Por Susy Quinteros –
Señora vinagre
Tuvo un terrible accidente en una de las esquinas del edificio. La atropelló un auto. Como llovía y llevaba un paraguas, no lo vio y, al doblar se le vino encima. Quedó tirada en la calle con una pierna rota. La ambulancia que demoró bastante, la dejó en el hospital cercano y allí estuvo dos meses. Nadie del consorcio la fue a visitar. En sus largos días de internación solo pudo asimilar la idea de su soledad y de que a nadie le importaba. Tampoco pensó en mejorar su trato con los demás ni con el portero, un hombre paciente, trabajador y sonriente al que atormentaba con sus reclamos: que las escaleras, que el agua, que el sótano, que las bombitas de luz quemadas. Lo retaba más que nada por el jardín. —El jardín no está bien regado, usted debe regarlo todos los días— El hombre se ponía nervioso y retorcía el trapo de limpieza ante esa encargada designada por el consorcio. A pesar de las plantas con hojas frescas, las baldosas limpias, los bronces lustrados y los vidrios sin manchas, doña vinagre se paraba con las manos en la cintura, acomodaba la mirada detrás de los anteojos, torcía la boca con gesto despectivo y con voz chillona y fuerte exclamaba:
—¿y las bolsas de la basura… no piensa sacarlas?
