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Los comienzos de las luchas independentistas y la participación de las  mujeres

Vicenta EguinoPor Aida Toscani, “Marisa”    –     

La acefalía de la monarquía española a partir de 1808 cuando Napoleón, luego de invadir España, tomó prisionero al rey Carlos IV y proclamó a su hermano José Bonaparte rey de España, produjo una crisis que impulsó los procesos independentistas en América.

En el territorio del virreinato del Río de la Plata, no comienzan en 1810 cuando se conforma la Primera  Junta en Buenos Aires,  como lo enseñan en la mayoría de las  escuelas en Argentina, sino que los primeros levantamientos tienen como escenarios  dos ciudades del Alto Perú y se producen el 25 de mayo de 1809 en Chuquisaca y el 16 de julio en La Paz.

Este último fue el más importante pues se llegó a designar una Junta Tuitiva «abiertamente revolucionaria».

El movimiento estuvo liderado por Pedro Domingo Murillo y sus conjurados, quienes impusieron un gobierno constituido por criollos y mestizos, que depusieron a las autoridades constituidas e implantaron por primera vez un régimen independiente de España.  La abolición de impuestos y tributos que debían pagar los indios, constituyeron  las primeras medidas, acompañadas por la destrucción los papeles de la Real Hacienda mediante su quemazón en la plaza pública, cancelando así las deudas que se tenían con el erario. Estas primeras acciones generaron el apoyo de las masas indígenas, pues luchar por la independencia significaba acabar con el tributo que el sistema colonial había impuesto para beneficio de la Corona y de los hacendados, así como, terminar con la servidumbre y los servicios personales que se les imponían a las comunidades aborígenes para trabajar de manera forzada en las haciendas y casas de los criollos y peninsulares y el derecho a preservar sus comunidades y sus tierras en contra de los apetitos de terratenientes criollos y españoles.

En contraposición criollos de la elite terrateniente y hacendataria vio en la movilización de los sectores populares una fuerza contraria a sus intereses y, ante algunas masacres de blancos y destrucción de haciendas, se adscribió al partido colonialista de los blancos peninsulares contrario a la causa patriótica.

Los realistas se esforzaron en destruir el movimiento revolucionario que poco pudo hacer ante fuerzas organizadas y mejor armadas;  tras la derrota, los más afortunados fueron a parar a los presidios de Filipinas, mientras que los líderes marcharon al cadalso el 29 de enero de 1810 y fueron ahorcados en la plaza pública, y sus cabezas emplazadas en picas a la salida de las ciudades, como escarmiento para otros alzados.

Su máximo líder Pedro Domingo Murillo gritó a los verdugos antes de ser ejecutado: “¡La tea que dejo encendida nadie la podrá apagar. Viva la Libertad!”

En el relato de los acontecimientos  que describen el proceso independentista sobresalen los nombre de múltiples héroes pero quedan muy silenciadas las miles de mujeres que de diversas maneras contribuyeron con valentía y convicción alcanzar la libertad de América.

Las escasas descripciones que sacan del anonimato las acciones heroicas de mujeres, contadas por sus contemporáneos o posteriores historiadores, están sin embargo, atravesadas por la perspectiva de género, que al  alabarlas  y enaltecerlas utilizan adjetivaciones que las muestran como casos excepcionales, pues sus cualidades son propias del varón. Así cuando acometen en la batalla con valentía se dice que atacaron  con  viril arrojo y también agregan, con la energía de un hombre.

Cuando se buscó denigrarlas como en el caso del general realista Pezuela, éste vio en el accionar de las mujeres del Alto Perú como las “que abandonaron la religión  prostituyeron el honor  y finalmente vivieron con el mayor desenfreno” (Memoria militar de Pezuela, 1813-1815).

En el levantamiento de La Paz y las luchas posteriores del Alto Perú es justicia recordar a Vicenta Eguino y así en parte, reparar esos olvidos.

Vicenta se había casado a los 14 años con el capitán Fores Picón Fernández y Castro, que muere envenenado por el médico que lo atendía, pues se descubrió que apoyaba la causa revolucionaria.

El segundo esposo fue el español Oyoroa y Pacheco con quien convivió sólo tres meses y a partir de lo cual Vicenta solicitó el divorcio eclesiástico por ser el esposo un activo realista, que le fue concedido finalmente.

Como ella había logrado una posición económica acomodada decide, junto con su hermano, participar en los preparativos de la Revolución.

En la parte alta de su casa arma en secreto una fábrica de municiones.

Silenciosamente numerosas mujeres en distintos horarios concurrían al lugar para cargar los cartuchos.

El 16 de julio de 1809, en el ataque al Cuartel de La Paz participaron, entre otros, todos sus sirvientes a quien ella había provisto de armas. Un testigo de aquellos hechos cuenta que “las mujeres guiadas por Vicenta armaron 50.000 cartuchos y doscientos tiros de cañón.”

Tras las derrotas de Huaqui, de Vilcapugio y Ayohuma debió esconderse, sin embargo cuando cae prisionera salva su vida pues su familia pertenecía a la nobleza española. Sin embargo fue condenada al horrible castigo de presenciar las ejecuciones sangrientas de sus compañeras mujeres.

Después de verse libre del destierro continuó sus actividades de conspiración contra los realistas. Desempeñó un gran papel cuando se realizó el levantamiento indígena de Sapahaqui, evitando el degollamiento de varios patriotas y españoles.

También salvó a los pobladores de Caracato de una sangrienta matanza.
En 1814, ayudó a Juan Manuel Pinelo a tomar la ciudad y a derrotar al gobernador Valde Hoyos, triunfo que, como los demás, duró poco y la reacción de los españoles fue terrible y sangrienta. Vicenta, denunciada por los realistas como activa revolucionaria, fue condenada a la muerte. Antes fue encerrada en un calabozo, donde fue víctima de vejámenes inhumanos.

Nuevamente sus familiares obtuvieron del virrey la conmutación de su pena, a cambio de una fuerte multa (10.000 pesos). Los españoles querían aunque fuese su destierro perpetuo al Cusco, que también fue evitado por un pago en oro. Pero no se quedó sin  castigo, fue confinada a su finca de Río Abajo.
En 1817, en ocasión de un acto cívico, un oficial español fue enviado a cortarle públicamente el cabello, como castigo simbólico de sus actividades conspiradoras; sin embargo, esta dama le sorprendió cuando le respondió: «¡Malvado, di a los que te han mandado que cada cabello mío ha de colgar a un tirano!”.

Cuando el Mariscal Andrés de Santa Cruz llegó al Alto Perú, Vicenta tomó a sus hijos, José y Félix, y, con un grupo de colonos, se fue a Laja, se dirigió a él y le dijo: «Señor, en la estrecha situación en la que estoy reducida, aún tengo estos dos hijos y estos pocos hombres que pueden empuñar un arma. Un solo tiro que den, una sola herida que hagan por el triunfo de la causa de mi corazón, satisfarán los deseos de mi alma”.

Esta valerosa dama tuvo la suerte de ver triunfante la causa que defendía cuando vio llegar al Libertador Simón Bolívar. Fue ella quien le entregó la llave de la ciudad, al igual que una guirnalda de plata tachonada en piedras preciosas como muestra de gratitud.

Después de estos acontecimientos se retiró a  la vida privada. Con su fortuna diezmada y con una afección en el pecho, falleció el 14 de marzo de 1857, a la edad de 73 años. En su entierro el Ejército le hizo los honores militares en merecido reconocimiento a su patriotismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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