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La derrota de la Selección Argentina en el Mundial, bajo la lupa de Víctor Hugo Morales

El periodista y conductor de La Mañana analizó lo que dejó la final del Mundial y explicó cómo, pese a los datos y el juego adverso, la Selección llegó al final con la expectativa de un empate milagroso.

Tristeza es tener que trabajar con el dolor, organizar la mente, acomodar de nuevo los estantes, poner las prioridades arriba, bien visibles, y decir, por ejemplo, se hizo un buen Mundial, se ratificó la jerarquía del fútbol argentino, Messi fue un genio, el país estuvo levitando muchos días y se perdió con un equipo fabuloso, de momento invencible, como pocas veces se ha visto en el fútbol, quizás nunca.

Mantuvieron la expectativa en esos minutos finales y se llegó a creer que el empate era posible, porque sí, porque Dios es argentino, porque se llegó tres veces con peligro al final y la definición de Simeone pudo igualar en el último suspiro.

La malicia se asomaba como un guiño cómplice, de la nada o de muy poco, se podía salvar el título en los penales, pero se hizo justicia, aunque esto no sea fácil decirlo cuando se cae vencido como ayer. 20 tiros al arco contra cero no admiten ninguna discusión.

Hubo cosas peores, la fiesta del entretiempo, derrota cultural del fútbol, el cambalache sobre el césped y hasta Tom Cruise en un vuelo rasante del recuerdo de Top Gun entre caderas y niños, para sublimar un planeta que quien entregaba las medallas, deshace a su gusto.

Silbados fueron Trump e Infantino, eso fue un alivio, algo salía bien en el Super Bowl. El fútbol, con muchos partidos, salvó al fútbol, pese a la cínica pausa para tomar agua.

No fue por Trump que doblaron las campanas, cuando su raquitismo moral se ensañó con los iraníes, con los senegaleses, el árbitro africano y la orden a Infantino de que repusiera a Balogun.

Los árbitros, por su parte, fueron lo peor; el VAR los ayudó con la incoherencia de sus participaciones. Esta sí, esta no, ¿quién los entiende?

En el Museo del Templo Mayor de la Ciudad de México hay una pelota que tiene 3.000 años, sí, 3.000 años. De cuando los antecedentes de los aztecas disfrutaban de cientos de canchas para jugar a la pelota con manos, codos, cadera y palos.

La evolución como fútbol llegó a Messi y a España; hicieron falta esos milenios para que la perfección fuera posible. En lo individual se llegó a Diego y a Lionel; en lo colectivo, a la deslumbrante España.

La historia seguramente será alimentada por mil años más si, como sospechamos, nada puede superarlos. Y aquí estamos, no hay que poner la vida en pausa; ganando o perdiendo, es fútbol, y eso sí, el que abandona no tiene premio.

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