Ramón Delfín Arias tenía 19 años cuando llegó a las islas sin saber adónde iba. Había empezado a trabajar en una metalúrgica en Trelew, pero un telegrama lo devolvió al regimiento. Días después ya estaba en Puerto Argentino: armado, con frío, cavando pozos y esperando un bombardeo que sabía inevitable. Lo que no imaginaba era que el enemigo no sería solo británico, sino también parte de sus propias filas.
