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LITERATURA, LA HORA DEL CUENTO: ABANDONANDO ABANDONO

ABANDONANDO ABANDONO

por Rodolfo Oscar Negri    –       

Regresaba después de un día intenso. No siempre encontraba en el hogar la paz que necesitaba cuando llegaba cansado de su trabajo diario.

La relación con su mujer no era la mejor y no eran pocas las veces en que la recepción consistía en un rosario de reclamos, solicitudes, protestas… una lista de tareas, de encargos, de quejas y el mal ánimo que normalmente existía en la relación. Un tormento diario y asumido, al que ya casi ni le prestaba atención.

Llevaban mucho tiempo de casados y el vínculo se había ido desgastando, horadando, día a día, mes a mes, año a año…  hasta ingresar en un pozo muy profundo, sin salida y sin retorno. Reproches mutuos, agresiones verbales y un desgaste irrecuperable en el marco de la lógica de los matrimonios desavenidos.

Tal vez nunca hubo amor (¿o sí?). Al principio solo la atracción física y circunstancial de algunos momentos de encendida pasión, que se fueron consumiendo, diluyendo, apagando y paulatinamente resultaron suplantados por la mecánica de la costumbre. La rutina reemplazó aquel momento inicial y apareció el tedio, que se fue sumando, acumulado y,  con el paso del tiempo, llevó a transformar la relación en un trato desgastante, agresivo, demandante.

Quizás nunca aceptaron ser como eran y así -sin sincerarse- ella se había comprometido con la ilusión de poder cambiar a su pareja, moldearlo a su ojo y antojo; en tanto que él lo había hecho con la ilusión de que su compañera no cambiara nunca la amorosa forma de ser que –por entonces, en aquel inicio- solía demostrar.

Los años y la convivencia hicieron que esa realidad se diera, irónicamente, al revés. Él era el mismo de entonces y ella no. La cosa se había dado justamente en la forma más impensada y los roces y reproches se transformaron en continuos y permanentes. Con cualquier pavada parecía que el volcán de la intolerancia estallaba.

La separación o el divorcio nunca habían sido considerados una alternativa válida, quizás solo por el hecho de la comodidad y el no enfrentar una realidad que visiblemente tenían que resolver porque cada día y en cada momento la padecían.

Así perduraban de mala manera, pero acostumbrados, sus existencias.

Esta vez, cuando ingresó a la vivienda, no encontró a su esposa con su habitual recepción reclamante. Buscó en la cocina, pero tampoco estaba. Le extrañó, porque no era habitual, pero no se sintió afectado. Al dirigirse al dormitorio para ponerse cómodo, la encontró.

Ella estaba acomodando puntillosamente su ropa en un par de valijas.

  • ¿Qué estás haciendo? Le dijo como si no estuviera observando lo que hacía.
  • Me voy, le respondió ella.
  • ¿Estás segura de lo que estás haciendo? Le dijo, como para confirmar lo que había escuchado.

El silencio fue la respuesta.

  • ¿Sabes una cosa? Esperaba esto desde hace tiempo. Incluso no sé cómo tardaste tanto. Me dejás. Te vas y yo deberé comenzar a hacerme a la idea. Primero, seguramente, empezaré por extrañarte. Mas allá de nuestras diferencias y peleas, estoy tan habituado a ellas que las voy a echar de menos. Por otro lado, no es que tu ausencia me cause daño, sino por el solo hecho de tener asumida la habitualidad de tu presencia, el cambio, te confieso, seguramente me sacudirá. La soledad será mi nueva compañera. Tendré que hacer todo por mi mismo… y si, deberé acostumbrarme a que sea así.  Al comienzo me va a resultar difícil. Seguramente caeré en la depresión que va de la mano del aislamiento. Me encerraré. No querré salir por algún tiempo…

Ella lo miró de reojo, pero siguió apresurando su tarea.

  • Pero nada es imposible, prosiguió él. Me costará trabajo, pero con el paso del tiempo intentaré rehacer mi vida. Trataré de salir, de no quedarme encerrado, de abrir el cerrojo de tu recuerdo y la costumbre de tenerte en casa, de socializar, de concurrir a eventos, reuniones, a lugares públicos…Volver a mis viejos amigos, a conocidos, a compañeros de trabajo para compartir mis tiempos de soledad… y tal vez –quien puede dudarlo- solo tal vez, mi mirada se cruce con la de alguna mujer ¿por qué no? No sé cómo podría ser. No puedo imaginármela. No sé si será bella o simpática, alegre o triste, pero acaso encuentre en ella otro ánimo, otra disposición. Un alma gemela como la que nunca tuve. Alguien que me ame y a la que yo pueda amar. Alguien que me quiera, que me acaricie, que me bese, que tenga sexo tanto como surja de la relación… Que comprenda mis cansancios y mis silencios. Eso, mis silencios… porque muchas veces es una forma de disfrutar el quedarme callado acompañando solo por mis pensamientos. Reflexionando sobre la vida, sobre mi propia existencia y la de los que me rodean. Sin ruidos, sin barullos, esa tranquilidad que solo brinda la paz de la falta de bullicio.

Ella pareció comenzar a escuchar lo que su marido decía… mientras él continuaba:

  • Que tolere lo que a cada rato ha sido un reclamo: mis ganas –muchas veces- de no hacer nada. Sí, simplemente eso. Lo que el abuelo José llamaba “el dolce far niente”. Nada. El estar tranquilo leyendo o mirando la tele. Sin encargos, sin mandados que hacer, sin deberes que cumplir…  Alguien que comprenda mis tiempos, que en cualquier disputa se ponga, no en contra mío sino de mi lado, que me apoye y me lo haga sentir. Que me acompañe en cada una de mis incursiones de pesca y disfrute conmigo de esos momentos gloriosos que paso frente al río, solo observándolo, únicamente mirándolo. Sin emitir ruidos ni palabras. Seguramente de esa forma y con esa compañía que las circunstancias tal vez pongan a mi lado, iré encontrando un nuevo camino, una ruta distinta, un modo de sobrevivir en forma diferente, una solución para mi vida. Eso mismo… una forma distinta y diferente de enfrentar mejor el futuro. Y ¿Por qué no? encontrar una felicidad que me permita que en mis últimos años pueda gozar de una compañía acorde a lo que siempre quise tener. Ya no soñaré con la tranquilidad y con el amor, viviré con ellas. Que me hagan feliz y hacer feliz. Porque yo también, como cualquier hijo de vecino, tengo derecho a querer ser feliz. A disfrutar de mí paso por este mundo. A sentir que puedo compartir con otra persona… esa ¡que palabra! COMPARTIR… Eso, compartir todas las situaciones de la vida, llorar o reír, tener frío o calor, triunfos o derrotas, momentos de alegría o de tristeza…, teniendo en quien apoyarme, a quien acariciar, quien me sostenga y a quien sostener, encontrar con quien comentar mis cosas más íntimas y escuchar las suyas, que la luz de nuestra existencia se vaya apagando de a dos…

Mientras decía esto, comenzó a dibujarse una sonrisa en su rostro y sus ojos se iluminaron. Entonces ella estalló.

  • ¡Hijo de Puta! ¿Así que yo me voy para que vos seas feliz? Pues entonces no me voy nada, gritó, mientras comenzaba a volver a guardar su ropa en los placares.

 

Esta cuento forma parte del libro «DE TODO COMO EN BOTICA…» de Rodolfo Oscar Negri, editado por Editorial UCU en febrero de 2017

 

Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 24/4/2022

 

 

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