Por Elena Mariani para Panamá News
Los que nacimos en los años 50 del siglo pasado nos estamos yendo. Y sin caer en la jactancia de creernos mejores que otras generaciones, creo que en esta retirada nos vamos los que hemos sido testigos de acontecimientos históricos y culturales únicos e irrepetibles.
Nos llamaron boomers, porque fuimos el boom de nacimientos después de una guerra con millones de muertos, vivimos esa posguerra en nuestra infancia con una nitidez y cercanía que nos hacía partícipes de esa desgracia universal, el nazismo, el desembarco de Normandía, la última batalla de las Ardenas, el ejército soviético liberando los territorios ocupados, Pearl Harbor y las figuras de Churchill y De Gaulle, ya en nuestros 15 a 18 incorporamos la admiración por los partisanos y anhelamos poder ser como ellos. Quizá esta adhesión a la historia de la Europa de esos años operaba en un sector de la sociedad, clase media y mayormente gorila, como un reflejo de familias anglófilas y en pleno ascenso social, padres profesionales o prósperos empleados de la burocracias judicial y administrativa para la que se había fundado esta ciudad cuadrada y tan cerca de Buenos Aires.
Nos estamos yendo los que vimos nacer el movimiento hippie, el rock nacional, la proscripción del innombrable peronismo, la revolución cultural china, la rebelión de los países del bloque socialista, la primavera de Praga, el mayo francés, la Guerra de Argelia, la guerra de los seis días, el surgimiento del foquismo, el Concilio Vaticano Segundo y Camilo Torres y el padre Mujica. Y como no evocar la alegría del triunfo del Chicho Allende en el país en el que apenas conocíamos la democracia. Y los cordobazos, y Trelew y la patria fusilada, el triunfo del FREJULI, la plaza del 25 Mayo cuando asumió el Tío, acompañado por Allende, Dorticós -presidente de Cuba-, una movilización imponente, la caminata hasta la cárcel de Villa Devoto todo parecía si no eterno al menos más duradero de lo que fue.
Sí, nos vamos, y como dice la canción no nos pesa lo vivido nos mata la estupidez de llegar a un nuevo siglo distinto del que soñamos, me permito la licencia, estimado Víctor Manuel, de modificar la cronología de unas letras escritas al final del siglo XX.
Nos estamos yendo y todavía resuenan en nuestros corazones la música de Vox Dei, los recitales bien densos de Pescado Rabioso, y el mejor, el Flaco, y su muchacha ojos de papel, las manos de Fermín, y los Beatles siempre y nuestros preferidos del doble disco blanco, la ópera Tommy, algo de Creedence para bailar, bailar siempre y como sea, donde sea, y la canción final de todos nuestros encuentros: todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final y todo termina Y libros, muchos libros, para leer y comentar, el cine por lo menos dos veces por semana, los continuados de tres películas y sin movernos de la butaca. Y el amor inaugurado en cualquier rincón y hasta el cansancio.
Y a los veinte tuvimos ochenta o la edad para morir, y entonces nos fuimos a las cárceles, a las tumbas, a los exilios, y nos disfrazamos de otros, nos rodeó el silencio, y seguimos viviendo porque esas ganas no se pierden ni en los peores momentos. Tuvimos hijos italianos, brasileros, mejicanos, suecos, franceses, españoles, y los nacidos acá también fueron extranjeros en una tierra donde sus padres y ellos corrían peligro. Y en los ochenta y volvimos a ser jóvenes, estudiar y a tener más hijos, el retorno y los abrazos, y volver a creer, y tener vecinos y una cotidianeidad como cualquiera.
Nos estamos yendo, pero hasta la despedida final nos vamos a seguir cagando de risa de nuestra puta suerte, de la fortuna de haber tenido conocido y disfrutado a nuestros nietos, esa victoria sobre la muerte y el olvido.
Nos despedimos en este escenario y saludamos con cierta melancolía, pero con gran pena a los que nos suceden y quizá no tengan estos recursos de supervivencia que los ayuden al menos a no desesperar en este mundo que supimos conseguir.
Y ya en el proscenio nos inclinamos para pedirles un último aplauso, chau no va más.
Gracias.