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Literatura, la hora del cuento: La carpeta equivocada

por Rodolfo Oscar Negri    –     

 

Una injusticia más en este maldito trabajo, y van… ¿No cree Ud. realmente que yo sepa el numero? Pues si lo sé ¿Por qué? porque anoto puntillosamente cada una de las barbaridades que veo en la empresa en donde trabajo, una organización que -por fuera- parece brillar como ejemplo de eficiencia; pero -por dentro- es un basurero.

Así que ya llevo elaborado un voluminoso informe donde reflejo todos los “negocios” que no respetan la ley, los mecanismos de evasión, de defraudación al Estado y a muchos clientes (detalladamente, con nombres, fechas y montos). Pero -además- de las injusticias, abusos, destrato, etc. que padezco yo o cualquiera de los que trabajan conmigo. Bah, que “trabajan conmigo” es una forma de expresarme, porque en realidad también anoto las barbaridades que hacen quienes me rodean. Lo correcto sería decir “que trabajamos en el mismo lugar”, porque no da para más. Cada uno, hace lo que hace y si puede ponerle el pie encima al de al lado, no tiene reparos. A veces ni siquiera para progresar o escalar posiciones. Solo por joder. Ni que hablar si alguno llega a ser ascendido. Aprovechándose de la información sobre todo lo que hemos compartido (y sufrido) o hemos comentado entre los empleados; lo aprovechan vendiéndonos, para ganar posiciones ante la dirección y sin importarle como o a quien perjudican.

Hace años que hago el listado y tengo todos los detalles de todo. Actitud por actitud. Cosa por cosa. Allí también anoto lo que opino de cada uno, pero no solo una cuestión subjetiva; sino –además- con el fundamento de los hechos ¿Para qué? No lo sé, pero algún día será de utilidad para mí, algún día saldrá a la luz… en el momento, con la persona y en el lugar apropiado. Ese será MI momento, dejaré de ser la sombra que nadie ve y pasaré a ser protagonista por primera vez en la vida. Lo espero con ansiedad y sé que no tardará en llegar…

Tan absorto estaba en mis pensamientos que, en lugar de la carpeta con el expediente del informe semanal con los movimientos de venta y cobranza, entregue la carpeta que tenía el famoso Informe, MI Informe y se lo dí al boludo de mi jefe ¿Quién es él? Un contador recién recibido, agrandado, soberbio, altanero, autoritario, un pendejo que no sabe nada de nada, un nabo que vino de una sucursal del interior y que no tiene la menor idea de cómo son las cosas acá, pero –eso si- se aferra al puesto como una garrapata y pareciera que sabe todo lo que aquí ocurre, pero no se sale un ápice de las reglamentaciones y disposiciones vigentes. Además, es un alcahuete de primera. No hay cosa de que se entere que no corra a informarla a la superioridad, pisando la cabeza de quien sea. En fin… una rata más…

Y yo le dí todo el poder de la información en bandeja ¿Pero ¿qué he hecho? ¿Cómo pude ser tan boludo? Todo está allí y ahora lo tiene en sus manos. La obra más grande sobre la inmundicia del lugar y en las peores manos.

No nos desesperemos, pensé, primero hagamos la más sencilla y si da resultado, asunto resuelto. Total, las carpetas que se utilizan en la empresa exteriormente son todas iguales.

Me dirigí a su oficina, golpeo –a pesar de estar la puerta abierta, como una señal de respeto- y después de su ademan para que ingrese, me acerco a su escritorio y le digo:

  • Señor contador ¿me permite la carpeta con el expediente que le pase esta mañana? Quisiera chequear una información y eventualmente corregirla…
  • No, Fernández, no se la puedo dar… respondió
  • ¿Cómo que no me la puede dar? ¿Y si el dato que sospecho esta erróneo?
  • Si hay algún dato erróneo, envíeme un memorándum con la aclaración y ya está…

Me quede helado.

  • Pero… sabe lo que pasa, en todos mis años nunca entregué un informe con errores y no quisiera que esta fuera la primera vez…
  • No se haga problema, lo adoso al informe anterior y ya está, de esa manera queda a salvo su eficiencia como empleado…
  • no entiende, no quisiera que quede constancia de un error de esa naturaleza; ya que en una posible promoción puede jugar en mi contra…
  • El que no entiende es la carpeta con el expediente lo voy a revisar esta noche en mi casa y por eso lo envié allá con mi señora que estuvo hace solo un rato por aquí. Hágame el favor de chequear el posible error y corrobore y si llega a haber algún error redacte el memo que le indique y sanseacabó. ¿soy claro? ¿me entendió?
  • Sí, sí, señor contador…

¿Qué hago ahora? La situación me taladraba la cabeza. Si el escrito trascendía y llegaba a manos de alguno de los miembros de la dirección  de la empresa era la pérdida de mi empleo. Tal vez y para colmo con un despido con justa causa ¿adónde encontraría trabajo, a mi edad, ahora que están despidiendo gente de todos lados?

De allí y hasta la hora de terminar mi jornada no pude más que lamentarme de mi propia torpeza.

Confieso que fui al baño y hasta alguna lagrima se me cayó de la desesperación que tenía y la impotencia que sentía.

No me lo podía perdonar, pero tampoco se me ocurría que hacer.

Descompuesto me fui de la oficina al término de la jornada. El camino de regreso fue un calvario. Cualquier cosa que hubiera comido, me caería como una bomba, así que no comí nada.

Tratando de tranquilizarme me tomé un “Lexotanil”, pero fue como un caramelo Sugus.

Esa noche no pude dormir. Paso frente mío toda mi vida laboral ¡Casi treinta años! Lo que me había costado llegar adonde llegue. Ahora estaba a poco de tener mi última oportunidad de ascenso y esto no solo me dejaba fuera de carrera, sino que me dejaría sin trabajo.

A la mañana siguiente, después de un baño con el que, en vano, intenté tranquilizarme y de un enorme tazón de café caliente, me puse el traje, la corbata y me dirigí a la oficina. Llegué mucho más temprano que de costumbre. Tal vez -me dije- el Contador no lo haya leído y todavía tengo alguna oportunidad de recuperarlo, o -quizás- cuando se dio cuenta que era otra cosa no lo leyó, lo cerro y esperará para devolvérmelo; me reclamara el expediente y terminará la pesadilla, imaginaba para consolarme.

Fueron llegando todos y cada uno de los empleados.

No vi al contador ¿habrá venido? Me preguntaba que le habría pasado, hasta que por el intercomunicador y desde su oficina escucho su voz diciéndome:

  • Fernández, venga a mi escritorio… ya…

Rápidamente traté de tomar el coraje que me faltaba, recogí la carpeta con el expediente que incluía el informe adecuado y fui para su oficina.

Me pare en la puerta, acomode mi ropa y cuando iba a golpear –tal la costumbre- escuche su voz diciéndome altiva y severamente:

  • Déjese de pavadas y pase ya Fernández ¿Qué espera?
  • Señor Contador ayer cometí un error y le dí otra carpeta y no la del expediente correspondiente, así que aquí le traje el informe… Ud. entenderá ya que las carpetas son todas iguales; le dije mientras extendía la documentación y se la entregaba… Ah… y ya lo revisé completamente, no tiene ningún dato equivocado, está perfecto…
  • Claro que fue un error, Fernández, si no fuera así creería que Ud. es un estúpido, un loco o un suicida…
  • ¿Ud. leyó…?
  • ¡Claro que leí…!

Me miro con ojos que parecían los de una serpiente al acecho y con un rostro maligno que incluía una expresión que jamás antes le había advertido.

  • Siéntese, me ordenó

El -por su parte- se paró, se distanció de su escritorio y comenzó a caminar pensativo por toda la oficina, mientras me decía:

  • Bien dicho “que desea”, porque ¿sabe una cosa Fernández? Desde ahora en adelante Ud. cumplirá con todos mis deseos, será como un esclavo para mí. No solo cumplirá mis órdenes, sino también va a satisfacer todo lo que a mí se me ocurra… lo voy a hacer sudar, Fernández, ¿Me entendió?
  • Perdone -Señor Contador- no lo entiendo, solo atiné a responder…
  • Fernández, estuve toda la noche ojeando su escrito y hoy espero leerlo detenidamente. ¿Sabe una cosa? encontré allí la llave para mi futuro… Ud. sabe que de lo que dice allí depende su vida, tanto laboral como personal; porque si lo echamos de acá no volverá a realizar ningún trabajo no solo en esta oficina, sino en ninguna otra porque nosotros nos encargaremos de dar de Ud. las peores referencias. Así que podrá trabajar, pero nunca en algo igual. Tal vez encuentre algo, con mucha suerte. Aunque lo veo muy difícil, a su edad y en un momento como este en el que todos están despidiendo. Ah… y cuando digo “algo” me refiero a algún trabajo mínimamente decente.

Comencé a sudar y mi estómago se revolvía y se convertía en un nudo.

Me quedé en silencio sabiendo que tenía razón.

  • , Fernández, me pertenece… decía mientras sonreía maliciosa y burlonamente…
  • Sí, Señor Contador… solo atiné a responder mientras mi cuerpo temblaba como una hoja
  • Además, agregó, no sabe lo útil que toda su información me será para ir escalando posiciones dentro de la selva que es esta empresa, podré ir destruyendo uno a uno a todos mis competidores con el conocimiento de los trapos sucios de cada uno que Ud. tan bien describe en su informe… El conocimiento es poder y el poder que no tenía, Ud. – Fernández- me lo ha regalado… continuó mientras se echaba a reír.
  • Pero…
  • Pero, nada… conociendo los puntos débiles de cada uno mi destino será la presidencia de la empresa mucho antes de lo que yo mismo pude haber imaginado…
  • En realidad…
  • En realidad, nada, todo está allí y –le digo- es tan vasto y tan extenso, tan puntilloso y detallado e incrimina además a tanta gente… le diría que tengo en mis manos desde el ordenanza al presidente, que con todos los detalles de los chanchuyos que Ud. me ha proporcionado. Nada ni nadie se interpondrá en mi carrera hacia la cumbre. Su trabajo se volverá mi libro de cabecera… y Ud., Fernández, Ud. a quien tengo en mis manos, será quien me ayude paso a paso en mi carrera por escalar, será mi informante, mi sirviente. Por otro lado, quiero que siga haciendo y alimentando con las novedades el Informe. Día a día, hora a hora, minuto a minuto… No quiero que nada ocurra sin que lo ponga en mi conocimiento ¿está claro Fernández?
  • Así será, Señor Contador, así será –solo pude decir- con una voz casi inaudible.
  • La primera misión que tengo es que fotocopie toda esta información que está en la carpeta del expediente pendiente y me la traiga de inmediato ¿está claro? Me miraba fijamente, mientras de la pila de carpetas iguales tomaba –sin prestar mayor atención- una y me la entregaba displicentemente…
  • Sí, Señor Contador… le dije, inclinándome levemente en señal de sumisión y me fui de allí totalmente apesadumbrado y abatido…

El tiempo fue pasando y al cabo casi una hora, escuche la voz del Contador en el intercomunicador:

  • Fernández ¿Qué es lo que está haciendo?
  • Estoy en mi escritorio trabajando, señor, le dije secamente…
  • ¿Acaso no entendió lo que le dije? ¿Qué hace que no me trae el expediente y su copia inmediatamente? ¿Se olvidó de la reunión de hace un rato? ¿se olvidó que yo tengo su Informe? ¿se olvidó que con él en mis manos puedo destruirlo? Casi me gritó…

A lo que respondí tranquilamente:

  • ¿Reunión? ¿Qué reunión? ¿Informe? ¿De qué Informe me habla, Señor Contador? Disculpe que le diga, Señor Contador, pero me parece que está confundido; Ud. no me ha entregado ninguna carpeta…

 

Este cuento ha sido distinguido con una Mención de Honor en el 62 Concurso Internacional de Poesía y Narrativa «Ensamblando Palabras» organizado por le Instituto Cultural Latinoamericano e incluido en la Antología «Ensamblando Palabras 2018».

Este cuento está incluído en el libro «¿Te cuento un cuento? de Rodolfo Oscar Negri, editado por Editorial El Miércoles en febrero de 2020

 

 

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