Por Orlando Van Bredam –
a Norma y Guiyi
En el Instituto de El Colorado no teníamos sereno, no considerábamos necesario tenerlo, no había motivos. Hasta que una noche entraron ladrones, forzaron la puerta de la dirección, se llevaron una radio grabador, todas las llaves de la escuela, un cuadro, un teléfono y dos banderas. Pocas cosas, no cargaron con ninguna máquina de escribir, lo más caro y lo más pesado.
Al otro día, mientras la policía inspeccionaba la dirección, dije que los ladrones tenían un fuerte espíritu patriótico porque se habían llevado dos banderas: la nacional y la de la provincia. Lautaro, mi hijo, que no tendría más de ocho años, me explicó que en realidad los ladrones no habían robado las banderas porque fueran patriotas, sino porque las usaron para envolver lo que se robaban. Tenía sentido. El oficial escuchó la hipótesis de mi hijo y se sintió humillado.
Esa misma tarde me reuní con la secretaria contable del Instituto y le dije que teníamos que conseguir un sereno y pagarle con lo recaudado por cooperadora. Me aseguró que tenía la persona indicada, que se trataba de un vecino sin trabajo, un hombre decente, de unos sesenta años, que ya había trabajado de sereno en un comercio local.
Así fue que apareció el Gringo Marusyn. Flaco, alto, pecoso. Le expliqué que no podíamos pagarle el sueldo que seguramente se merecía, pero podíamos compensarlo con la comida del comedor escolar para toda su numerosa familia. Estuvo de acuerdo. Unos pesos, no muchos, y seis porciones diarias de comida.
Esa misma noche, alrededor de las once y diez, apareció el Gringo Marusyn con una radio y una Biblia. Cuando lo vi tuve la certeza de que no nos habíamos equivocado.
El Gringo Marusyn, apoyado en su radio y su Biblia, cumplió aquella noche su primera jornada como sereno. Me había pedido estar adentro del Instituto, en preceptoría, junto al teléfono por si necesitaba avisar a la policía o a mí cualquier novedad que lo inquietara. Acepté, en aquella época no había celulares y su propuesta tenía sentido.
Al mediodía del día siguiente apareció por el comedor escolar a buscar sus porciones como habíamos acordado.
La primera semana de Marusyn nos convenció definitivamente de que habíamos encontrado la solución a los robos. Sin embargo, el lunes siguiente, antes de hacerse cargo de su trabajo, pidió hablar conmigo. Me explicó que su trabajo era realmente riesgoso, que le parecía apropiado que le hiciéramos un seguro de vida a nombre de su mujer. Me pareció también atinado y le prometí que lo haríamos. En realidad, el sereno tenía razón, si algo malo le sucedía en cumplimiento de sus tareas, nosotros seríamos los responsables y no teníamos dinero para afrontar una demanda judicial.
Esa misma noche, a los dos de la mañana, llamó a mi casa. Hacía frío y estaba muy cansado, de modo que atendí el teléfono que estaba lejos del dormitorio, de mal humor.
-¿Qué pasa?- le pregunté molesto.
-Hay ruidos extraños- me explicó en un susurro.
– Averigüe de qué se trata y si es necesario llame a la policía- le dije.
-No es fácil- me respondió también en un susurro.
-¿Por qué?- me sorprendí.
-Porque esos ruidos no son de este mundo.
La secretaria contable me aseguró que el Gringo Marusyn estaba cuerdo, que hacía su trabajo con mucho celo, porque ella misma lo había llamado varias veces en la primera semana para saber si estaba donde tenía que estar y él le había respondido con coherencia. Seguramente, me dijo la secretaria contable, por influencia de su religiosidad había escuchado voces pero no estaba loco, de ninguna manera.
Le creí.
Pasó una semana y no tuve novedades de Marusyn. Sin embargo, un lunes, encontré sobre mi escritorio dos revistas, que según Norma, la secretaria docente, me había dejado el sereno. Eran las conocidas revistas “Despertad” y “Atalaya”. Ahora sí tenía el retrato completo del Gringo Marusyn y le di la razón a la secretaria contable.
El martes, el sereno pidió hablar conmigo. Vino muy temprano, dos horas antes de su turno.
-¿Usted cree en el demonio?- me interrogó muy seriamente.
-La verdad que no, don Marusyn- le dije.
-¿Y en Dios?
-Sí, desde luego, soy católico.
-No lo entiendo- me dijo muy preocupado y sacudió la cabeza varias veces.
-¿Qué es lo que no entiende?
– Si existe Dios, también existe el Diablo, lea la revista “Despertad” que le traje ayer, ahí hay señales de que el Diablo existe –dijo Marusyn y bajó el tono, hasta el susurro- es más: anoche lo vi, a eso de las cuatro, aquí, aquí en el patio.
-¿Y por qué no avisó a la policía?- le pregunté y disimulé todo lo posible la burla.
– No me iban a creer, usted tampoco me cree- me dijo y se puso de pie y se marchó muy pero muy apesadumbrado.
-Este edificio está endemoniado- me dijo Marusyn, una semana después de la última conversación- tendremos que buscar al pastor.
-¿Al pastor?- le pregunté, entre el asombro y la indignación.
-Sí, el pastor de mi culto, él sabe cómo tratar con el diablo – me contestó el sereno, lejos de advertir mi enojo.
-Con todo respeto, don Marusyn: aquí no entra ningún diablo ni ningún pastor – le dije, mientras trataba de calmarme- ésta es una institución laica. ¿Sabe lo que quiere decir laica?
-No- me contestó muy confundido.
-Significa que aquí viene gente de todas las creencias religiosas y también los que no creen en nada. Todos tienen el mismo derecho, ¿me entiende? Por eso mismo no hay que tirarles encima ni al diablo ni al pastor.
-Es que es verdad que el edificio está endemoniado, lo he escuchado, lo he visto- dijo el sereno muy pero muy convencido y con un tono de reproche.
-Ese es su problema, Marusyn, no el nuestro. Desde hoy no quiero hablar más del tema ni quiero que lo hable con nadie de la institución. ¿De acuerdo?
-De acuerdo- dijo Marusyn y bajó la cabeza.
A las cuatro de la mañana sonó el teléfono en mi casa. Era Marusyn, era la voz de Marusyn que se expresaba entre gemidos.
-Estoy herido- me dijo y gimió.
Me asusté, sospeché que Marusyn había sido víctima de los golpes de algún ladrón.
-No fue un ladrón- me explicó el sereno sin dejar de gemir- fue la reja, me enterré la reja en una nalga.
Me calmé, como no entendía nada, opté por ir en auto hasta el Instituto. Marusyn estaba apoyado sobre una de las columnas de la galería y a través del pantalón vi que sangraba en la nalga derecha.
Me explicó que salió a la calle y que cuando quiso volver, alguien, seguramente el diablo, le cerró la puerta desde adentro y como él no tenía las llaves encima, no pudo entrar. Entonces, decidió saltar la reja. Con tanta mala suerte que se enterró la punta de uno de los hierros en la cola.
Era tan grotesca la figura del gringo apoyado contra la columna mientras la sangre se deslizaba lentamente por el pantalón que debía contener la risa.
-Fue el diablo- insistía-creamé, fue el diablo, él me cerró la puerta desde adentro.
Lo cargué en el auto y lo llevé al hospital.
La enfermera nos dijo que deberíamos esperar un rato, que le iba a avisar al médico de guardia. Esperamos, los gemidos de Marusyn eran cada vez más largos y acentuados. Esperamos una hora y nadie nos atendió.
-¿Qué pasa?- le pregunté a la enfermera.
-Está de guardia la doctora Camboni y no quiere que la despierten por cualquier cosa.
-¿Qué la despierten?- salté- ¿cómo que la despierten?¿no es acaso que tiene que permanecer despierta?¿qué clase de guardia es ésta?
-Calmesé- me dijo la enfermera al verme tan alterado.
-¡No me calmo nada! Si no nos atiende en cinco minutos voy a la comisaría y hago la denuncia- le dije.
La enfermera se puso de pie y entró en la sala a oscuras donde la doctora Camboni dormía.
Antes de los cinco minutos estuvo de pie y vino a nuestro encuentro.
Esto sucedió un año antes de que Marusyn desapareciera de El Colorado. Ya no era más el sereno del Instituto, había renunciado seis meses después de haber sentido que el diablo lo echaba, le cerraba la puerta, lo dejaba afuera y estoy seguro: le clavaba esa lanza de hierro en la cola.
Cuando desapareció, todo El Colorado hablaba del incidente. Algunos pensamos que se había tirado al río, otros, que el diablo se lo había llevado, finalmente. Sin embargo, su familia, sobre todo sus hijas mellizas y su mujer, que se habían vuelto más devotas que el propio gringo, no hicieron ningún escándalo, ni lo buscaron tampoco con mayor empeño.
En esos días me crucé con Ramón, uno de sus yernos, el casado con la maestra que fue nuestra alumna, y le pregunté por don Marusyn.
– Está bien, lejos de aquí, en casa de sus hermanos, en el campo chaqueño- me explicó ansioso- se hartó, el pobre gringo se hartó.
-¿De qué?- me extrañé.
-El pastor decidía por él en la casa. Se le había metido tanto que se llevó las mellizas para su secta y no salía más de al lado de su mujer. Fijate que llegó a decirle a la familia que no le permitiera jugar más a la quiniela. Todos los viernes, el gringo jugaba sus numeritos a la quiniela. Bueno, el pastor se enteró y les sugirió a su mujer y a las hijas que no le hablaran más si seguía jugando.
-¡No puede ser!
-Es. El gringo tenía un único defecto: el juego. Dos o tres numeritos de quiniela, eso era todo. Sin embargo, las mujeres le hicieron caso al pastor y no le hablaban. Dejaron de hablarle por orden del pastor.
-¡Qué hijo de puta!
-Así son estos tipos, desvergonzados, siniestros, son capaces de hacerte enemistar con tu propia familia. El gringo se cansó del maltrato y los dejó. El está bien, mi mujer se comunicó con el gringo y nos aseguró que está bien, muy bien.
Tuve últimas noticias de Marusyn y no son buenas. Una de sus hijas, que trabaja en un supermercado chino de El Colorado, me dijo que nunca se supo nada de su padre, que no es cierto que esté en el Chaco con sus hermanos como dice su hermana, la maestra. A su padre no se lo llevó el diablo ni se fue al campo, su padre ha desaparecido sencillamente. Tal vez se tiró al río, me dice, y nunca lo encontraron.
