadores por izar una bandera y, meses después, erigirse en el líder de la gesta soberana.
La política exterior no se construye con discursos de una noche, sino con acciones sostenidas en el tiempo y, sobre todo, con coherencia. La causa Malvinas necesita menos ruido mediático y más estrategia de largo plazo. Y por encima de todo, necesita un presidente que crea en ella más allá del contexto internacional de turno.
Malvinizar es eso: convertir la memoria en acción. Mantener viva la llama de una causa que define parte de lo que somos como país. Por eso debemos tener siempre presentes que las Islas Malvinas fueron, son y serán eternamente argentinas. ¡Viva la Patria!
(*) Abogado, Profesor de Enseñanza Superior y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.