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Literatura, La Hora del Cuento: Otras Gotas del Instante, Lo que hubo

perro y ninioPor Orlando Van Bredam    –   

a Babi.

Hubo un perro, todos los niños tienen un perro, todos los padres les regalan a los niños un perro, a mí también, se llamaba Rulo, mis  manitos de seis años se perdían en ese pelaje blanco, en la gota no se ve muy bien la raza ni la simpatía de Rulo pero  me basta saber que tuve uno y lo perdí una noche atroz; pero antes, mucho antes que eso, procuro ver la carnicería de mi padre que estaba delante de la casita que alquilaban; cuarenta años después, cuando él murió,  volví a ese lugar sobre la calle Uchitel, a la vuelta de la estación de trenes, a la vuelta de esa cerrazón de humo que todavía me pica en la nariz y me endulza el estómago, la carnicería mínima, abierta a una vereda despareja, al fondo las reses que cuelgan de un gancho y al frente la angarilla sin ruedas, la carnicería desde la cual se deslizaba hacia la cuneta un hilito de agua que mantenía su transparencia a pesar de la sangre y el sebo, el sebo, otro olor que ahora tampoco me deja; cuando volví, cuarenta años después y detuve el  auto frente a este lugar y le dije  a mi  mujer  aquí vivimos, ya no reconocí la carnicería ni el lugar exacto, sólo encontré casas nuevas y vecinos nuevos que nada sabían de mí, sin embargo insistí en buscar los instantes que el pasado había arrastrado como ese hilito de agua que no sé bien por qué insiste en permanecer en mi  memoria cuando en realidad, debería recordar mejor a Rulo o la sopa de mi  madre, la sopa en la que flotaban sin perder sus formas, las hojitas del perejil, mi madre que le dice a mi  hermano y a mí,  tomen la sopa porque la sopa purifica los intestinos, y a mí la palabra purifica  me conmueve, me  transporta, me  inquieta porque esa palabra la voy  a escuchar después en las horas de catecismo, dos años más tarde, mientras mi  madre insiste en purificarme los intestinos, la catequista nos habla para decirnos que la comunión nos purifica el alma, y yo no siento  que algo tan importante como esa doble purificación se lleve a cabo y me inquieto, no creo en la sopa y tengo muchas dudas y miedos sobre mi fe y el día de la comunión me descompongo cerca del altar y recuerdo  entonces que la catequista tenía razón, la purificación empieza por dentro, en ese lugar inaccesible donde está el alma y me siento débil, muy débil y me desplomo. En la gota del instante veo  ahora a mi madre que intenta convencer a mi hermano de dos años para que tome la sopa y el canalla se niega, retira el plato y amenaza con volcarlo, entonces, mi  madre le pregunta si no quiere ir a comer a la casa de los Delmestre, la casa de al lado, mi  hermano acepta y corre hasta el frente de la casa vecina, mientras mi  madre, por el fondo, pasa el mismo plato con la misma sopa que lo espera sobre la mesa al llegar, y el canalla toma y vacía el plato, porque la comida de los otros siempre es más rica que la de casa parece decir, tan rica que hasta se queda con ganas, y hay un segundo plato que viene desde el fondo, calentito, aromático, sabroso, no como la sopa de mamá que sólo sirve para purificar los intestinos, ésta en cambio, parece decir la cara del hermano, que ni yo  ni mi madre ni mi padre vemos  pero imaginamos, es una sopa especial, una sopa única, como todas las comidas que vienen desde el fondo de la casa de los Delmestre. La noche atroz en que Rulo apareció con un agujero en la garganta, muestra a través de la gota, a mi  padre enojado, sensible, pero también prudente, que me dice que está enfermo, que ya se va a curar, me miente, porque unos segundos antes le ha dicho a mi madre que fue el perro grande, el buldog de los Volcoff, el de la panadería, que se soltó, salió y lo encontró desprevenido al pobre Rulo y le hincó la garganta, la garganta con un hueco rojo en su centro, que  veo ahora mientras escucho los quejidos agónicos del animal y me veo llorar y pedir a mi padre que haga algo, y después lo veo salir  con Rulo hacia el patio y la noche y eso es todo, es todo porque no sé  aún qué es la muerte, dónde queda ese lugar desde donde no se vuelve, nadie me dice que el Rulo se ha ido al cielo porque el cielo es el lugar de Dios reservado para la gente buena, no para los perros blancos y peludos, de modo que al otro día cuando le pregunto  a mi padre cómo está Rulo, él le contesta que está mejor, que en cualquier momento va  a ir a buscarlo a la veterinaria, y yo, desde ese día, paso delante de la veterinaria cuando voy  a la escuela pero no lo veo, no lo encuentro entre los perros y gatos malheridos o enfermos, no hay ninguno que se parezca al Rulo pero seguramente, como me explica o me miente mi madre, debe estar en reposo, en una camita para perros y por eso no lo veo, y ya no lo veré y el tiempo hará que me olvide de Rulo porque ahora me obsesiona un gato negro que me sonríe desde un árbol. El gato negro, el gato que corrió un día un perro que entró al patio y le despellejó la cola antes de que alcanzara a huir, el gato que cambié después por la bicicleta roja, ¿o eso fue antes?, la bicicleta que miré maravillado detrás de las ventanas de una juguetería y que me llamó, como llaman las cosas destinadas a uno, me dijo vení y subite y yo entré decidido, escapado de mi  madre y una vez adentro no dudé en montarme en la bicicleta roja y no me bajé más a pesar de los ruegos de mi madre, no muchos, porque enseguida aflojó y nos fuimos  con la bicicleta roja, la que mi madre pagaba con trabajo, con el dinero que conseguía de un pensionista, el único pensionista, un hombre flaco, viejo y solterón, del que no recuerdo nada, solamente las piernas abiertas, alejadas de la mesa cuando comía, con zapatos largos y afilados en medio de un colchón de miguitas de pan que dejaba caer Pessina, así recuerdo que lo llamaba mi madre, y con la plata de Pessina, no la de mi padre a quien la carnicería lo volvía cada vez más pobre, si no con la plata del pensionista, mi madre pagó mi bicicleta roja, la bicicleta con la que salía por las tardes a dar vuelta la manzana, por la vereda, claro, una vereda despareja, que solo frente a la estación de trenes era continuada y lisa, yo  tomaba siempre hacia la derecha, hacia la peña que estaba sobre la misma Uchitel, doblaba y avanzaba hacia la diagonal de la estación, era el trecho más corto,  cuando llegaba a la esquina aumentaba la velocidad y pasaba velozmente por debajo de los balcones del Hotel Corti, todavía siento  los olores intensos de la cocina del hotel, los olores que no se apagaban nunca, que siempre estaban ahí, doblaba ya de regreso y pasaba delante del Club Ransar , la casa de los Rodena, la de los Delmestre y luego la carnicería de mi padre, con mi padre que cada vez está más triste, más preocupado porque no se vende nada, en este pueblo no se vende nada, Basavilbaso es así, escucho que mi padre le dice a mi madre, pero yo sigo  de largo, sigo dando vueltas con mi bicicleta roja, muchas veces tengo  la impresión de que nunca me bajé, de que aún estoy allí y acelero cada vez que paso frente a los andenes de la estación,  cubierto por las sábanas de humo que despiden las locomotoras, como si detrás de ellas hubiera otro país, otro mundo, otra galaxia, con los mismos olores del hotel Corti o tal vez otros que todavía no conozco, que espero conocer mientras acelero.

 

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